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El arte dominado

Coleccionismo cubano, pero en EEUU (IV)

'Los artistas cubanos están más cerca de los coleccionistas estadounidenses que las 90 millas que separan Cayo Hueso de Varadero': tercera parte de una serie de la periodista de investigación Marianela Balbi.

Miami
De izq. a der., Alex J. Rosenberg, Sandra Levinson y Ramón Cernuda. De fondo, obras de Yoan Capote, Mariano Rodriguez y carteles de la OSPAAAL.
De izq. a der., Alex J. Rosenberg, Sandra Levinson y Ramón Cernuda. De fondo, obras de Yoan Capote, Mariano Rodriguez y carteles de la OSPAAAL. DDC

Los artistas cubanos están más cerca de los coleccionistas estadounidenses que las 90 millas que separan Cayo Hueso de Varadero. Existe una historia de intercambios, dólares, nostalgia y fantasías tropicales que tiene, en un extremo a Peggy Guggenheim y, en el otro, a Barack Obama. En esta y la siguiente entrega de la serie "El arte dominado" se pasa revista a personalidades e instituciones que han sido eslabones de esa relación.

La conexión con Nueva York

Cuando su primo Harry F. Guggenheim fue embajador de EEUU en La Habana, entre 1929 y 1933, Peggy Guggenheim frecuentaba la Isla y alimentó su colección con obras de Wifredo Lam, quien expresaba en sus lienzos los rasgos del cubismo, el surrealismo y la herencia africana. Esos fueron los ingredientes con los que Lam ofrecía a la visionaria coleccionista el exotismo y la originalidad que buscaba para ampliar el horizonte, más allá de las corrientes europeas y del expresionismo abstracto americano. Peggy Guggenheim no solo adquirió obras del vanguardista cubano, como Anunciación, sino que las incluyó en exhibiciones en su legendaria galería en la ciudad de Nueva York, Art of This Century.

Con la apuesta por Lam, Guggenheim sumaba apoyos para la promoción del arte cubano en las subastas internacionales. La mecenas María Luisa Gómez Mena, quien manejaba en La Habana la Galería del Prado, aportó estrategias de mercadeo. Gómez Mena impulsó la gran exposición Modern Cuban Painters, inaugurada en marzo de 1944 en el Museo de Arte Moderno (MoMA, por sus siglas en inglés) de Nueva York, junto a Alfred H. Barr Jr., el director del museo, quien había visitado La Habana en 1942, cuando quedó impactado por la vitalidad del arte local. La llamada Escuela de La Habana ya tenía visibilidad en Nueva York, donde se comenzaban a escuchar los nombres de Mario Carreño, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez y René Portocarrero.

En el MoMa y con Peggy Guggenheim como promotora, se cumplía lo que afirma el coleccionista cubano Ramón Cernuda: "El arte cubano pasó de ser algo local a un activo de gran valor en Nueva York y Europa". Ya no era mero folclore, sino un lenguaje moderno y sofisticado que dialogaba con el cubismo y el surrealismo europeo. El éxito de la exposición del MoMa la llevó a seguir un itinerario por 12 ciudades de EEUU entre 1944 y 1946, difundiendo el prestigio de la Escuela de La Habana.

Sandra Levinson, la brigadista

Las motivaciones de Sandra Levinson para promover el arte cubano no fueron exclusivamente monetarias. Se remontan a los espejismos políticos que despertó en muchos jóvenes de clase media estadounidenses la llegada al poder en 1959 de los barbudos de la Sierra Maestra. Algunos de esos jóvenes se vieron impulsados a cruzar el Estrecho de Florida para alistarse en las Brigadas Venceremos, fundadas en 1969. Finalizaban los años 60, la década de la rebelión juvenil en todo Occidente. La Nueva Izquierda —desde muchachos blancos seducidos por el marxismo, hasta miembros del Black Power o del movimiento separatista de Puerto Rico, chicanos, feministas, académicos latinoamericanistas— fue a trabajar en los campos de caña de azúcar para ayudar a Fidel Castro a alcanzar la mítica meta de la Zafra de los Diez Millones (diez millones de toneladas métricas de azúcar) en 1970, una empresa fallida. 

Entre esos internacionalistas, Sandra Levinson seguiría su aventura revolucionaria en el Caribe, documentando y organizando los traslados y estancias de los voluntarios, acciones que desafiaban la prohibición de viajar a Cuba impuesta por EEUU. Junto a Carol Brightman, Levinson publicó en 1971 el libro Venceremos Brigade: Young Americans Sharing the Life and Work of Revolutionary Cuba, que ha quedado como la memoria oficial de la experiencia que llevó a Cuba a más de 10.000 personas.

