El Sistema de Atención a la Familia (SAF) continúa operativo en Cuba, pero con frecuencia sus comedores están vacíos, los menús mínimos y hay una dependencia creciente de ayudas externas y comunitarias, según testimonios recogidos en distintos puntos de la Isla.
"La comida pésima, el arroz crudo, sin aceite, sin sal ni nada. Para comer eso hay que tener estómago", dice un comensal del SAF ubicado en la avenida Martí en la ciudad de Santiago de Cuba.
Este hombre habla y sujeta una cazuela con arroz y harina de maíz. Es la oferta que repiten todos los comedores del territorio en el "menú" de los últimos días. Añade para este artículo que "los viejos se van para la iglesia", donde "dan mejor comida".
Las cifras oficiales y el discurso institucional
La escena contrasta con la imagen que proyecta la prensa oficial. Según datos publicados por el diario del Partido Comunista, Granma, el programa beneficia a unas 67.000 personas y cuenta con más de 1.400 establecimientos en los 168 municipios del país.
Las autoridades lo presentan como una red en expansión, con "incremento" de beneficiarios y un proceso de "perfeccionamiento" que busca mejorar la calidad del servicio, ahora intentando incorporar a actores no estatales.
Sin embargo, datos oficiales previos mostraban una tendencia a la baja: en 2021 el SAF atendía a más de 76.000 cubanos, mientras que en 2023 la cifra había descendido a unos 59.000. Granma admite que el aumento de beneficiados en los dos últimos años responde a causas como el auge del envejecimiento poblacional y "las limitaciones económicas y financieras".
Grettel Portales Pérez, directora general de Servicios del Ministerio del Comercio Interior (Mincin), explicó a Granma que los alimentos que se ofertan son arroz, platos fuertes, sopas o potajes, viandas, ensaladas y postres, y se promueven las elaboraciones blandas.
La realidad en los platos
Diga lo que diga el Gobierno, la realidad hoy es que la oferta es "paupérrima", como la describe Ramón, un anciano de 80 años residente en Sancti Spíritus, quien vive solo y que padece anemia.
"En algún momento han ofrecido algo digno, pero en estos momentos es arroz y sopa de 'averigua'. Me voy dos veces por semana a casa de un vecino que da de comer a varias personas como yo. Es nuestra salvación… de momento", dice.
El joven cuentapropista que lleva adelante esta iniciativa sin "publicidad" prefiere no entrar en demasiados detalles.
"Esto lo hago movido por el amor que le tengo a mis mayores. Es un humilde almuerzo que les preparo dos veces por semana, a veces tres, dependiendo de lo que pueda conseguir. Se los sirvo en mi propia cocina y cuando no pueden llegar —muchas veces no pueden ni levantarse— se los alcanzo. Esto es a una muy pequeña escala, son cuatro personas mayores sin nada ni nadie, enfermos. Ojalá pudiera alcanzar a más bocas necesitadas de alimento", explica.
Donaciones y dependencia
En paralelo, la cobertura mediática estatal pone el foco en donaciones que demuestran la dependencia para sostener el sistema, y a su vez evidencian la precariedad del SAF y la incapacidad del Estado para sostener programas sociales mínimos.
El diario oficial Granma presenta como un gesto de "solidaridad" del Gobierno de Canarias, España, la entrega de un triciclo eléctrico, una planta eléctrica y una máquina de hielo para el Sistema de Atención a la Familia en Villa Clara, además de donaciones de pollo congelado (48 toneladas) y enlatado (80 toneladas), cantidades que suponen alivios muy puntuales.
"La situación es dramática"
Desde dentro, la percepción es distinta. "La situación es dramática en todos los sentidos", dijo en febrero de 2025 a DIARIO DE CUBA la administradora de un comedor del SAF en Arroyo Naranjo, La Habana. Según explicó, los alimentos llegan "en mal estado, con peste, principalmente las carnes", y no siempre hay productos suficientes para cocinar.
Aunque el sistema establece tres servicios diarios —desayuno, almuerzo y comida—, en la práctica "buena parte del tiempo los comedores pueden ofrecer como mucho una comida al día", señaló la funcionaria.
