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El arte dominado

Todas las forma de cohabitación (X y Final)

Anverso y reverso de una moneda que, tirada al aire y según el comportamiento individual de cada artista, define el lugar que este ocupará dentro o fuera del oficialismo en Cuba: conclusión de una serie de la periodista de investigación Marianela Balbi.

Miami
De izq. a der.: Arlés del Río, Jorge Perugorría, Kcho y Fabelo. Al fondo, Luis Manuel Otero Alcántara.
De izq. a der.: Arlés del Río, Jorge Perugorría, Kcho y Fabelo. Al fondo, Luis Manuel Otero Alcántara. DDC

El 19 de agosto de 2025, la prensa independiente de Cuba informaba que la casa del artista Luis Manuel Otero Alcántara, en Damas 955, La Habana Vieja, se estaba cayendo a pedazos. La vivienda había servido de sede al Movimiento San Isidro y en ella sus miembros se atrincheraron desde el 16 de noviembre de 2020. Ahora, como un símil del doloroso final de esa rebelión artística y política, el inmueble acusaba el deterioro debido al paso del tiempo, a punto del desahucio. Entre tanto, Otero Alcántara, el dueño de la casa, hoy ya completa cinco años de reclusión en la cárcel de máxima seguridad de Guanajay.

Tres meses después de aquella denuncia, el 21 de noviembre de 2025, el Museo Nacional de Bellas Artes anunciaba sin ahorro de adjetivos la apertura de la exposición Medusa de Roberto Fabelo, "una radiografía a su extraordinaria obra", curada por el director del museo, Jorge Fernández. El oficialismo reconocía así la década más reciente de la obra de uno de los creadores cubanos mejor cotizados en el mercado global del arte. El coleccionista y galerista, Ramón Cernuda, afirma sin ambages que Fabelo es el que "más caro vende" en la actualidad entre los artistas que residen en la Isla.

Son el anverso y el reverso de una misma moneda que, tirada al aire y según el comportamiento individual de cada artista, definirá en su caída el lugar que este ocupará dentro o fuera del Parnaso oficial de las artes plásticas en Cuba. O en rebeldía o "dentro de la Revolución…todo", como Fidel Castro exigió en 1961.

En esta última entrega de esta serie —"El arte dominado"— se esbozan las siluetas de aquellos artistas de la corte revolucionaria, que, sin distingo generacional, hallaron las formas de cohabitar con un régimen que, por su parte, desde muy temprano aprendió de sus maestros rusos a utilizar privilegios y beneficios como mecanismos de control y asimilación.  Desde las "cartas especiales" y pasaportes oficiales para viajar, cuando salir de la Isla era imposible para el cubano corriente; hasta licencias que podían desde la compra de carros a través de contratos específicos con el Ministerio de Cultura, a la colaboración para facilitar la entrada de encomiendas desde el exterior. A través de instituciones como la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) se facilitaba la compra de automóviles, equipos de aire acondicionado y acceso a zonas VIP en aeropuertos. De todo ello se benefician no solo quienes se congracian de manera activa con el régimen; también vale para quienes, de manera pasiva, optan por callar y sonreír.

Solveig Font, crítica de arte y curadora que reside en Madrid tras salir de Cuba a raíz de la represión contra el Movimiento 27N, solía ver cómo, a diferencia de otros profesionales, los artistas cercanos al régimen podían vender sus obras y manejar divisas. "Además tenían facilidades burocráticas y les permitían cobrar dinero directamente a través del Ministerio de Cultura", cuenta en entrevista telefónica para esta serie.  Recuerda una fiesta en la casa de Roberto Fabelo, a la que un mayordomo daba la bienvenida: "El Estado permitía a estos artistas ciertos lujos que estaban fuera del alcance de la gente normal, siempre que su discurso no cuestionara directamente al poder".

Para otros, entre los que se pueden contar algunos de los jóvenes que sobresalen al apenas egresar de las escuelas de arte, la protección institucional consiste en la puesta a disposición de casas-estudio, materiales de arte, facilidades para construir talleres y espacios de exposición para desalentar su emigración. Las autoridades desean mantenerlos en Cuba con comodidades suficientes y así asegurarse la provisión de la materia prima necesaria para alimentar la maquinaria propagandística y la inserción continua en los negocios del arte internacional y del turismo cultural.

