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Educación

'Ha sido un curso estresante': familias cubanas cierran el año escolar entre apagones, hambre y falta de maestros

Padres describen un sistema educativo marcado por la crisis energética, la mala alimentación, la escasez de docentes y la mala calidad de la enseñanza.

Madrid
Niñas de primaria en camino a su escuela en La Habana.
Niñas de primaria en camino a su escuela en La Habana. Diario de Cuba

El curso escolar 2024-2025 concluyó en Cuba antes de lo previsto, víctima de la misma crisis estructural que ha deteriorado prácticamente todos los servicios públicos del país. Los apagones, la falta de combustible, el colapso del transporte, la escasez de maestros y la imposibilidad de garantizar siquiera una alimentación básica en las escuelas marcaron un año que muchas familias describen como el peor que recuerdan.

Mientras el Ministerio de Educación presentó el adelanto del cierre del curso como una medida de "flexibilidad" ante las circunstancias excepcionales, los testimonios de padres consultados por DIARIO DE CUBA reflejan una realidad muy distinta: clases interrumpidas, trabajos escolares difíciles de cumplir por la falta de electricidad, comedores prácticamente inservibles, ausencia de profesores y niños que avanzan de grado sin que existan garantías de aprendizaje.

"Ha sido un curso estresante", resume Carla, madre de un niño de siete años que cursó primer grado en una escuela primaria de Alamar, La Habana.

"La ministra dijo que todo estaba garantizado"

Cuando comenzó el curso, recuerda Carla, las promesas oficiales chocaron rápidamente con la realidad. "La ministra había dicho que todo estaba garantizado y no fue así", afirma.

La falta de materiales escolares obligó a muchas familias a asumir gastos adicionales en medio de la crisis económica. "Tuve que comprar cuadernos porque no había suficientes. Cada vez que mandaban un trabajo práctico era un dolor de cabeza", cuenta.

Las exigencias escolares tampoco se adaptaban a las condiciones que viven las familias. "Pedían trabajos con láminas impresas. ¿Con qué voy a imprimir, si casi nunca hay corriente? Había que caminar muchísimo para encontrar dónde hacerlo y pagar caro", lamenta.

El problema se extendió al comedor escolar. "Ni los perros se comen ese almuerzo", dice sin rodeos. Según relata, durante largos períodos solo se servía "un caldo de agua con una vianda", porque no había arroz ni plato fuerte.

"Los padres hicimos lo que pudimos"

Desde Pinar del Río, Lidia, madre de una niña de segundo grado, describe un panorama muy similar.

"Fue un curso lleno de problemas y precariedades", dice. Los apagones, la falta de gas doméstico y la escasez de alimentos terminaron condicionando toda la vida escolar. "Los padres hicimos lo mejor posible dentro de tantas situaciones", añade.

Recuerda que el curso cerró antes de tiempo, precisamente por la crisis energética y alimentaria agudizada desde enero.

La alimentación escolar, asegura, se fue deteriorando progresivamente. "Ya no había arroz, no había carne ni pollo. El plato fuerte desapareció de los comedores". En su lugar servían una sopa a la que "le faltaba todo". Cuando sí había arroz, "aquello no tenía nombre", agrega.

Muchas familias terminaron enviando comida adicional para que sus hijos pudieran alimentarse durante la jornada escolar.

La flexibilización de las evaluaciones también dejó dudas entre los padres. "No hubo pruebas finales. Pasó el que sabía y el que no", comenta Lidia.

Los abuelos también sostienen la escuela

La emigración masiva de los últimos años ha trasladado además el peso de la educación cotidiana a cientos de abuelos que hoy ejercen como principales cuidadores de niños y adolescentes.

Roberto, de 71 años, cría solo a su nieto, que cursa quinto grado en Holguín, desde que su hija emigró a Estados Unidos.

"Ahora soy yo quien lo levanta, lo lleva a la escuela, le revisa las tareas y hace las colas para conseguir algo de comida", cuenta. "En este curso muchas veces llegó a casa sin haber almorzado bien y después quieren que rinda igual que cualquier otro. Los padres se fueron buscando un futuro para ellos, pero los abuelos somos los que estamos sosteniendo la escuela en muchas casas", añade.

En Cienfuegos, Miriam enfrenta una realidad similar con su nieta de 13 años, estudiante de octavo grado de una escuela secundaria básica urbana.

"Desde que sus padres emigraron, todo depende de mí", explica. "Hay días en que ni siquiera sé si podrá ir a clases porque no hubo corriente en toda la noche o porque no hay transporte. Antes me preocupaba que sacara buenas notas; ahora me conformo con que no pierda el interés por estudiar. Los muchachos están creciendo demasiado rápido en medio de tantos problemas."

La sobrecarga que asumen miles de abuelos refleja otra de las consecuencias menos visibles de la crisis cubana: la desintegración familiar provocada por la emigración, que ha dejado en manos de personas mayores buena parte del acompañamiento escolar de una generación que crece entre apagones, escasez y aulas cada vez más vacías de maestros.

