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El arte dominado

Al comienzo fue el expolio (I)

El expolio de la colecciones de Julio Lobo, Oscar Cintas y la familia Fanjul: con esta entrega iniciamos una serie de la periodista de investigación Marianela Balbi.

Miami
Julio Lobo (izq.) y Oscar Cintas, con imágenes de cuadros de Rembrant, Sorolla y un grabado de Napoleón.
Julio Lobo (izq.) y Oscar Cintas, con imágenes de cuadros de Rembrant, Sorolla y un grabado de Napoleón. DDC

Al comienzo, fue el expolio de las colecciones de arte de las familias de la burguesía que salieron de Cuba después de 1960. Con las primeras expropiaciones a los magnates del azúcar quedó de manifiesto cómo se relacionarían a partir de entonces los vencedores con los coleccionistas, artistas e intelectuales. En Cuba, en 65 años, el cuerpo orgánico del Estado, omnipotente y omnipresente, ha experimentado varios cambios y diferentes mecanismos, acordes con su propia evolución hasta hoy, cuando luce a punto del colapso. Pero ha mantenido una siempre ambigua y taimada manera de vincularse con quienes, desde dentro o fuera de la Isla, se dedican a la creación artística para expresar su lugar, su naturaleza y su condición humana.  

Algunos de los primeros que fueron blanco de la imposición por parte de los caudillos recién bajados de la Sierra Maestra apenas llegar al poder, fueron Julio Lobo, los herederos de Oscar Cintas y la familia Fanjul, entre otros, a quienes confiscaron sus propiedades y bienes culturales mientras dejaban Cuba con pocas maletas y mucha urgencia.

Con una referencia a ellos comienza esta serie de notas periodísticas, realizadas a partir de conversaciones con artistas, coleccionistas y galeristas durante 2024-2025, para indagar cómo ha sido la relación entre los creadores y el Estado cubano de los Castro, ahora administrado por el delfín de Raúl, Miguel Díaz-Canel. Desde su formación en las escuelas de San Alejandro y el Instituto Superior de Artes (ISA), comienza una dinámica para los artistas que necesitaban expresarse, crear y exponer en La Habana, pero también insertarse y vender en los escenarios internacionales. Develar ese mecanismo aceitado de las relaciones peligrosas entre el poder y los artistas es el objetivo de la serie que hoy se inicia bajo el nombre de "El arte dominado".

Para el Rey del Azúcar, solo el recuerdo de Napoleón

En 1959, Julio Lobo (1898-1983) era el hombre más rico de Cuba. Le llamaban "El Rey del Azúcar". Aunque venezolano de nacimiento, a los dos años su familia judía sefardí dejó Caracas y se lo llevó a la Isla. Allí creció, se asentó, se casó con una dama de noble apellido y llegó a controlar unas 400.000 hectáreas en Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas y la antigua provincia de Oriente, donde se cultivaban tres millones de toneladas de azúcar, la mitad de la producción anual cubana de entonces. Poseía 14 centrales azucareras, una fortuna personal estimada en 200 millones de dólares de la época (algo más de 2.400 millones actuales) y una de las bibliotecas más grandes de Cuba.

Julio Lobo también reunió durante 40 años una envidiable colección de arte con más de 7.000 piezas que hoy se exhiben en el Museo Napoleónico de La Habana, en la calle San Miguel del centro de la capital, cuya sede fue antes residencia del político de origen napolitano Orestes Ferrara. Entre las reliquias, objetos, obras de arte, libros, documentos, mapas, periódicos y diarios de campaña de Napoleón Bonaparte, está su máscara mortuoria. Es la colección napoleónica más completa que existe fuera de Francia.

Eso lo hizo blanco de una de las más tempranas expropiaciones de la Revolución.

Julio Lobo apenas si pudo llevarse unos pocos papeles luego de aquella noche del 11 de octubre de 1960,  cuando decidió abandonar la Isla para siempre, después de decirle al "Che" Guevara, en la oficina que por esos días el guerrillero ocupaba en el Banco Nacional de Cuba, que iba a evaluar su oferta de encargarse de producir azúcar pero, a partir de ahora, solo para la revolución. El trato proponía que, a cambio, Lobo apenas conservara su casa y uno de sus 14 ingenios. Tres días después salió hacia EEUU y nunca más regresó.