Pero hay casos donde los privilegios se obtienen de una forma más directa y abierta, sin que hagan falta más expedientes. Por ejemplo, y de acuerdo a algunas versiones, el artista Arles del Río pudo establecer su estudio en EEUU con la venia de la cúpula del poder en Cuba, a la que es próximo. Del Río es pareja de Vilma Rodríguez Castro, nieta de Raúl Castro Ruz e hija del general de brigada Luis Alberto Rodríguez Lopez-Calleja, quien manejara el consorcio militar GAESA hasta su repentino fallecimiento. Desde luego, sus trámites migratorios no tuvieron demora alguna. Menos aún durante el breve deshielo de las relaciones entre Washington y La Habana, de 2015 a 2016, cuando Arles del Río y su pareja recibieron de la Administración Obama las correspondientes visas para abrir el estudio y permanecer en EEUU. El resto lo revela su hoja de vida artística: en 2014 recibió una beca del Fondo de Artistas Cubanos en Nueva York y llegó a exponer en Times Square; en 2015 participa en un proyecto colateral durante la XII Bienal de La Habana; y su nombre se repite en exposiciones de Galería Continua, El Apartamento, y Galería Taller Gorría en 2018. El pasado mes de marzo formó parte de la exposición del Centro de Arte Cubano en CAN Art Fair Madrid 2026.

Solveig Font señala que estos privilegios funcionan como una "carta en contra" del artista, pues el temor a perder estos beneficios y la sensación de deuda con el sistema suelen silenciar su capacidad de crítica o disidencia. La zanahoria delante y el palo en ristre: era, ilustra Font, una "permisividad muy bien pensada para dar esperanza y luego frustrar, manteniendo a los artistas dentro del sistema (...) concesiones estatales diseñadas para que fuera más difícil oír sus voces y para que los artistas se sintieran en deuda con el sistema y temerosos de las consecuencias de la disidencia, que puede ser perder sus talleres".

Hay quienes detectan en ello una especie de dependencia paternalista que los artistas asumen y de la que el sistema toma ventaja para mantenerlos a raya. El mecanismo no solo busca recompensar la lealtad, sino crear un nivel de vida superior que el artista tema perder.  

Para Hamlet Lavastida, hoy exiliado en Alemania, el Estado controla el mercado del arte a través de las instituciones y el turismo, y "los artistas suelen aceptar un pacto implícito de silencio para mantener sus privilegios, el acceso a galerías y la posibilidad de vender a extranjeros. El silencio se convierte en la garantía para poder trabajar y prosperar económicamente".

Clarissa Crive, funcionaria por décadas de la nomenclatura cultural cubana desde las galerías oficiales y la Subasta Habana, revela con crudeza la contraprestación que el establishment castrista espera: el Estado cubano "ha permitido que ciertos artistas de renombre mantengan sus negocios y ganen dinero siempre que no utilicen su plataforma para una propaganda directa contra el régimen".

Los de arriba y los de abajo

Nada se disimula. Si acaso es un secreto a voces el trato diferenciado que en esa transacción el sistema reserva para los artistas que se avienen con el poder.

Los privilegios no solo recompensan el proselitismo convencido y la simple conformidad. Además le son instrumentales al poder porque crean una brecha entre el artista y el vecindario. Los aísla de la gente, del pueblo común, del cubano corriente. Irónicamente, eso contribuye a que el cubano de a pie se rinda ante una narrativa que justifica la brecha, al tiempo que la normaliza: Fabelo es buena persona y se lo merece; Kcho tiene una fundación y ayuda a su barrio con mejoras y espacios para los jóvenes. 

Pero cada día se hace más agudo e indignante el contraste entre la forma de vida de los artistas que cohabitan con el régimen y la de sus prójimos. Más ahora, cuando los rigores de la escasez y de los cortes de luz hacen insoportables hasta los más mínimos quehaceres diarios. El confort del que gozan ciertos artistas le está vedado al cubano de a pie. Esas tensiones a veces son extremas y producen fracturas.

Cuando Jorge Perugorría apareció en la célebre reunión del 27 de noviembre de 2020 en el Ministerio de Cultura con una camiseta que decía "I Love (corazón) San Isidro", el sarcasmo generó resquemores entre muchos artistas y activistas que entonces se jugaban el todo por el todo y que estaban al tanto de la apertura de la Galería Taller Gorría, del propio Perugorría y regentada por su hijo, Adán. La impostura textil del actor y promotor cultural, más que tolerada por el régimen, resultó decepcionante para otros creadores que no contaban ni contarían jamás con los privilegios y libertades de Perugorría

La Galería Taller Gorría no es un emprendimiento independiente convencional, ni en términos de negocio ni de permisos oficiales. Los locales que ocupa corresponden a espacios que el Estado ha cedido mediante "protocolos burocráticos" que benefician a personas con conexiones importantes con la nomenklatura. Situada en el barrio de San Isidro, el epicentro de la rebelión ya sofocada, funciona como una burbuja de privilegio y vitrina de lo que puede obtener quien se comporte a la altura de las exigencias oficialistas. 

