Sandra Levinson —de quien hablamos en la entrega anterior de esta serie— le anexó al Centro de Estudios Cubanos fundado por ella la función de agencia de turismo, con una experiencia en esas lides que se remontaría hasta los viajes iniciales de la Brigada Venceremos. Su actual página web promueve el servicio de este modo: "Los viajes originales a Cuba son nuestra especialidad. Lo hacemos desde 1973. Nuestros tours grupales varían en tamaño, desde tres hasta 15 personas, y cada uno es diferente del anterior y del siguiente, brindándole una experiencia única" (traducido del original en inglés).
La oferta incluye varias opciones, que comprenden, por ejemplo, un programa que cuesta 3.095 dólares por persona, e incluye siete noches y ocho días en La Habana o Santiago de Cuba, o un fin de semana al precio de 1.995 por persona. El catálogo también ofrece estadías adaptadas al gusto del cliente: "Estamos excepcionalmente capacitados para ayudar a académicos a programar viajes para estudiantes, a museos a explorar las artes durante el viaje para sus miembros, a iglesias y sinagogas a crear viajes religiosos originales e inspiradores, y a organizaciones sin fines de lucro especializadas a viajar a Cuba para comparar el trabajo realizado en la Isla con su propio trabajo en EEUU".
Y añade en su sitio web: "Muchas organizaciones descubren que un viaje a Cuba puede ser una excelente oportunidad para recaudar fondos para organizaciones sin fines de lucro". Una oferta difícil de declinar.
Pero la exclusividad en ese mercado no le duró mucho a Levinson. En 2000, otra organización sin fines de lucro, Los Amigos Americanos de la Fundación Ludwig de Cuba, salió a reclamar su tajada del mercado estadounidense de la nostalgia antillana y revolucionaria. La crearon Peter e Irene Ludwig como brazo turístico y de intercambio cultural de su fundación, con sede en Alemania.
La pareja alemana había sido cliente de Alex J. Rosenberg y su esposa, Carol. Los Ludwig no dudaron en abrir en La Habana una sucursal de su fundación. Para habilitar la operación, se valieron de Rosenberg, como enlace con el circuito estadounidense del arte, y de un funcionario cubano conocedor del aparato político y cultural castrista, Helmo Hernández.
A los Ludwig les había ido muy bien comerciando arte a través del Telón de Acero, desde la comunista República Democrática Alemana (RDA) a la Alemania Occidental. Decidieron dedicar su vida y sus recursos a este negocio, y en 1957 crearon la Fundación Ludwig, que hoy posee una colección de 14.000 piezas. El negocio era boyante: encontraban nuevos nombres y propuestas artísticas a precios irrisorios, que luego comercializaban en el oeste capitalista a precios dignos del "milagro económico" alemán.
En Cuba avizoraron una oportunidad semejante. Aterrizaron en la Isla luego de admirar una exposición de arte cubano en Düsseldorf en 1990. Deslumbrados tanto por lo que consideraban un vibrante arte renovador como por la figura de Fidel Castro y la promesa de una nueva sociedad que aún no se extinguía después de tres décadas en el poder, los Ludwig asistieron como invitados especiales a la Bienal de La Habana en 1991.
Cuatro años después abrieron la Fundación Ludwig de Cuba (LFC) en la Calle 13 # 509 e/ D y E, en El Vedado. Iban a la conquista del "territorio libre de América", única pica plantada en el continente americano por la Red Ludwig, que expande las actividades de la Fundación Peter e Irene Ludwig por 30 museos públicos en Suiza, Hungría, Austria, China, Rusia, Cuba y la propia Alemania.
Helmo Hernández, su hombre en La Habana desde hace 36 años, es historiador, curador de arte y promotor cultural. Divide sus horas laborales entre desempeñar el cargo de presidente de LFC y cumplir otros roles, como los de asesor del Consejo Nacional de Bellas Artes, profesor adjunto en la Universidad de La Habana y en el Instituto Superior de Arte, y jurado de premios nacionales, entre otras ocupaciones. En todas ellas cumple tareas de comisario político, detectando disidentes y sancionando el arte no oficial.
La artista Sandra Ceballos recuerda cómo Helmo Hernández la hostigó por crear en La Habana su Espacio Aglutinador. Críticos, artistas y sectores del exilio cubano lo identifican como un gestor cultural con vínculos, no solo con el oficialismo cubano, sino con los cuerpos de Seguridad del Estado.
