"En mi casa comemos una vez fuerte al día y después vemos qué aparece. A veces es arroz con cualquier cosa, a veces solo pan. Hay días en que los niños comen y los adultos esperamos. Uno se acuesta con hambre para que ellos no se acuesten igual", dice Denia desde La Habana.
La crisis alimentaria en Cuba ya no es una estadística abstracta ni un problema puntual asociado a los precios. Es una experiencia doméstica que reorganiza la vida cotidiana, redefine las prioridades familiares y obliga a miles de personas a sobrevivir reduciendo comidas, sustituyendo alimentos o dejando de comer por completo.
Una encuesta de DIARIO DE CUBA realizada por Cubadata entre el 23 de febrero y el 13 de marzo revela hasta qué punto la alimentación se ha convertido en un problema dentro de los hogares. El dato más contundente es que el 61,7% de los encuestados reportó que alguien en su hogar se saltó las comidas por falta de alimentos. Además, el 40,3% dijo que alguien dejó de comer durante un día entero.
Detrás de esos números hay rutinas marcadas por el cálculo constante: cuántas libras de arroz quedan, qué se puede estirar para el día siguiente, quién come primero y qué alimentos desaparecen antes de la mesa.
"Lo primero que se sacrifica es el desayuno", cuenta una madre de Guantánamo. "Los niños toman algo antes de ir a la escuela, pero los adultos muchas veces salimos solo con agua y azúcar o con un café cuando hay. Después tratamos de hacer una comida más o menos fuerte al mediodía y por la noche resolvemos con pan o con lo que quede", añade.
Según un informe de UNICEF de 2024, la pobreza alimentaria grave afecta al 9% de los niños cubanos menores de cinco años, quienes consumen menos de tres grupos de alimentos diarios y enfrentan riesgo inmediato de desnutrición letal. En tanto, la moderada impacta al 33%, que accede solo a tres o cuatro grupos alimentarios y sufre deficiencias nutricionales que afectan su desarrollo físico e intelectual a largo plazo.
En conjunto, según la UNICEF, el 42% de la infancia cubana no logra una dieta con la variedad mínima de cinco grupos alimenticios necesarios para crecer de forma sana, cifra que supera el promedio regional del 38%.
Los huevos "aparecieron" por breve tiempo este año en las bodegas de la provincia de Sancti Spíritus, según publicó la prensa oficial, luego de meses sin que ese alimento fuera vendido por la libreta de racionamiento, de manera condicionada y a precios que no todos pueden permitirse.
"Este mes pude comprar la decena de huevos que dieron por la bodega: 630 pesos. Los estiré lo más que pude y ya se acabaron. No tengo cómo volver a comprarlos ni sé si el mes que viene aparecerán. En Cuba hasta un huevo se volvió un lujo", lamenta Sabino, residente en esa ciudad.
Comprar esa decena de huevos a precio oficial y supuestamente subsidiado implicó para Sabino consumir una sexta parte del ingreso mensual de su jubilación de 4.000 pesos. "Una sangría", lamenta.
El precio del huevo en los mercados privados de Cuba es aún más prohibitivo, ronda los 100 pesos por unidad mientras que el cartón de 30 oscila entre los 2.700 y 3.000 pesos, lo que equivale a unos seis dólares al cambio en el mercado informal. En las tiendas online, diseñadas para que los familiares en el exterior se ocupen de abastecer a altos precios en divisas a sus familias en la Isla, se pueden hallar cartones de huevos desde los casi cinco euros, importados desde Estados Unidos.
Comer menos, comprar peor
La encuesta de Cubadata también muestra cómo las familias intentan adaptarse sin dejar de comer por completo, aunque eso implique consumir menos y peor. El 57,2% de los encuestados dijo que compra productos más baratos o de menor calidad. Otro 43,2% afirmó que ha reducido el consumo de alimentos, mientras que el 42,4% reconoció que sustituye productos por otros más accesibles.
La consecuencia inmediata es una dieta más pobre, menos variada y más dependiente de lo poco que aparece en las bodegas, en los mercados informales o se puede comprar con remesas enviadas desde el exterior.
Laudelina, una vecina de Cienfuegos, lamenta que a su familia solo le queda el picadillo (de lo que sea) y las salchichas como única opción de proteína, pese al riesgo que implica para la salud. Ella ofreció su testimonio en un reportaje reciente sobre cómo la caída de la producción de cerdo en más del 95% en Cuba convirtió al alimento más tradicional en un bien casi inaccesible.
El deterioro tiene consecuencias extremas: las muertes asociadas a la desnutrición aumentaron de 43 a 75 entre 2022 y 2023, según cifras oficiales, lo que representa un 74% de aumento, en un contexto en el cual incluso alimentos básicos como la leche dependen crecientemente de envíos o ayudas externas.
