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El arte dominado

La calle es la línea roja (IX)

Sacar el arte de las galerías controladas por las instituciones para romper el monopolio del Estado: octava parte de una serie de la periodista de investigación Marianela Balbi.

Miami
Sandra Ceballos, Amaury Pacheco y Luis Manuel Otero Alcántara, movilizaciones de artistas en La Habana e instalación en Espacio Aglutinador.
Sandra Ceballos, Amaury Pacheco y Luis Manuel Otero Alcántara, movilizaciones de artistas en La Habana e instalación en Espacio Aglutinador. DDC

La crudeza del llamado Periodo Especial, la campaña de estoicismo forzoso que el régimen impuso a la población cubana tras el derrumbe de la Unión Soviética y su ayuda económica, a comienzos de los años 90, no impedía a Amaury Pacheco ver el vaso medio lleno: esas dificultades extremas, pensaba, que sometían a la gente de la calle a sacrificios indecibles, a la vez podían significar una merma del control autoritario, debilitado por la crisis. Era el momento de crear proyectos sobre el terreno que rescataran los valores humanos que, decía, la Revolución había perdido, en vez de prepararse para partir al exilio.

¿Resistir desde la "pureza"? Aún creía que se podía. Amaury Pacheco era y es un poeta popular, de la gente, de la calle, autodidacta, del Reparto Alamar, una zona que es repositorio de reliquias del brutalismo soviético. En aquella época de carencias veía una oportunidad para abrazar de manera genuina los valores originales "de humanidad" que el castrismo predicaba, pero no practicaba, mediante el despliegue de "un arte que no debía estar encerrado en galerías para una elite; debía estar en la calle, inspirado en la tradición afrocubana y la utilidad cotidiana", cuenta desde Oklahoma, Estados Unidos, donde vive junto con su esposa, la actriz de teatro, activista y artista de performance Iris Ruiz, desde que tuvo que abandonar Cuba.

"Omni Zona Franca fue un espacio para usar el arte como un lenguaje para desmontar los circuitos oficiales (...) donde la performance y la meditación sirven para limpiar el cuerpo, sacar el cuerpo corporativo y enfrentar el discurso simbólico diseñado por el Estado para controlarnos", relata en entrevista para esta historia.

"El arte es una herramienta para el ciudadano, una herramienta espiritual. Hacíamos festivales, como el de 'Poesía sin fin'", sigue recordando Pacheco, "que buscaba resolver un estadio espiritual y material en los barrios, usando la alegría como una vibración para transformar la realidad y despertar la conciencia ciudadana (...) El arte en el espacio público no es solo estética, sino un ejercicio cívico que busca transformar la percepción del individuo frente a la realidad política".

Algo similar pretendían los festivales de hip hop, recuerda el artista Yasser Castellanos, quien hoy sigue en Cuba bajo la categoría de "regulado", por haber sido uno de quienes se acuarteló con Luis Manuel Otero Alcántara en las protestas del Movimiento San Isidro. Yasser vincula estrechamente esa experiencia con su obra plástica. "La primera vez que hice un trabajo visual con un sello personal fue influido por el hip hop cubano, cuando ya había visto los festivales de rap de 1995 y 1996". Él también estuvo vinculado a Omni Zona Franca, escribía letras para musicales, poesía para ser cantada, y hacía la escenografía para los eventos de la calle, "pero el Gobierno se adueñó de los festivales, se los quitó a sus fundadores".

Amaury Pacheco le pone nombre propio al Estado: La Bestia. "Llega La Bestia. El Estado vigila los festivales y permite que crezcan solo para identificar quiénes participan y de dónde viene el apoyo, para luego lanzar un planazo televisado que busca el asesinato moral del artista".

El objetivo principal no era tomar el poder, reconocen Pacheco y Ruiz desde su exilio en Oklahoma. "Queríamos correr los límites de lo permitido dejando una semilla de insurrección espiritual en la gente. Aprender a ser ciudadanos. Yo transité un camino que me llevó de poeta a ciudadano, y el arte me permitió entender los engaños del régimen y recuperar la soberanía individual, moviéndome de lo intelectual a lo operativo".

Iris Ruiz, a la luz de su experiencia como actriz, está convencida de que el cuerpo es un espacio de discusión: "Ponemos el cuerpo en el espacio público; no basta con filosofar, la libertad se ejerce a través de actos ciudadanos concretos que desafían el miedo".

Marido y mujer coincidían en el propósito de sacar el arte de las galerías controladas por las instituciones para romper el monopolio del Estado sobre el espacio y el discurso. Pero todo esto los convertía automáticamente en "contrarrevolucionarios" a ojos del Estado. A ellos, a Omni Zona Franca con sus 15 años organizando festivales de poesía, los desbandaron en 2016, cuando casi todos salieron al exilio.