"Helmo Hernández, director de la Fundación Ludwig, abiertamente oficialista, saboteó y censuró proyectos míos como La punta del compás, que hice con artistas coreanos. También intentó sabotearme becas y proyectos internacionales como la residencia de Art in General, en 1996 en Nueva York, y el evento colectivo La dirección de la mirada en 1998, organizado por el curador cubano Eugenio Valdés y la curadora suiza de Pro Helvetia, Inés Anselmi. No logró sus objetivos gracias a la integridad de los curadores y organizadores de las diferentes instituciones de EEUU y Suiza. Pero para otros es un seguro aliado para surfear los vericuetos del poder cultural cubano", cuenta Sandra Ceballos.
La más reciente exhibición realizada en Cuba por la Fundación Ludwig data de mayo de 2022, con obras del artista suizo Daniel Garbade. Pero el catálogo de actividades de la casa matriz alemana —la Fundación Peter e Irene Ludwig— informa que la última exhibición que apoyó en Cuba tuvo lugar en 2019.
Una de las evoluciones de este entramado encarnó en Los Amigos Americanos de la Fundación Ludwig de Cuba (AFLFC), puesta en marcha por Carole Rosenberg, la viuda de Alex J. Rosenberg.
Los Rosenberg y los Ludwig fueron invitados especiales de la Tercera Bienal de La Habana y desde entonces crearon vínculos personales muy fuertes. "Tuvimos la oportunidad de familiarizarnos con la cultura cubana y conocer a artistas y profesionales del arte. Inspirados por nuestra experiencia, Alex y yo sentimos la necesidad de hacer lo que pudiéramos para llevar el arte estadounidense a Cuba y el arte cubano a EEUU… Abrimos nuestra casa a los artistas cubanos que visitaron EEUU y compartimos nuestros contactos", afirma Carole Rosenberg en el sitio web de la asociación.
Los engranajes con el poder político, que Helmo Hernández mantiene a punto, les han permitido convertirse en la mejor opción para explorar ofertas turísticas, vestidas de filantropía, que impulsan el intercambio entre EEUU y Cuba a través de la LFC. Y así lo ofrecen: "Nuestra asociación única con la Fundación Ludwig de Cuba (LFC), una institución cultural y artística no gubernamental y sin fines de lucro con sede en La Habana, nos ha permitido mantener vínculos exclusivos con la excepcional comunidad artística de Cuba", reconoce Carole Rosenberg en la página web de la AFLFC.
En el catálogo de viajes para eventos culturales, garantizan a los grupos de viajeros "acceso incomparable al arte y la cultura que hacen que Cuba sea tan especial", y esto incluye visitas a los talleres de artistas, tanto establecidos como emergentes. Dejan claro a sus clientes que todos los viajes están calificados para cumplir con las pautas de la OFAC estadounidense.
Hay viajes todo el año, pero los especiales están diseñados para asistir a eventos del calendario cultural como, por ejemplo, el Festival Internacional de Jazz, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano o la Bienal de La Habana. Las bondades del paquete se comprueban además en el hospedaje en hoteles de cinco estrellas, o en casas boutique particulares, "visitas a colecciones de arte cubano dirigidas por especialistas, la oportunidad de conocer a los artistas en la Fundación Ludwig de Cuba y en sus propios estudios".
En EEUU, la asociación celebró el pasado noviembre una gala titulada 25th anniversary. Havana Night Benefit Fiesta para recoger donaciones que financien programas de intercambio, residencias y becas para artistas emergentes.
El "flycatcher" de Obama
Así llamó el artista José Bedia al último intento de apertura promovido por EEUU en tiempos de la Administración demócrata de Barack Obama (2008-2016). Reapertura de embajadas, viajes de la familia presidencial al Caribe, concierto de los Rolling Stones y desfile de Chanel en el Paseo del Prado, fueron algunas de las más rutilantes manifestaciones de ese fugaz deshielo, inaugurado con el viaje de Obama a La Habana en marzo de 2016. A cambio, Washington aportó el levantamiento de algunas sanciones, liberación de ciertos presos políticos (como los famosos "Cinco Héroes" infiltrados en EEUU para vigilar las organizaciones del exilio), nuevos y más vuelos entre Miami y la Isla, junto con otras concesiones.
"Cuba no necesitaba un concierto de los Rolling Stones. Necesitaba un camión, un barco de ladrillo y cemento para reconstruir La Habana… Varios barcos, no uno solo. Yo no sé cuántas cosas hacen falta, pero no un concierto de los Rolling Stones. Después hicieron un desfile de Chanel en el Paseo del Prado. ¿A quién coño le importa un desfile de Chanel en el Prado si la gente anda…? Tienes que verlo. Cuba necesitaba petróleo, una planta de fabricación de paneles solares para no tener que depender ni del petróleo ruso ni del venezolano; unos tipos que sepan criar ganado vacuno", afirma José Bedia, vehemente, en entrevista para este reportaje.