"Todo muy lejos de las necesidades nutricionales de personas que no tienen nada más que llevarse a la boca, muchos con dolencias que requieren dietas especializadas", dice Noelia, una habanera que reside cerca de un comedor en Diez de Octubre y ve las entradas y salidas de los "pocos viejitos, hombres sobre todo, que siguen llegando".
Menos asistentes y precios en alza
El deterioro también se percibe en la asistencia. Antes de la Tarea Ordenamiento, a algunos comedores acudían hasta 100 personas; en 2021 esa cifra cayó al 50 o 60%, debido fundamentalmente al aumento de precios tras la reforma monetaria, que encareció los alimentos ofertados.
Antes de la Tarea Ordenamiento, en los comedores del SAF la comida costaba un peso; después, la tarifa oficial subió inicialmente a un rango de entre ocho y 13 pesos por comida, y hubo lugares en los que llegó a 15 o 17, e incluso 26 o 30 pesos, según la provincia y el tipo de servicio.
El apoyo extraoficial como sostén
En Mayarí, provincia de Holguín, un trabajador por cuenta propia vinculado a un comedor resume así la actual situación de los SAF: "Si el sector privado no apoya, lo que comen es malísimo… (las administraciones locales) no tienen comida, no tienen nada". Él mismo asegura que dona refrescos y embutidos varias veces por semana: "Les doy lo que pueda… porque las asignaciones están muy deprimidas".
Otro testimonio desde Santiago de Cuba apunta a una sustitución de facto del sistema estatal por redes comunitarias y religiosas. "Aquí la gente ha dejado de ir a los comedores", dice Manolo, un vecino que solía acudir al SAF de Zamorana en esa ciudad oriental.
"Dicen que está caro… y lo que dan es muy poquito y mal elaborado", menciona. Por eso, muchos optan por acudir a iglesias, donde el servicio "es gratis" y la comida proviene de donaciones.
"Yo vengo a la Iglesia Católica Santísima Trinidad, donde a diario se brinda alimentos a personas vulnerables y sin costo", señala Manolo.
En el centro de Santiago, además de los comedores del SAF, ha surgido una iniciativa local impulsada desde las estructuras del poder. En la calle Heredia, entre Gallo y Jobito, funciona un proyecto comunitario promovido por Beatriz Johnson Urrutia, primera secretaria del Partido Comunista en la provincia.
Según un trabajador del lugar que prefirió no identificarse, la alimentación es gratuita para personas que el Gobierno considera en condiciones de "extrema vulnerabilidad" y está dirigida a residentes de la zona y comunidades cercanas. Sin embargo, el propio empleado reconoce que la oferta no difiere de la de los SAF —"arroz y harina, en fin"— y que "la elaboración es pésima".
El SAF fue creado en 1998 para ofrecer alimentación subsidiada a personas vulnerables —ancianos solos, personas con discapacidades o ciudadanos sin ingresos suficientes—, seleccionadas por la Seguridad Social. Sin embargo, deja fuera a personas en condiciones críticas que no están censadas, incluidos cubanos sin hogar.
Entre el diseño y la supervivencia
En el discurso oficial, el programa mantiene un diseño estructurado, con participación de múltiples organismos y controles "sistemáticos". Pero en la práctica, según los testimonios, la red funciona con fuertes carencias, apoyada en iniciativas locales y ayudas externas.
Esa distancia entre diseño y realidad coincide con un deterioro más amplio. Una encuesta de DIARIO DE CUBA, realizada por Cubadata en marzo último, reveló que solo el 5,4% de los consultados considera que las instituciones juegan el papel principal en la solución de los problemas del país. El 48,5% cree que cada persona tendrá que sostenerse por su cuenta y el 34,4% confía en redes familiares o comunitarias.
En ese contexto, el SAF aparece menos como una política social sólida que como una red de sobrevivencia. Los comedores siguen abiertos, pero, como muestran los testimonios, con menos comida, menos beneficiarios efectivos y más dependencia de actores que operan fuera del sistema estatal.