Sin embargo, el arte volvería a germinar como expresión rebelde poco después. Sucedió en el barrio San Isidro en 2018. Cuando vieron lo que se estaba gestando en las calles, llevaron su experiencia a lo que los activistas empezaron a llamar "intervenciones operativas". El arte se hizo útil porque desde el espacio público fue visible para todos, desmontando a la vista de todos los tinglados simbólicos que el régimen utiliza para legitimarse.

"Estas acciones fueron como ejercicios de civilidad. No se trataba solo de ganar una batalla legal, sino de que la gente viera que era posible desafiar una ley injusta, como el Decreto 349. Al convertir el barrio en el escenario de la discusión sobre una ley, el Movimiento San Isidro logró que el cubano común se conectara con la lucha del artista contra el control estatal", explica Amaury Pacheco.

Omni Zona Franca forma parte de un árbol genealógico de la resistencia del que también brotaron ramas como la Cátedra de Conducta de Tania Bruguera, Archipiélago (#YoTambiénExijo), y el Movimiento San Isidro. Omni Zona Franca corrió los límites de lo permitido a través de festivales y arte callejero; Tania Bruguera con sus ideas y sus estudiantes introdujo una dimensión ética y política en el arte comprometido que se abría paso dentro de las instituciones, moviendo el foco de lo puramente estético a la conducta del artista como ciudadano; y finalmente, el Movimiento San Isidro demostró la madurez operativa para la concientización y la movilización. Como sintetiza Amaury Pacheco, "el Movimiento San Isidro representa la culminación de estas experiencias previas, integrando la relojería técnica de Omni Zona Franca con un activismo más frontal".

La chispa del Decreto 349 incendió la pradera artística

En diciembre de 2018, las torres de cristal donde por ese entonces trabajaba una nueva generación de artistas quedaron a tiro de la inconformidad de la gente común que no iba a las galerías y museos. Fue cuando entró en vigor el Decreto 349, una de las primeras leyes que firmó Miguel Díaz-Canel al tomar el relevo generacional en la Presidencia de Cuba, aunque no el poder, que siguió en manos de Raúl Castro Ruz.

Las alarmas se habían activado desde abril de ese año, cuando el nuevo administrador de la dictadura promulgó la norma, que formalizaba la potestad del Estado para intervenir cualquier actividad creativa. Por ella, los músicos e intérpretes no podrían presentarse en espacios —públicos o privados— sin previa autorización de las autoridades. Quienes los contrataran corrían el riesgo de confiscación de bienes y multas cuantiosas, y no había posibilidad de impugnar decisiones que se tomaban, no en el ámbito de las reglas, sino de la discrecionalidad. Lo mismo aplicaba para exposiciones, manuscritos y cualquier forma de expresión.

Pero lo que más inquietó a los artistas fueron las restricciones en los contenidos creativos con la prohibición de producir materiales audiovisuales que contuvieran "uso de los símbolos patrios que contravenga la legislación vigente", "lenguaje sexista, vulgar y obsceno" y "cualquier otro que infrinja las disposiciones legales que regulan el normal desarrollo de nuestra sociedad en materia cultural".

Para mayor escarnio de los colectivos independientes de artistas que entonces estaban en ebullición en un círculo underground donde no tenían cabida ni galerías ni los fondos estatales o los comisarios,  el Decreto 349 abolió esos rincones autónomos.

En alguna medida, muchos de esas microhábitats de libertad se asemejaban a aquel Espacio Aglutinador que en 1994 creó la artista multidisciplinaria y curadora, Sandra Ceballos, con una exposición intitulada Arte degenerado en la Era del Mercado. Ese gesto le valió otra forma de ostracismo: "Desde hace exactamente 29 años mi obra no se exhibe en Cuba. ¿El motivo? Haber abierto en mi estudio y hogar una galería privada sin fines lucrativos con propuestas democráticas. Por crear este lugar, un espacio de libertad y totalmente independiente del Estado cubano, mi obra se prohibió en Cuba a partir de 1998. Pocos críticos y curadores de arte en Cuba se atreven a exponer mi obra personal por temor a represalias. Todos estos años he asumido estoicamente vivir entre el insilio y el exilio. Sigo trabajando en mi obra personal", cuenta Ceballos para este trabajo desde La Habana.

Espacio Aglutinador fue cerrado en 2021 —afirma que por razones personales— y desde entonces lo ha convertido en una galería internacional en línea que se puede visitar por Instagram, donde trabaja como curadora e invita a otros curadores a colaborar.