"Él [Barack Obama] hizo un gesto loable y generoso. A pesar de ser 'enemigos', quiso romper el hielo, ir allá", sostiene Bedia, para de nuevo enfatizar: "Luego todo se perdió porque ellos [el régimen cubano] deben estar en conflicto, porque si no están en pique se les cae el libreto. Ahí se jodió todo, totalmente. No duró nada, fue una ilusión y mucha gente lo creyó". Nunca fue más cierta como entonces en Cuba la vieja expresión gatopardiana, "cambiar todo para que nada cambie", que Giuseppe Tomasi di Lampedusa puso en boca de Tancredi. Ocurrió en Sicilia, ocurrió en La Habana.
El de 2014 fue también el año en el que muchos artistas empezaron a decir abiertamente que residían a la vez en La Habana y en Miami. Se relajaron las viejas tensiones que, en una y otra ciudad, alguna vez se manifestaron con violencia. Basta recordar los sendos atentados contra el Museo Cubano de Arte y Cultura de Miami, perpetrados por sectores radicales del exilio cubano en 1988 y 1990, por exhibir y subastar obras de artistas que vivían en la Isla o que no habían roto explícitamente sus vínculos con el Gobierno de Fidel Castro. Ramón Cernuda era el vicepresidente del museo en esa época.
Los efectos de la primavera diplomática y cultural entre las dos naciones se hicieron evidentes en 2017, cuando el condado de Miami-Dade destinó diez millones de dólares al hoy Museo Americano de la Diáspora Cubana de Coral Way, para que este incluyera en su colección obras de artistas e intelectuales que mantuvieran residencia en Cuba, en contraposición a los estatutos originarios del ente, que limitaban su misión tan solo a la "diáspora cubana".
Otra señal simultánea llegó desde la Fundación Cintas, que desde 1963 ofrecía becas para artistas, arquitectos, escritores y músicos que vivieran en el exilio. Pero en 2017 la junta directiva de la Fundación abrió la convocatoria para que compitieran los creadores cubanos en general, sin importar el lugar de residencia. La condición de "cubano" se extendió hasta aquellos artistas en el extranjero que tuvieran un padre o hasta un abuelo cubano.
Mientras el exilio cubano se mantuvo en sus trece, advirtiendo que esas rendijas facilitaban el propósito castrista de "invadir ideológicamente" las instituciones del exilio y blanquear una dictadura que se eternizaba, la Fundación Cintas defendió su decisión afirmando, en declaraciones de Víctor Deupi, su presidente en 2015, que apenas se restablecieran los lazos diplomáticos, la Fundación empezaría a trabajar según los nuevos criterios.
"Tras el establecimiento de relaciones diplomáticas, legalmente pudimos hacerlo, y como no somos una organización política, si podíamos hacer algo legalmente para apoyar el arte cubano, teníamos la firme convicción de que debíamos hacerlo. Excluir a los artistas cubanos de los premios sería una clara decisión política", explicaría Deupi más tarde.
Deupi, nacido en EEUU de padres cubanos, viajaba regularmente a la Isla desde comienzos de los años 2000, y ante las críticas del anticastrismo fundamentalista, respondió que "cumplimos la ley. No colaboramos con ninguna entidad y promovemos el arte cubano. No promovemos la política cubana ni la estadounidense…Promovemos el arte, ante todo, a diferencia del Gobierno cubano, que no reconoce a los artistas de la diáspora, sería una contradicción por nuestra parte hacer lo mismo: decir que no reconoceríamos a los artistas cubanos en la Isla".
El Museo Pérez de Arte, en Miami (PAMM), que aloja gran parte de la colección del mayor empresario inmobiliario del sur de Florida, el argentino-cubano-estadounidense Jorge M. Pérez, también debió lidiar con las suspicacias y críticas suscitadas por la exposición En el Horizonte: Arte Cubano Contemporáneo de la Colección Jorge M. Pérez, que incluyó obras de artistas que aún vivían en Cuba. Su curador, Tobias Ostrander, justificaba la iniciativa del museo afirmando que "incluye obras de artistas residentes en Miami, Nueva York, Europa y Cuba que exploran horizontes de forma literal y como símbolo de aspiración y confinamiento, y que ofrecen una variedad de comentarios, positivos y negativos, sobre la vida en la isla y la relación entre Cuba y EEUU".
La exhibición fue fundamental para el arte cubano emergente y para dinamizar un atractivo mercado, porque abordó de manera frontal los temas complejos del exilio, de la contraposición entre estar adentro y afuera de la Isla, de cómo ese horizonte define identidades como individuos antes que colectivos. Lo cubano en el arte no está condicionado por la ubicación geográfica, sino por la existencial.