La Brigada Venceremos, todavía en activo, recibe actualmente fondos de The People's Forum, una organización financiada por el multimillonario Neville Roy Singham, nativo de Sri Lanka (antes Ceilán) y de madre cubana, un empresario que se define como marxista y maoísta con fuertes lazos con China, y pareja de la fundadora del grupo de activismo feminista estadounidense, Code Pink. Todavía en 2025, antes del embargo petrolero ordenado por la Administración Trump, a la Isla viajaron 28 miembros de la 53ª Brigada, la primera brigada internacionalista queer y trans, que ha visitado Cuba desde 1969.

Sandra Levinson evolucionó de activista política a promotora cultural y en 1972 fundó el Centro de Estudios Cubanos en Brooklyn. Desde allí, la neoyorquina se dedicó a alfabetizar a los potenciales y futuros brigadistas en cultura revolucionaria y en el concepto del "hombre nuevo", promoviendo el intercambio cultural entre estadounidenses y cubanos.

Pronto Levinson comprobaría que una galería de arte es una vía propicia para establecer un nexo político-intelectual. Y en 1999, luego de ganar peleas judiciales contra el Departamento del Tesoro de EEUU para obtener el derecho a importar arte cubano, inauguró el Cuban Art Space dentro del Centro de Estudios Cubanos. Como directora de la galería, Sandra Levinson abría así la puerta para la exhibición y promoción del arte cubano en EEUU, con un atractivo rasgo turístico y comercial que permitiría seguir organizando viajes pero ahora como visitas culturales para conocer los estudios de artistas cubanos y la oferta de obras a precios muy atractivos para los visitantes estadounidenses.

Tres juicios y un destino

En EEUU, Sandra Levinson, el coleccionista cubano Ramón Cernuda —dueño de Cernuda Arte— y el marchante de arte Alex J. Rosenberg, tienen una historia en común. Los tres se enfrentaron al Estado, como contrapartes del Departamento del Tesoro en procesos judiciales con los que consiguieron levantar la veda a las importaciones de arte cubano e iniciar así el desmantelamiento de las rígidas reglas que constreñían el embargo impuesto a Cuba desde 1962.

A partir de 1963, cuando Washington promulgó las Regulaciones al Control de los Activos Cubanos con la finalidad de congelar todos los bienes vinculados a la Isla, se ilegalizó el ingreso desde Cuba de obras de arte, libros, partituras y cualquier producto cultural a territorio estadounidense. La violación de las sanciones suponía la confiscación de los bienes de los trasgresores, multas y hasta diez años de prisión. Para el Departamento del Tesoro (a través de su Oficina de Control de Activos Extranjeros, OFAC), la compra directa de arte en Cuba constituía una transferencia de divisas prohibida por el embargo, pues las piezas artísticas se clasificaban como "mercancías" y no como "materiales informativos".

En 1988, el representante demócrata por California, Howard Berman, desempolvó la Primera Enmienda y se unió a quienes denunciaban que el Departamento del Tesoro infringía ese principio democrático que protege la libertad de expresión y el libre flujo de las ideas. Alegó que se debía eximir de las sanciones la importación o exportación de "publicaciones, películas, carteles, discos fonográficos, fotografías, microfilmes, microfichas, cintas u otros materiales informativos".

Sandra Levinson, desde su Centro de Estudios Cubanos, y Alex J. Rosenberg, combinaron activismo político e interés comercial para apoyar la Enmienda Berman de 1988, y sumaron a la campaña a coleccionistas, marchantes de arte, galeristas, intelectuales procastristas y hasta las casas de subastas. La ocasión propicia para ello fue el proceso judicial que las autoridades iniciaron contra el propio Rosenberg. Se le acusó de haber viajado a Cuba y de transferir divisas al completar compras de arte en el terreno.

Tres años duró el litigio de Rosenberg. En 1991, la Justicia estadounidense determinó que las pinturas, dibujos y esculturas debían considerarse materiales protegidos por la Constitución, lo que abrió el acceso sin restricciones del arte cubano a EEUU

Por su parte, Levinson ganó su reclamo de la confiscación de un cuadro de Nicolás Guillén Landrián que se habían llevado de su Centro de Estudios Cubanos, y fundó el Cuban Art Space. Ya tenía despejada la vía oficial para la compra-venta de arte cubano en su galería de Nueva York.

Ramón Cernuda libra su batalla judicial

Al sur de la Florida, Ramón Cernuda libraba su propia batalla judicial y de reputación en Miami para permitir el comercio de arte cubano. A diferencia de Rosenberg, el galerista cubano argumentó en la Corte que el embargo no aplicaba en su caso, pues no compraba en Cuba, sino en el mercado internacional. Por lo tanto, adujo, no le correspondía la acusación de "comercio directo" que Rosenberg debió enfrentar.

Cernuda aseguraba haber comprado en casas de subastas en Nueva York, así como en galerías de otras ciudades de EEUU, Europa y América Latina, pero nunca en Cuba. Al igual que Levinson, Cernuda también utilizó la Primera Enmienda como escudo jurídico.