Una niña obligada a repetir por el fracaso del sistema

La precariedad no solo afectó la alimentación o los materiales. En La Habana, Leticia Jiménez denunció públicamente en Facebook que su hija de siete años deberá repetir segundo grado tras varios años marcados por la inestabilidad docente y el deterioro de la escuela primaria María Luisa Dolz, en el municipio Diez de Octubre.

La madre reconstruye una cadena de problemas que comenzó desde preescolar.

Primero, una maestra abandonó el aula por embarazo. Después llegó otra docente que, según denunciaron varios padres, les quitaba la merienda a los niños. Aunque las familias alertaron reiteradamente a la dirección del centro, asegura que nunca se tomaron medidas. Finalmente, la maestra abandonó la escuela por decisión propia, no porque fuera sancionada.

En primer grado los estudiantes tampoco tuvieron estabilidad. La escuela terminó asignando una maestra cercana a los 80 años. "La señora necesita el salario para vivir", fue la explicación que recibió Leticia de la dirección del centro.

Poco después la epidemia de chikungunya agravó aún más la situación. La profesora enfermó y quedó con secuelas físicas. "Si antes no podía con 26 niños, después pudo mucho menos", lamenta.

A todo ello se sumaron los apagones permanentes, la falta de agua y las dificultades para conservar los alimentos.

"Mi error fue confiar"

Durante el segundo grado, Leticia comenzó a notar que su hija nunca llevaba tareas para la casa ni libros en la mochila.

Al preguntar en la escuela, la directora le explicó que existía un faltante de textos y le aseguró que todas las actividades se realizaban en el aula. "Mi error fue confiar", reconoce ahora.

Al finalizar el curso, recibió la noticia de que la niña debía repetir grado porque no había alcanzado los objetivos académicos. La madre rechaza que la responsabilidad recaiga sobre la menor.

"¿Qué hizo mal mi niña para pagar las consecuencias de un país donde nunca hay corriente para que esos niños puedan dormir, donde muchas veces no tenemos agua ni para bañarnos?"

Lejos de cambiar a su hija de escuela, asegura que el próximo curso documentará sistemáticamente las ausencias, los horarios y el funcionamiento del centro.

"No es un caso aislado"

La publicación generó comentarios de otras familias que describieron problemas similares. "Lo que se está viviendo en ese sector es infernal", escribió Yanisleidy Ortiz. Según su testimonio, el cuarto grado de su hija también estuvo marcado por una maestra de más de 70 años y por un curso al que calificó de "caos".

"Siento mucho lo de tu niña, pero tu historia no es la única", comentó.

Los testimonios coinciden con las cifras oficiales. Al comenzar el curso, ninguna provincia cubana logró cubrir el 100% de sus plazas docentes, de acuerdo con un reporte de EFE. En territorios como La Habana y Sancti Spíritus quedó vacante aproximadamente un tercio de los puestos de profesores. La causa principal continúa siendo el éxodo de maestros, impulsado por salarios que rondan los 5.600 pesos mensuales, inferiores incluso al promedio del sector estatal.

A finales de mayo, la directora de la Oficina Regional de la UNESCO en La Habana, Anne Lemaistre, advirtió que "la educación en Cuba está en riesgo debido a la actual crisis energética".

Según alertó, los apagones dificultan la asistencia a clases, afectan el aprendizaje y ponen "en peligro el futuro de toda una generación".

Pocos días antes, la ministra de Educación, Naima Ariatne Trujillo Barreto, había anunciado el adelanto del cierre del curso escolar y reconocido que miles de estudiantes habían estado durante meses en "condiciones excepcionales".

La funcionaria admitió además que hubo que reducir jornadas presenciales, limitar servicios de seminternado y flexibilizar las evaluaciones debido a la falta de combustible, transporte y electricidad.

Un deterioro que va más allá de la crisis energética

Especialistas consideran, sin embargo, que los problemas del sistema educativo cubano anteceden a la actual emergencia.

El pedagogo Alejandro Martínez Marrero sostiene que la pérdida de calidad responde también a un modelo excesivamente centralizado y sometido al control político.

En entrevista con DIARIO DE CUBA, el experto afirmó que recuperar la educación exige eliminar los "filtros ideológicos" que condicionan la enseñanza, devolver autonomía a las escuelas, modernizar los contenidos y abrir el sistema a la cooperación internacional y a las nuevas tecnologías.

A su juicio, los apagones, la pobreza y el éxodo de maestros solo han acelerado el deterioro de una estructura que ya arrastraba profundas deficiencias.

Mientras tanto, para miles de familias cubanas el curso recién concluido deja una sensación compartida.

Como resume Carla desde Alamar: "Ha sido un curso estresante". Y como sentencia Lidia desde Pinar del Río: "Fue un curso escolar sin palabras para definirlo".

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