Cuenta el periodista John Paul Rathbone, estadounidense de madre cubana, en su libro The Sugar King of Havana (Penguin, 2010) que, de su colección napoleónica, Lobo apenas alcanzó a llevarse algunos de aquellos papeles que, vendidos, le permitieron sobrevivir con algunos ingresos durante sus últimos años en Madrid, cuando el dinero escaseó.

Si bien, al morir, sería sepultado en una cripta de la exclusiva Catedral de la Almudena en Madrid,  su última morada no refleja las estrecheces que enfrentó al final de su existencia, en los años 80: vivía de las mensualidades que le enviaban sus hijas y de la venta de los últimos papeles de Napoleón que Leonor, una de ellas, había logrado sacar de contrabando dos décadas antes desde Cuba. "Es doloroso vender lo que queda [de mi colección de Napoleón]", escribió Lobo desde Madrid a su subastador parisino, Dominique Vincent. "Desafortunadamente... esa es la única solución".

El resto del conjunto de reliquias napoleónicas había desaparecido en febrero de 1978, cuando otra de sus hijas, María Luisa, intentó recuperar los 178 paquetes de documentos que había dejado en la casa del embajador francés durante la precipitada huída de La Habana en 1960. Entre trampas y vivezas, por parte tanto de franceses como de cubanos, las cuentas por el almacenamiento y las triquiñuelas sobre el valor de los papeles —que en 1959 Lobo había tasado en tres millones de dólares—, "Lobo salió más pobre de lo que había empezado" y este confesó que era  "el negocio más turbio en el que he estado", cuenta Rathbone en su libro.

Pero la historia del expolio a la colección de arte de Julio Lobo no se restringe a las reliquias de Bonaparte. En sus cajas y maletas no había espacio para las obras con las que contaba hasta antes de salir de Cuba, de maestros del Renacimiento, como Rafael, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci; de Goya (tres grabados), y de Tintoretto, Rembrandt, Murillo, Renoir, Diego Rivera, Salvador Dalí, Raoul Dufy y Alfred Sisley, así como del pintor holandés del siglo XVII, Willem van de Velde El Joven. Cuenta John Paul Rathbone que, si bien no era la colección de arte más grande de La Habana, "incluía algunas obras notables, como un paisaje de Rembrandt, dos desnudos de Renoir, un Tintoretto y docenas de bocetos y acuarelas de maestros preimpresionistas y postimpresionistas. No tenía el mismo significado para Lobo que su colección de Napoleón, ni había adquirido las pinturas con la misma mirada de experto. Pero aun así valía una fortuna desde cualquier punto de vista".

Un año antes del triunfo de la revolución de 1959, Julio Lobo había prestado más de tres docenas de sus obras a la Galería Nacional de Cuba. Relata Rathbone que Carlotta Steegers, la secretaria de Lobo, las había dejado en la Embajada de Venezuela, pero cuando "Caracas rompió relaciones con La Habana en 1961, México se apoderó del edificio de la embajada y, en la confusión, las pinturas de Lobo desaparecieron". Cinco años más tarde, en 1966, seis de ellas aparecieron en una subasta de arte en Toronto, Canadá.

Julio Lobo intentó recuperarlas en esa subasta, mostrando copias del acta de custodia que ahora en revolución firmaba el Museo Nacional de La Habana, los catálogos con las obras que demostraban su propiedad. Pero los canadienses afirmaron haber comprado las obras de manera legal en Cuba. Le propusieron, en cambio,  que recomprara sus propias obras en la subasta por un precio muy bajo, a fin de luego venderlas. Pero el magnate cubano se negó y les dijo que "no tenía ninguna intención de tratar con ladrones que han arruinado a mi país, han robado mis posesiones materiales, las de mi familia y mis amigos", según los papeles de Julio Lobo consultados por el periodista Rathbone. Nunca más supo de esas obras.

Oscar Cintas: una herencia para los artistas

Al igual que la de Julio Lobo, la colección de Oscar B. Cintas fue confiscada. Cintas, otro millonario magnate azucarero y ferroviario que murió dos años antes del triunfo revolucionario en su mansión habanera de El Vedado, guardaba —no solamente en Cuba, sino también en EEUU—cuadros de Murillo, Velázquez, Goya y Rembrandt, que a su muerte formaron parte de una herencia muy disputada. Como no tuvo descendientes directos, cuatro herederos y dos testamentos complicaron la sucesión que, todavía en 1995, seguía sin resolverse. Tuvo que intervenir el Chase Manhattan Bank para administrar la fortuna, impedir que las obras maestras salieran de EEUU y, así, dar pie a la creación de la Fundación Cintas, que ha ensalzado el nombre del millonario al convertirse en una generosa fuente de apoyo para los artistas cubanos.

