Nada contra marea, el más reciente libro de poemas de Enrico Mario Santí, se me figura como un testimonio de resistencia íntima: un libro donde la voz poética avanza a contracorriente, por desafío y por destino. Desde sus primeras páginas se percibe un hablante poético que ha habitado la contradicción, navega entre aguas que lo desbordan y sostiene —aun así— la necesidad de decir. En estos versos conviven fuerzas opuestas —el deseo de escribir y el temor de no apresar la verdad; la soledad y la urgencia del otro; la memoria vigilante y el olvido que amenaza; el exilio y la patria que persiste como herida luminosa—, tensiones que configuran una poética del desarraigo y la lucidez.
En la primera sección "Soledad" el poema que da título al libro condensa esa travesía: "poco a poco confundido/ te ahogaste en la corriente".
La imagen del nadador extraviado se expande hacia la experiencia del migrante: "nadar en tierra/ ajena porque así lo dispusieron", encontrarse con otra lengua, otra cultura, otro espejo donde reconocerse. El poeta aprende que incluso el mito —"el agua de la muerte de Narciso"— puede ser un reflejo distinto, una forma de sobrevivir. Cuba aparece evocada en ritmos sensoriales: "La música de las olas sonido solo no son/ son baile, son lo que son: … comedias del corazón", recordándonos que la nostalgia también es un modo de habitar el presente y el ritmo.
La segunda sección, "Eros", más breve, despliega encuentros eróticos en La Habana, donde lo cotidiano —"mientras digiero/ masitas tostones"— convive con el deseo.
En "Regreso a Ithaca", el hablante se reconoce extranjero incluso en su propio mito: ni Penélope ni el perro lo reconocen, y Telémaco ha seguido su vida sin él. El regreso, entonces, no es retorno sino constatación de la pérdida: "jamás dejo de pensar o de llorarla en el camino". El corazón, "como en otra costa", no encuentra correspondencia.
En esta sección conviven erotismo, separaciones, dedicatorias a mujeres amadas —como Araceli en "Cuando no hay luz"— y un ritmo que a veces recuerda a Lorca en su musicalidad y a Darío en su vocabulario. Las imágenes se vuelven más sensoriales, y la cadencia se afina hasta alcanzar un tono deliberadamente armónico.
"Dramatis Personae", otra sección que abre un espacio polifónico donde el poeta encarna voces ajenas: Antínoo, Mark Frechette, Tony Judt, Albert C. Barnes, Moreno Fraginals, Antonio Canales, W. B. Yeats, Aurelio de la Vega. Cada figura aporta una perspectiva distinta, un tiempo distinto, un modo de mirar el mundo. Esta multiplicidad no fragmenta el libro: lo expande, lo vuelve un escenario donde la identidad se ensaya, se cuestiona y se transforma.
En "Écfrasis" y "Divertimentos": el arte como espejo y el humor como alivio. La sección de écfrasis convierte la poesía en mirada que interpreta obras de arte: un bodegón de Amelia Peláez, un cuadro de Manet, una foto de Orlando Jiménez Leal. Aquí el poema se vuelve contemplación, traducción visual, diálogo entre lenguajes.
Finalmente, "Divertimentos" ofrece un cierre ligero y lúdico. Son poemas que juegan con la narración, con el humor, con la ironía, incluso con la enfermedad propia, sin perder la hondura emocional. La risa aparece como un modo de resistir, como un gesto de humanidad frente al dolor.
Creo que estoy frente a un poemario que exige una lectura atenta. Su riqueza radica en la superposición de contextos —históricos, culturales, biográficos— y en la honestidad de una voz que, aunque herida, persiste en la búsqueda.
Enrico Mario Santí, Nada contra marea. Poemas 1995-2025 (Ediciones La Mirada, Las Cruces, Nuevo México, 2025.