"Antes yo compraba huevos, algo de carne de cerdo, yogurt para el niño. Ahora lo que hago es sustituir", explica otra mujer entrevistada que prefirió no decir su nombre. "Si no hay aceite, cocino hervido. Si no hay carne, hago arroz con cualquier recorte, 'arroz con suerte'. Si no aparece leche, invento con refresco instantáneo o una infusión para engañar el estómago", añade.
La precariedad también se percibe en la raquítica canasta básica que el Gobierno vende a los cubanos a través de la libreta de racionamiento. En testimonios recogidos en Guantánamo, varios residentes describen meses enteros sin recibir productos, o entregas parciales insuficientes.
"Aquí no se está produciendo nada. No hay comida, no hay nada. Recientemente repartieron tres libras de arroz, una libra de azúcar y para de contar", lamenta un vecino de la zona de Sur Isleta, en Guantánamo. "Dicen que va a venir aceite, que van a dar huevos, pero al final no llega nada. Las bodegas están vacías y vivimos de lo que mandan de afuera, los que tenemos esa suerte", comenta.
"Un poco de arroz, chícharos y una libra de azúcar es lo que hemos recibido en las últimas semanas… y todo con retraso", dice otro guantanamero.
Otro residente en Santiago de Cuba resume la sensación de agotamiento: "Las bodegas prácticamente están obsoletas. Cuando venden algo, están uno o dos días y después vuelven a quedarse vacías. Ya nadie sabe ni lo que deben ni cuándo lo van a reponer", expresa.
Cocinar también se volvió un problema
Tener alimentos no garantiza poder prepararlos. El 51,4% de los encuestados por Cubadata para DIARIO DE CUBA incluyó la falta de gas o combustible para cocinar entre los tres principales problemas que enfrenta su hogar.
La crisis energética ha convertido la cocina en otro espacio de improvisación. Muchas familias dependen de la leña o el carbón ante la falta de gas y debido a que las cocinas eléctricas quedan inutilizables durante los constantes apagones, que en muchas zonas rurales alcanzan más de 18 horas.
"Cuando no hay corriente cocinamos con carbón, pero el carbón también está caro", cuenta una vecina de Santiago de Cuba. "A veces ponemos una sola olla para aprovechar el fuego y cocinamos para dos o tres días. Si hay arroz, hacemos bastante", explica.
En zonas del campo y periféricas, el regreso a la leña ya forma parte de la rutina. "Uno tiene que salir a buscar palos secos porque si no, no cocina. Y si llueve, peor, porque la leña no prende", relata un jubilado de Holguín.
La falta de combustible también condiciona qué se come. Muchos hogares priorizan alimentos que requieran menos tiempo de cocción, incluso si son menos nutritivos.
El ajuste del hogar: deuda, trueque y descapitalización
La crisis alimentaria no ocurre aislada. Comer menos también implica endeudarse más, vender pertenencias, pedir prestado o comprar fiado.
"Yo vendí el ventilador para comprar comida", dice una madre de dos hijos en Camagüey. "Después vendí una cadena, y ahora no sé qué más vender. Uno va sacando cosas de la casa para seguir poniendo un plato en la mesa", añade.
Otros sobreviven gracias al crédito informal. "Aquí casi todo el mundo compra fiado", explica un trabajador estatal. "Le debes a la vecina, al que vende pan. Cuando cobras, pagas una parte y vuelves a endeudarte", señala.
Las madres guantanameras entrevistadas resumen con crudeza la relación entre salarios, alimentación y pobreza. "Un salario no alcanza para nada", dice una de ellas. "La comida está cara, todo está caro. Uno vende cualquier cosita, lava, limpia, inventa, pero no alcanza", agrega.
Otra madre cuenta que su hijo de cinco años apenas ha podido asistir a la escuela debido a la situación en casa: "Desde que empezó el curso ha ido seis veces. No le dan leche, no hay comida y uno tiene que decidir entre mandarlo a la escuela o resolver el almuerzo", dice.
La dieta de la escasez
La crisis alimentaria en Cuba ya no se expresa solo en precios altos, anaqueles vacíos o colas interminables. Ahora se manifiesta en una nueva normalidad en la que millones de personas comen menos, sustituyen productos, reducen la calidad de su dieta y se saltan comidas para poder llegar al día siguiente.
La escasez dejó de ser una emergencia puntual y pasó a condicionar la vida cotidiana: "Ya uno no piensa en comer bien", resume una mujer en Guantánamo. "Uno piensa en comer algo", finaliza.
"Saltarse comidas, sustituir alimentos, cocinar con leña, pedir prestado, se han hecho parte de la rutina diaria de miles de familias cubanas"...
Falto incluir en esa miserable rutina, el celebrar bailando y gritando contra el bloqueo en el natalicio de Vilma o en el 1ro de mayo, aun despues de 36 horas de apagon.