Para muchos en la Isla está clara la intención del régimen cubano: a la vez de sembrar cizaña, utilizar a estos artistas y sus emporios de salas de exposición, bares y restaurantes, para vender la idea de que en Cuba existen las libertades creativas y un arte "legítimo" con conciencia revolucionaria. Es parte de una estrategia para "blanquear" el panorama artístico oficial ante la opinión pública, frente a la cual el mismo régimen desacredita a los artistas independientes —entonces, los del Movimiento San Isidro—, a quienes la prensa oficial tilda de "mercenarios" o "delincuentes".

Las fuentes señalan que, a la vez, los habitantes locales a menudo no pueden entrar a lugares como esos por falta de recursos o de vestimenta adecuada. Cuando mucho, pueden adentrarse en tales oasis como empleados.

Paradójicamente, la disidencia y la consiguiente represión en San Isidro contribuyeron a hacer del barrio una marca. Vivir y crear en San Isidro se ha vuelto una moda, una tendencia, que últimamente ha desplazado allí el epicentro de la movida cultural desde otras zonas exclusivas, como El Vedado y Miramar, donde solían establecerse el funcionariado del régimen y los artistas afines. En esos vecindarios están las casas que las fuentes califican de "preciosas", "enormemente grandes" o "espectaculares", ostentaciones que solo pueden mantener gracias a los ingresos que los artistas obtienen por las ventas de sus obras.

Los habitantes de San Isidro asisten a un proceso de gentrificación. Los artistas aterrizan en ese y otros barrios populares porque es hip. Llevan consigo proyectos de desarrollo local en viejos comercios estatales, pero que no terminan de conectar realmente con la comunidad local; es la versión castrista de la torre de cristal. Estos "emprendimientos" se valen del atractivo que les dan lo popular y lo "pintoresco" de un barrio, a menudo con poblaciones de etnia y cultura afrocubanas, para capturar el turismo ávido de estampas tropicales y de las divisas que porta. Pero a veces lo pintoresco circundante es, en verdad, la ruina. Luego de las protestas, el poder se alistó a reemplazar el arte genuinamente comunitario y crítico con un consumo cultural de lujo, tolerado y promovido por el Estado.

Los artistas plásticos ganan a veces el doble de lo que perciben otros profesionales de la cultura, como actores o músicos. La crisis nos existe para ellos. Y además les generan divisas al Estado. Frente a sus ganancias, los 455 pesos cubanos que —nos dijeron hace unos años— podría ser el salario de un directivo de museos o galerías resultan ridículos, pues los artistas venden en dólares y euros, y llevan sus cuentas muy lejos de los controles de la Isla. Los vínculos y diligencias turísticas pueden aliviar eventualmente la brecha entre la riqueza que gestionan y su remuneración oficial. Las instituciones oficiales deciden a qué artistas visitan las guaguas de coleccionistas y turistas. Sus funcionarios tienen la última palabra al asignar contratos oficiales para decorar hoteles o realizar murales en el sector turístico, lo que garantiza ingresos constantes a cambio de que la obra sea "apolítica o estetizada". 

La resistencia también sirve como reclamo publicitario

"Es como si Cuba se hubiera convertido en una suerte de feria y parque temático", sentencia el crítico José Antonio Navarrete cuando piensa en la atracción que ha tenido el arte cubano para espacios e instituciones del mercado del arte. "Algunos artistas hacen arte crítico, pero sin intención política directa fuera de ese ámbito, y son tolerados. No tienen relación íntima ni con el poder ni con la oposición, simplemente hacen arte con orientación política crítica y esos son aceptados. Parte del mercado asimila esa obra crítica como muestra de apertura del régimen y su capacidad de absorber la crítica".

También hay artistas, como Roberto Fabelo y Kcho, que encarnan una dualidad por la que pueden moverse en el esquema del partido único y todavía mantener su atractivo para el mercado. Esto demuestra que las situaciones varían, recalca Navarrete: "No es sencillo definir límites porque el poder juega con esa ambigüedad para mantener el control. El juego con el poder es como una soga, donde el artista avanza hasta cierto punto antes de crear conflicto. Aquellos entrenados saben hasta dónde pueden llegar, pero no hay un límite fijo. El poder permite avanzar para medir hasta dónde puede tolerar, pero si se pierde el control, corta la libertad. Es un juego permanente y una dictadura constante en el arte, siempre en tensión y renovación".

En medio de las tensiones, el Estado cuida su catálogo nacional de artistas. Les permite salir a la vez que valora altamente que mantengan una relación estrecha con el país. Salen con el rótulo de "originales" y pasan temporadas en la burbuja insular para garantizar la visibilidad del arte cubano ante los dealers, coleccionistas y curadores extranjeros que llegan, de cuando en cuando, a validar que los artistas siguen fundamentalmente conectados con la vida cubana, la dignidad cultural, la identidad cubana. Y a comprar.