Cuando la Revolución echó abajo las puertas de la residencia de El Vedado, trasladaron las pinturas y esculturas al Museo Nacional de Bellas Artes. Pero entre esas obras no estaban justamente las más valiosas de la colección de Cintas: El vendimiador de Velázquez; El rabino de Rembrandt, El alegre tañidor de Franz Hals, además de óleos de Goya, El Greco, Van Dyck, Rubens, entre otros, que el Gobierno cubano reclamaría sin éxito a EEUU.

Dos escándalos perturbaron la integridad de la Colección Cintas: el primero, las irregularidades en la venta que hizo el Museo Nacional de Bellas Artes de dos cuadros, provenientes de ella, del artista español Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923). Sotheby's los subastó en 1989 por 3,9 millones de dólares. Cinco años después, un tribunal de Londres desestimó el reclamo que hizo la familia a la casa de subastas. En 2019, se sabía que otras 30 obras de la colección estarían en la pinacoteca cubana y que las autoridades de la Isla no se dieron por enteradas de su reclamo por parte de la familia Cintas.

El segundo escándalo se desarrollará con más detenimiento en el cuarto capítulo de esta serie, "El arte dominado", dedicado al coleccionismo cubano que se instaló en EEUU. Estalló por la decisión que la junta directiva de la Fundación Cintas adoptó en 2017 para abrir la oferta de las Becas Cintas a los artistas cubanos que trabajaban y vivían en la Isla, y no sólo a los del exilio.

La página web de la Fundación Cintas promociona ampliamente la colección de los Maestros Antiguos que incluye pinturas de la escuela española del siglo XVI y el Siglo de Oro, como San Pedro de Ribera, El Cristo con la cruz a cuestas y El festín en casa de Simón de El Greco, y el Retrato de un caballero con sombrero de Murillo. De todas estas obras, la última era la única que, al 31 de julio de 2025, se encontraba exhibida en el Museo de Arte Lowe de la Universidad de Miami y en cuyo rótulo se lee: "Cortesía de la Cintas Foundation".

El vínculo entre la Fundación Cintas y el Museo de Arte Lowe se estrecha por la relación familiar de quien fue durante muchos años director de la fundación, Víctor Depui, y su esposa, Jill Depui, directora desde 2014 del museo, que acoge regularmente la exposición de los artistas beneficiados con las becas y residencias de la Fundación Cintas en lo que proclama como "la mayor colección de arte del exilio cubano del mundo. Más de 200 artistas están representados en la colección a través de una amplia variedad de medios, como pinturas, grabados, fotografías, dibujos, películas, esculturas e instalaciones".

Alfy y Pepe Fanjul: los otros Sorolla de la discordia

Otro caso de obras incautadas a propietarios cubanos, que terminaron en el circuito internacional de subastas, fue el de Puerto de Málaga, una pintura también de Joaquín Sorolla, que en 1961 había sido confiscada por la Revolución junto al resto de la colección de la familia Fanjul. Valorada entre 250.000 y tres millones de dólares, desapareció sin dejar rastro. Pero reapareció en las oficinas de Sotheby's, donde estuvo entre 1993 y 1995, algo de lo que los hermanos Pepe (José Francisco) y Alfy (Alfonso) Fanjul solo se enterarían en 1998. 

Expropiada en 1961, la colección de los Fanjul, cuyo valor se calculaba para la época en 60 millones de dólares, sigue en la antigua mansión de la tía abuela de los hermanos, la Condesa de Revillagigedo, en El Vedado, reconvertida en 1964 por Fidel Castro como el Museo Nacional de Artes Decorativas. El catálogo de obras incluye desde un dibujo de Miguel Ángel hasta pinturas de Caravaggio, Goya, Murillo, Nattier, Boucher, Lebrun, Largilliere, Hoppner y Boldini, 14 pinturas y tres bocetos de Sorolla, según Peter Watson, quien detalló toda esta enmarañada historia en un artículo publicado en la revista australiana The Age en 2005. La casa Sotheby's se defendió diciendo que había puesto en contacto a los abogados de los Fanjul con los del nuevo propietario pero que, en los seis años transcurridos entre 1998 y 2004, nunca iniciaron alguna acción legal para recuperar Puerto de Málaga, de Sorolla, ni para conocer la identidad del dueño.