Solveig Font, curadora y crítica de arte, también creó en 2014 un espacio independiente en su vivienda, antes de emigrar a España. Se llamaba Sometimes Art Space, y con este nombre aludía al hecho de que solo "a veces" era un espacio para artistas. Era un espacio alternativo que no tenía un calendario de trabajo. "No queríamos presión, queríamos hacer algo cuando quisiéramos, con quien quisiéramos y a la hora que quisiéramos", le contó al periodista Amilkar Feria Flores en el portal Alas Tensas.

Sometimes Art Space también fue condenado a la extinción con el Decreto 349. Los espacios privados ahora también quedaban a disposición del Estado. En conversación con Solveig Font, desde España, ella recuerda que "se permitía cierta libertad en espacios privados o semiprivados, como fiestas, o el uso de ironía en las obras, siempre que no se cruzaran ciertos límites políticos. Era una especie de permisividad muy bien pensada, calculada, para dar esperanza y luego frustrar, manteniendo a los artistas dentro del sistema".

El Movimiento San Isidro traspasó esos límites. La razzia contra artistas y creadores no se hizo esperar. En el centro de la diana se encontraban el Movimiento San Isidro y Luis Manuel Otero Alcántara, su rostro emblemático. Ya era conocido por su serie de esculturas sobre los héroes de Angola —Los héroes no pesan, de 2011— y se había ganado un lugar prominente en ese colectivo de artistas abiertamente contrarios al régimen y con voz política propia. Había organizado la #00Bienal de La Habana, la primera bienal independiente, que lo había puesto en el radar del régimen.

Estallaron las protestas y la represión más feroz, y en noviembre de 2020 detuvieron a los artistas junto con músicos populares, como los raperos Denis Solis y Maykel Osorbo. Para enfrentar a las fuerzas de Seguridad del Estado, los miembros del Movimiento San Isidro terminan por encerrarse en la casa de Otero Alcántara, en la calle Damas 955, y comienzan una huelga de hambre para exigir la liberación de los recién encarcelados. Seis días más tarde, la Seguridad del Estado entró con los esbirros vestidos de médicos —recuerda Yasser Castellanos, uno de los atrincherados– y desalojó el inmueble por la fuerza. El subterfugio se justificaba porque eran tiempos del Covid-19.

La lucha era ahora por la derogación del Decreto 349 y por la libertad de los presos de conciencia. El día 27 de noviembre de 2021, una protesta de entre 300 y 500 personas, a la que asistieron artistas, intelectuales y cineastas, se planta frente a la sede del Ministerio de Cultura en La Habana, reclamando libertad de expresión, el cese del hostigamiento contra los artistas independientes y el fin del trato a la disidencia como un crimen. Una delegación de 32 personas fue recibida por las autoridades y esa acción gestó el Movimiento 27N.

A la cabeza estaban figuras como Tania Bruguera. Resultaba muy difícil ignorar una presencia como la de Tania Bruguera, de resonancia global, que podía remover solidaridades en muchas partes del mundo, o como la de Coco Fusco desde Nueva York, quien por participar en la #00Bienal aún tiene un expediente abierto y desde entonces no puede entrar a Cuba. También estaban muchos de los artistas que para ese momento seguían en Cuba, como Reyner Leyva Novo. Eran nombres referenciales que protagonizaron una reunión con el viceministro de Cultura Fernando Rojas, que hizo amagos de diálogo. Sin embargo, el trato se quebró apenas cruzar las puertas del Ministerio.

El status quo de cohabitación y calibrada tolerancia que parecía cimentado entre artistas y Estado tras un par de décadas de vigencia, se rompió en manos de Miguel Díaz-Canel. Se enfrentaba ahora a un incómodo escrutinio internacional que comenzaba a dudar de su política blanda de "dejar hacer" frente a los artistas y que le permitía ufanarse de cómo la revolución cubana cuidaba a sus creadores y exportaba lo mejor al mundo de las artes plásticas. Hasta que se sintió obligado a recurrir a las malas maneras.

"Patria y Vida" se convirtió en el lema de las manifestaciones populares, y la canción del mismo nombre en su himno (así como en un éxito internacional). Los activistas le hablaban a la gente del barrio para explicarles por qué el Decreto 349 les afectaba directamente: ahora, por ejemplo, la Policía podría parar un concierto en su propia cuadra. Pedían libertad para expresarse, para disentir. Pedían derecho a tener derechos, libertades políticas y libertades económicas. Derecho a una mejor vida. Para Amaury Pacheco, el activismo había alcanzado la madurez a la que aspiraba desde los tiempos de Omni Zona Franca. Transformaron el barrio en escenario de discusión política y lograron que el cubano común se viera reflejado en la lucha del artista contra el control estatal. A la acción se habían integrado periodistas independientes, abogados y curadores. Crearon redes para hacer reportes y denunciar las detenciones en foros internacionales como la ONU. Todos eran ahora ciudadanos, y la organización lo era todo.