En una crónica publicada en el blog Nina Menocal Histories, en diciembre de 2024, Frank Martínez, artista y crítico, describía con algún asombro cómo es la casa de la artista Mabel Poblet en El Vedado: "Una casona más hermosa que cualquier departamento de la Fifth Avenue de Nueva York, los muebles de diseño llegaron de España".

Mabel Poblet tiene una carrera internacional consolidada, con residencias en la Fundación Brownstone de París y exposiciones en Italia —la Bienal de Venecia, por ejemplo—, Japón, Alemania, pero conserva su centro de operaciones en La Habana. Ella sirve de troquel para definir la actitud del sobreviviente, casi una estética, y de cómo ciertos artistas se aseguran un estatus especial dentro de la depauperada estructura social cubana contemporánea. En medio de los apagones, los artistas de elite construyen sus propios panic rooms, burbujas de sofisticación y belleza que contrastan con la precariedad general.

El mercado del arte internacional consume con fascinación esa dicotomía entre la bonanza de los artistas en La Habana y la realidad del país. Una suerte de pornomiseria cultural, una narrativa bizarra que se deja seducir por la percepción de que se está venciendo o subvirtiendo al sistema, por un giro travieso que el propio sistema acoge y promueve.

La lucrativa estetización de la crisis funciona de múltiples maneras, y ninguna de ellas deja de acomodarse al status quo. Diana Fonseca escogió como materia prima de sus obras los desechos de las fachadas de casas y edificios en ruinas de Cuba, la expresión de una capacidad creativa de transformar la escasez en arte visual. En la más reciente edición de Art Basel en Miami Beach, de diciembre de 2025, sus obras de la serie Degradaciones fueron expuestas por la galería El Apartamento, la primera llegada de la Isla en participar en toda la historia de la feria. Los precios rondaban los 20.000 dólares por pieza. Su aclamado trabajo artístico forma parte de colecciones como la del Perez Art Museum Miami (PAMM) de Biscayne Boulevard y la Colección Margulies en Miami.

El mercado de arte elabora etiquetas que funcionan como narrativas de marketing. Una de ellas es la insularidad como marca registrada. Es la que valora políticamente que el artista se quede en la Isla a pesar de tener los medios para irse. Para algunas galerías internacionales, el hecho de que el artista cree y trabaje desde La Habana le da un sello de autenticidad que los artistas de la diáspora a veces pierden, a ojos del mercado. El estar entre dos aguas, dentro y fuera de Cuba, permite al artista navegar en una ambigüedad política estratégica y mantener su acceso al negocio global. Vive como un ciudadano del Primer Mundo en un país del Tercer Mundo, y se da el lujo de posar como crítico sin asumirse como un disidente frontal.

Es el caso de Michel Mirabal. Algunas fuentes describen a este artista como una figura compleja. Su posición genera suspicacias. En todo caso su presencia, y proyectos como Noviembre, sirven para que proyecte desde la Isla una imagen de normalidad a veces adornada con atisbos de "pensamiento crítico"

Si de galerías se trata, quizás El Apartamento sea el espacio que ha logrado recientemente una mayor expansión dentro y fuera de Cuba. Dirigida por Christian Gundín, con un cercano apoyo del artista Carlos Garaicoa, ha recibido elogios como la primera galería privada de la Isla que crece a nivel global. Representa un hito de resiliencia y gestión cultural en medio de los desafíos logísticos y económicos que enfrenta el arte contemporáneo en Cuba. En La Habana, El Apartamento abrió en la sala de la casa del artista, y en Madrid, en 2023, Garaicoa cedió su antiguo estudio de la calle de la Puebla para extender el espacio de convivencia del arte cubano en España. Recientemente, El Apartamento también abrió en Miami. Ha sido la única galería con base en Cuba en participar en ferias de arte internacionales como ARCO Madrid, Untitle (en Miami, 2023) y Art Basel Miami, en 2024 y 2025.

Carlos Garaicoa, con dos décadas viviendo fuera de Cuba, intentó regresar cuando se dio la apertura de 2014 y creó Artista x Artista, una iniciativa de residencias en La Habana que financió desde su propio estudio en Madrid, y que durante seis años brindó apoyo a jóvenes talentos cubanos. Manifestó una posición crítica contra el Decreto 349 y apoyó a los artistas independientes. Hoy dice que Cuba es solo una nostalgia y apenas pasa 20 días al año en la Isla. Es el artífice de que Madrid sea hoy el epicentro del arte cubano y de que El Apartamento funcione como una plataforma para conectar a los artistas con el coleccionismo europeo.

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