Los Fanjul, una familia llegada a Cuba desde España a comienzos del siglo XX, estaban entre los poderosos magnates del azúcar en la Isla, una tradición que continuaron luego en Florida y Alabama (EEUU) y en República Dominicana. En el exilio ampliaron sus áreas de negocios a los bienes raíces y al turismo: Casa de Campo, el exclusivo complejo turístico-residencial de La Romana, en la costa este de la isla de La Isabela, es un emprendimiento suyo. Su poder se traduce también en conexiones políticas privilegiadas, como lo acredita su cercanía al presidente Donald Trump, de cuya campaña fueron grandes donantes. 

La primera alerta acerca del destino del cuadro de Sorolla le llegó a uno de los hermanos Fanjul en 1998, cuando la bisnieta del pintor, Blanca Pons Sorolla, le comentó que, tres años antes, Sotheby's le había pedido que certificara la obra Puerto de Málaga. La obra estuvo luego en manos de un comerciante italo-argentino, Bruno Sciaoli, quien aparentemente la adquirió para la casa de subastas. En conocimiento de ese trasunto, los hermanos Fanjul, José Francisco y Alfonso, influyentes en Washington DC, pidieron al Departamento de Estado que investigara una posible violación de la Ley Helms-Burton por parte de Sciaoli.

Los Fanjul y sus abogados volvieron al ataque 11 años más tarde, esta vez solicitando al Departamento de Estado que investigara al mismísimo Museo del Prado en Madrid por su supuesta violación del Título IV de la Ley Helms-Burton, que ilegaliza el tráfico de obras de arte, propiedad de un ciudadano estadounidense, que habían sido nacionalizadas por el Gobierno cubano. La petición tuvo lugar después de que los Fanjul conocieron que dos de sus obras de Joaquín Sorolla, Verano (1904) y Clotilde paseando por los Jardines de La Granja (1907), estuvieron exhibidas en el museo español entre el 6 de mayo y el 3 de septiembre de 2009. De hecho, la segunda de las pinturas en el catálogo actual del Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana.

Los hermanos Pepe y Alfy Fanjul saben tratar con el Departamento de Estado y con las altas esferas del poder político en EEUU. Además de ser importantes donantes de figuras de los dos principales partidos políticos de EEUU, han hecho un lobby efectivo para lograr que, por ejemplo, el Congreso favorezca su negocio azucarero en EEUU, o para desviar demandas por trato abusivo en las relaciones laborales con su plantilla de trabajadores haitianos en República Dominicana. Según se reveló, en 2023 y 2024 "Central Romana, en República Dominicana, había pagado más de 1,1 millones de dólares para presionar al Congreso, a funcionarios de aduanas y a otros actores sobre cuestiones del sector azucarero, incluyendo la prohibición de 2022 por las acusaciones de trabajo forzoso". 

Aún con tantas posibilidades, el asunto de los Sorolla se les ha resistido. La  única obra del español que cuelga en un rincón de la sala de Pepe Fanjul en Jungle Road, Palm Beach, Florida, es Muchacha en el mar plateado. Del resto de la colección poco se sabe. Los descendientes dicen que el resto se encuentra en La Habana y que el Estado cubano lo ha estado vendiendo. 

Todo para la Revolución

Para el Estado cubano no queda ninguna duda: las obras expropiadas que habían sido prestadas a los museos antes del triunfo revolucionario y permanecían en sus depósitos, luego de la toma del poder por Fidel Castro, son propiedad de la Revolución. Se trata de piezas de las colecciones de María Luisa Olivares, Marquesa de Pinar del Río; Joaquín Gumá, Conde de Lagunillas; Julio Lobo; Oscar B. Cintas y José Gómez Mena. Forman parte del patrimonio del Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba y nutren la sección de Arte Universal.