Divide y vencerás

En un intento por causar fricciones entre los movimientos y separar el polvo de la paja, poniendo categorías como buenos y malos, los que hacen arte y los que solo son activistas, los que se formaron en el Instituto Superior de Arte (ISA) o en San Alejandro y los autodidactas de Alamar y San Isidro, entre los blancos y los negros, el régimen activó mecanismos para desprestigiar a los insurrectos y herir de muerte las protestas.

A Yasser Castellanos lo etiquetaron de contrarrevolucionario "por declararme artista independiente, cimarrón", escribió en su perfil de Facebook. Le impidieron salir de Cuba como "regulado" y en 2021 cayó bajo arresto. "En diciembre de 2020 estaba en una de esas filas tan usuales en Cuba cuando escuché decir a un muchacho de unos 20 años que los del 27N eran 'los inteligentes' y los del Movimiento San Isidro 'los brutos'. El joven tenía la piel tan mestiza como la de los activistas a los que degradaba con su comentario. Estaba divulgando precisamente la imagen que al gobierno le interesaba promover respecto al Movimiento San Isidro. Trataron de que sus miembros más mediáticos causaran en la población el mayor rechazo posible, entre otras cosas, atizando, de manera más sutil o burda, los prejuicios raciales que no desaparecieron tan solo por haber sido prohibidos", relata.

Las protestas entre 2018 y 2020 hicieron emerger profundos complejos como son el racismo y el clasismo que, engavetados, parecían erradicados pero en realidad permanecían intactos, en suspensión animada.

Bastó con que en el ring del barrio San Isidro el castrismo pusiera, en una esquina, al actor Jorge Perugorría, y en la otra arrinconara a Luis Manuel Otero. El Estado movió afanosamente los hilos simbólicos para que se marcaran las diferencias y desigualdades entre el reconocido actor, el Mario Conde de Leonardo Padura, el mejor trofeo de la revolución, por un lado; y el cimarrón que se desnudaba, que envolvía con una bandera de Cuba sus caderas, hacía huelga de hambre y sed, y con todo eso a cuestas vendía sus obras a los mejores museos y coleccionistas internacionales.

Solveig Font detectó con claridad las reglas de esta contienda: una diferenciación que ilustraba el tratamiento discriminatorio dentro del sistema cultural cubano sobre la base de la cercanía al poder y el origen social: "Mientras Jorge Perugorría, a través de su hijo, montaba a solo una cuadra de distancia de la sede del Movimiento San Isidro el proyecto Galería Taller Gorría, con todas las condiciones del mundo para hacer lo que quisiera, a Luis Manuel Otero nunca le han dado nada".  

Font recuerda la indignación que sintieron cuando, en la reunión que tuvieron los manifestantes con el viceministro Fernando Rojas, el 27 de noviembre, Jorge Perugorría se presentó con un pulóver que decía "I [heart] San Isidro".

"Dio un discurso decepcionante, sobre todo porque todos sabemos que él gozaba de privilegios mientras sus vecinos eran reprimidos", recuerda Solveig Font.

En contraste, a Luis Manuel Otero Alcántara lo presentaban como un artista "sin estudios" y de origen humilde, a quien la Seguridad del Estado le endilgaba adjetivos como "mentiroso", "descarado". Y cuando el Estado se ocupa de otros artistas que vienen del pueblo, resaltan que Cuba les permite movilidad social y éxito internacional. "Existe un tratamiento diferenciado hacia Luis Manuel Otero Alcántara por ser un negro marginal. El Estado acepta la negritud mientras sea dócil, pero con Luis Manuel ve una Cuba de retroceso que el Gobierno prefiere ocultar tras su propaganda de educación y cultura de elite", comentó Solveig Font en conversación para esta historia.

Sin plegarse a la mirada censora del Estado, José Bedia encuentra, sin embargo, objeciones al activismo del Movimiento San Isidro: "Yo sé que en la sociedad cubana hay poca motivación por hacer rupturas, como se hizo con el Movimiento de San Isidro y con las protestas por el Decreto 349. Pero hay cosas que a mí no me interesan como artista. Creo que un artista tiene que pintar, hacer escultura y trabajar. No soy activista, ni creo que un artista pueda ser activista: o eres activista o eres artista. Pienso que la voz del artista es muy modesta y limitada; hacer bien lo que uno hace, es suficiente. No creo que sea otro el deber del artista. El Movimiento de San Isidro fue valiente, pero artísticamente les falta. Tienen impulso para cambiar cosas políticas, pero la parte artística se resiente. Todo eso, además, tiene una especie de martirología que no conduce a nada, son aguantagolpes".

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