Cernuda es el propietario de Cernuda Arte, un espacio comercial con casi 30 años en el mercado del arte cubano y un catálogo clásico y muy tradicional, que reúne nombres cuyas obras con valor predecible entre dealers, coleccionistas y subastadores: Wifredo Lam, René Portocarrero, Juan Roberto Diago, Amelia Peláez, junto con algunas más contemporáneos, como Tomás Sánchez y Roberto Fabelo.

En mayo de 1989, el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) allanó la residencia de Cernuda en la Avenida Brickell de Miami. Le fueron confiscadas 240 pinturas de su colección. "Fue un operativo agresivo y estuvieron más de 16 horas en nuestra casa y en la editorial. Rompieron la puerta y se llevaron registros de la colección. Yo tenía pruebas de la legalidad de cada obra, incluyendo fotocopias de cheques y recibos de compra", cuenta en entrevista para este reportaje.

Cernuda percibió que su caso judicial en realidad tenía un componente de persecución política, que procuraba "ejemplarizar" y destruir su reputación entre el exilio de Miami, al tratar de vincularlo ideológicamente con el régimen cubano: "Parecía que estábamos en el maccartismo. Los oficiales incluso fotografiaron los lomos de mis libros para investigar qué leíamos. El objetivo real era hacer un perfil nuestro como filocomunistas. Buscaban forzarnos para declararnos culpables bajo la amenaza de una condena de más de 1.000 años de cárcel y, así, quedarse con los cuadros y destruir nuestra credibilidad".

Cernuda radicó una demanda contra el Gobierno de EEUU ante tribunales federales. El desenlace del caso lo favoreció: el fallo del juez Kenneth Ryskamp estableció que el Estado no puede decidir qué ideas o expresiones estéticas puede ver un ciudadano, independientemente de dónde provengan. A Cernuda le devolvieron sus 240 obras de arte.

El veredicto sentó un precedente jurídico que abrió el mercado de coleccionistas de arte cubano en EEUU. Las galerías privadas podían exhibir y vender obras de artistas que residían en la Isla, sin temor a ser procesados en lo penal, y los coleccionistas privados y museos comenzaron a adquirir arte cubano contemporáneo con la certeza de que no confiscarían las piezas bajo el amparo de la Ley de Comercio con el Enemigo.

A pesar de que la postura de Ramón Cernuda en ese momento fue calificada como "herética" por los sectores más intransigentes del exilio en Miami, le queda la tranquilidad de que, como afirma, su "victoria no solo fue legal, sino también cultural, al defender que la cultura cubana es una sola, independientemente de dónde viva el artista o de su ideología política".

Pero la victoria resultó, más que pírrica, contraproducente. Ya sea porque se negó a ir a la guerra de Vietnam, o porque se convirtió en el inmigrante cubano que demandó al Gobierno de EEUU ante una corte federal y ganó un caso que refuerza el valor de la Primera Enmienda, a Ramón Cernuda todavía no se le concede la ciudadanía estadounidense. Su hazaña jurídica tampoco fue reconocida por el Gobierno cubano, que le negó el permiso de entrar a Cuba en nueve ocasiones. Caso contrario al de Alex J. Rosenberg, a quien el régimen de La Habana distinguió con las más altas condecoraciones. El ministro de Cultura Armando Hart no solamente condecoró a Rosenberg, sino que le dio carta blanca para sus expediciones artísticas en Cuba, en las que, acompañado de una comitiva de dealers y coleccionistas, visitaba estudios y cosechaba la producción de quienes decidieron seguir creando desde dentro, pero vendiendo afuera.

Cuando Rosenberg murió, en julio de 2022, Miguel Diaz-Canel tuiteó: "Una luz de sincero amor por Cuba se ha apagado en Nueva York, donde el coleccionista y profesor Alex Rosenberg, a cuya generosa labor promocional tanto debe el arte cubano, ha fallecido a los 103 años".

"Las ironías del destino son que en Cuba las autoridades cubanas preferían atribuirle todo el mérito de la solución del problema del embargo a la pintura cubana a un extranjero, norteamericano en Nueva York, que a un cubano opositor al Gobierno cubano en Miami", dice Cernuda, quien solo pudo regresar a Cuba en mayo de 2025, cuando finalmente le levantaron la prohibición de entrar a la Isla.

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1 comentario

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Mejora... Esta entrega no sólo está bien documentada sino, salvo algún adjetivo de dudosa caracterización, cuando usa "tradicional" y debiera decir "valioso" catálogo en la Galería Cernuda, la mejor galería de arte cubano que hoy existe. Me alegra que recuerde lo obvio: no mezclar valoración artística con ética, ideología y demás multiculturalismos enajenantes, de tufo marxista. Si Nicolasito Guillén fue un pintor relevante, yo soy jugador de fútbol. Haber sufrido cárcel, represión, ostracismo, ni concede ni quita talento artístico.