Su catálogo informa que, de acuerdo con la clasificación geográfica, destacan las escuelas europeas, como la flamenca y la francesa. De esta última figuran piezas de Corot, Ingres, Delacroix, Fantin-Latoir y Rousseau. Además sobresalen una obra atribuida a Cranach El Viejo y otras atribuídas a Brueghel y Canaletto. Aunque dedica especial atención a los 13 cuadros de Sorolla, también cuenta con obras del arte español creadas por Fortuny, Ribera, Murillo y Zurbarán. Pero ni rastro de las obras de Rafael, Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci o Goya

También revela que las colecciones privadas de las que echó mano el castrismo recién instalado incluían pocas obras del arte clásico griego y romano, con las populares esculturas en mármol de bellezas clásicas, ánforas, platos y vasijas prehelénicas. Pero el Conde de Lagunillas, Joaquín Gumá, había entregado al museo de forma permanente su colección de arte egipcio y cerámica griega, que algunos califican como "una de las mejores colecciones de arte antiguo en toda Latinoamérica".

Retablos e iconos se agrupan en la colección de lo que llaman Arte del Medioevo, y la representación del arte latinoamericano se limita a piezas religiosas de las escuelas cuzqueña, quiteña y novohispana del siglo XVII, en su mayoría. Sobre el arte estadounidense y británico apenas si reúne obras sin brillo de los siglos XVIII y XIX. 

Como sería de esperar, la colección del Museo Nacional de Bellas Artes da cabida a obras de artistas cubanos que ya brillaban, tanto en Cuba como en el exterior, durante el periodo de 1938 a 1951, antes de la Revolución: Wilfredo Lam, Roberto Diago, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Amelia Peláez. No eran tiempos para la abstracción geométrica así que hay escasas muestras de Lolo Soldevilla y Sandu Darié. Tampoco de la precursora del minimalismo y el arte geométrico, Carmen Herrera, se reporta algo en las salas de ese museo.

La principal pinacoteca de Cuba es la mejor ventana para mostrar la evolución del arte y del pensamiento de los burócratas que por entonces definían los linderos de un arte oficial acorde con las exigencias ideológicas iniciales de la Revolución, claramente expresadas por Fidel Castro ante los artistas, escritores e intelectuales que se reunieron en la Biblioteca Nacional de La Habana el 30 de junio de 1961: "¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho".


La próxima entrega de la serie "El arte dominado" se publicará este sábado 30 de mayo. 

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8 comentarios

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Profile picture for user E A Gonzalez

Dentro de las pinturas robadas esta esta de mi propiedad, que "desapareció" después que salí de Cuba: Sin título. (“El Rapto de las guajiras”). Es una acuarela, del pintor Carlos Enriquez, - aunque las dimensiones exactas no puedo precisarlas-; fechado en 1953 o 1957 que muestran a dos jinetes que llevan a dos hermosas mujeres desnudas en sus cabalgaduras vadeando un rio, uno de ellos dispara una pistola. Hermosa pintura que recuerda la obra muy conocida de este artista: “El rapto de las mulatas”. Procede esta pintura de la Familia Martull Bataille quienes me la cedieron.
En el 2010 supe de su perdida y en el 2016 apareció en una subasta en NY de Sotheby's. Fue vendida en 108,000 dólares. Sotheby's dice que no, pero yo la tenía registrada en el Registro de arte robado de Londres. Ladrones en Cuba y ladrones en NY. Siento no poder poner la foto aquí.

Profile picture for user Siento un bombo mamita me esta llamando

Todos sabemos que desde 1959 estan en el poder, a base de fuerza y represión, la mayor banda criminal de occidente: los castros.

Profile picture for user pim-pam-pum

Ladrones desde el mismo principio que destrozaron a toda una nación.

"las familias de la burguesía": La tara del aprendizaje dentro del comunismo es inconfundible.
Esos que Ud llama burgueses daban empleo a miles de personas y generaban millone$ a la economia del Pais. Mientras que los "proletarios revolucionarios" trajeron miseria y division a la Nacion Cubana
Cuide sus expresiones (o deje de escribir

Cacique: "Burguesia" no es un término peyorativo. De hecho es la clase social que agrupa a las clases media y alta, poseedoras de propiedades y/o capital financiero, constituyendo por tanto el motor impulsor de la economía.

A veces reiterativa, sin embargo compila informaciones útiles. Sería aconsejable que cuando vaya a citar pintores use los puntos suspensivos. La lista republicana, por ejemplo, comete la pifia de no citar a Carlos Enríquez, para muchos nuestro más intenso y singular pintor de esos años. Marianela Balbi merece ser felicitada, supongo que, además, abre necesarias polémicas.

Profile picture for user E A Gonzalez

Le recomiendo la nota que acabo de escribir arriba.

Profile picture for user Proscopito Arrechabaleta

Magnífico artículo, gracias.