La periodista venezolana Marianela Balbi ha dedicado su carrera a desentrañar las estructuras del poder, la censura y las violaciones a los derechos humanos. Con rigor analítico y agudeza para identificar los mecanismos de control social e ideológico, la también directora ejecutiva del Instituto Prensa y Sociedad en Venezuela (IPYS Venezuela) pone ahora el foco sobre Cuba y cómo se ha relacionado el régimen con el mundo del arte.
A través de la serie El arte dominado, que DIARIO DE CUBA publicará a partir de este miércoles, Balbi disecciona el engranaje del que se ha valido el castrismo para instrumentalizar la creación plástica durante casi siete décadas.
Balbi, autora de El rapto de la odalisca. El misterioso caso de la desaparición de la obra del Matisse del Museo Contemporáneo de Caracas, presenta una investigación de largo aliento sobre cómo el régimen cubano convirtió el talento de sus artistas en una fuente de divisas y en una franquicia de propaganda internacional, un modelo que hoy se resquebraja ante una disidencia cada vez más alejada de los círculos de poder de La Habana.
¿Qué peso ha tenido el expolio en la historia del arte cubano?
El expolio de las colecciones de arte de los magnates del azúcar en Cuba a partir de 1959 marcó un punto que definió cómo sería cualquier relación con los bienes culturales privados y con la libertad de acción en el mundo del arte. Fue el mensaje claro y directo de que todo pertenecía al Estado y de la anulación de la actividad privada. Fue la fuerza de la imposición del nuevo régimen. Con los años eso cambiaría, con sus condiciones marcadas por la política, y es parte de lo que revelamos en la serie El arte dominado.
¿Hasta qué punto la dominación ha marcado sus caminos?
Esta serie de reportajes periodísticos se llama El arte dominado porque esa condición ha sido el reflejo de la relación vertical, desigual, discrecional y me atrevería a decir cruel, que ha manipulado durante estos 67 años la relación de los artistas con el poder en Cuba, diseñando un sofisticado sistema de control paternalista y económico que premia la lealtad, castiga la disidencia, y modela cómo el autoritarismo se vincula con la naturaleza libre que rodea el arte y la creación.
La dominación ejercida por el Estado cubano ha marcado el desarrollo del arte de manera fundamental y constante. El control estatal se ha manifestado a través de mecanismos que han condicionado la producción, la difusión, el mercado y la supervivencia de los artistas en Cuba. Eso es lo que muestro en este trabajo.
Y el punto de partida fue la sentencia de Fidel Castro en 1961: "Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada", que determinó la supresión de la libertad creativa. Esta máxima ideológica aplastó cualquier pretensión de individualidad, dejando claro que la preocupación por la libertad creativa se consideraba una "desviación burguesa" y una señal de convicciones peligrosamente débiles.
¿El poder político cubano ha tenido una especial sensibilidad por el control del comercio de arte? ¿Hasta qué punto ha sacado ganancia de él?
Totalmente. Luego de entender de manera muy inteligente que Cuba iba a ganar muy poco calcando las formas del realismo socialista de sus padres soviéticos, y que más provecho obtendría con lo que el arte cubano era capaz de ofrecer con sus artistas formados en escuelas emblemáticas como San Alejandro, y posteriormente en el ISA (Instituto Superior de Artes).
Pero para ello necesitaba hacerse con todas y cada una de las partes del engranaje, incluyendo a los creadores. Ideó las formas de utilizar el arte como una fuente de ingresos en divisas y como herramienta de soft power para proyectar una imagen de vanguardia y apertura, instrumentalizar el mercado y ganar con la proyección internacional de su régimen.
¿Cómo esa relación se ha quebrado, hasta culminar con la ruptura profunda que generó la represión a la disidencia reciente?
Luego del conocido Quinquenio Gris de los años 70, la cohabitación se quebró con el surgimiento de movimientos críticos fuertemente marcados por una expresión artística que siempre tiene la particularidad de llevar esa libertad creativa, y que contesta al poder. De los muros de las galerías y museos a las calles. Así ocurrió en el pasado y se expresó más nítidamente con el Movimiento San Isidro, llevando al Estado a intensificar sus métodos de represión a través de tres formas: cárcel, "regulación" y pérdida de privilegios y exilio.
¿Cómo surgió la idea de hacer esta serie de textos y por qué publicarlos ahora?
La idea fue del periodista peruano Ricardo Uceda, quien ha estado muy cerca de la formación de periodistas de investigación en Cuba y apoyó a medios cubanos independientes que trabajan desde el exilio. Me propuso hacer una investigación que hurgara en los mecanismos de control y dominio y develara las particularidades de esa relación y cómo las protestas alrededor del Movimiento San Isidro se convirtieron en un parteaguas que marcó esos vínculos.
Al profundizar en la historia y en la realidad actual, confirmé no solo la solidez y originalidad del arte cubano con sus propuestas muy disruptivas y sus asombrosas formas contemporáneas, también cómo se operaba esa sofisticada máquina de ideologizar, controlar y manipular a los artistas, dentro y fuera de Cuba, que además funciona como una franquicia de exportación.
Me planteé demostrar, por ejemplo, que el Gobierno cubano perdió mucho de su control de la política cultural a partir del Decreto 349 y de usar el arte cubano como imagen, influencia política e ideológica.
¿Quiénes te dieron testimonio?
Cerca de 25 fuentes aportaron sus testimonios y experiencias para esta serie. Muchos artistas en el exilio, pero también dentro de la Isla, conversaron sobre cómo es ese mecanismo de control, cómo lo viven en su cotidianidad, desde la cárcel, desde la precariedad, desde el ostracismo. Complementaron esta información exfuncionarios vinculados a instituciones oficiales, críticos de arte, coleccionistas, galeristas basados en Miami y Madrid, y asistentes a las ferias de arte, por ejemplo.
Esta investigación crea la historia de unos años de mucha oscuridad detrás de las luminarias del arte cubano que se mira desde la superficialidad, por lo que posee de persecución, vigilancia, censura, cárcel y exilio, y revela las formas autoritarias para domesticar la creación, controlar la libertad artística y la disidencia.
¿Cómo invitarías a los lectores de DIARIO DE CUBA a leer El arte dominado?
Para los lectores cubanos de DIARIO DE CUBA esta serie ofrece un espejo de la experiencia muchas veces oscura y opaca, traumática me atrevo a decir, que existe detrás del superficial glamour del arte. Muchos se verán reflejados en ella, en los detalles del sofisticado y cruel mecanismo de manipulación con los artistas. Otros se verán distorsionados, sin reconocerse, sin deseos de mirarse en esa realidad que en algún momento de su carrera los alcanzó, para obligarlos a huir, a salvarse de la cárcel, a abrirse exitosos caminos fuera de Cuba.
Para los lectores no cubanos, El arte dominado refleja los términos de la franquicia autoritaria que ha exportado la revolución cubana, con sus periodos expansivos seguidos del constreñimiento necesario para aplacar la libertad; con su máquina trituradora de generaciones para recomenzar con la siguiente; con su oprobioso catálogo de privilegios y castigos; con su lista de preferidos y regulados, de amigos y cómplices, de renegados y expulsados; con la censura y la autocensura, el silencio y el miedo.
Y todo en nombre del arte, para que nadie olvide la proclama con la que todo empezó en 1961: "Con la Revolución todo, contra la Revolución nada".