El mapa político del Cono Sur ha experimentado un giro de 180 grados. Con las recientes investiduras de Rodrigo Paz en Bolivia y José Antonio Kast en Chile, se consolida un bloque que busca revertir el ciclo populista en la región. Ambos líderes, que coincidieron hace apenas unos días en el lanzamiento del "Escudo de las Américas" en Miami —la coalición de seguridad impulsada por la Administración Trump—, comparten una etiqueta ideológica clara, pero sus realidades nacionales imponen ritmos y urgencias marcadamente distintos.
Bolivia: El campo minado tras el "modelo MAS"
Rodrigo Paz asume la presidencia tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo, un periodo que dejó una institucionalidad erosionada y una economía exhausta. El balance que recibe el nuevo mandatario es demoledor; aunque el relato oficial del anterior régimen presumió de una baja inflación, lo hizo a costa de dilapidar las reservas internacionales. Hoy, Paz hereda un país con divisas líquidas que apenas cubren unos pocos días de importación de combustibles, lo que sitúa a Bolivia al borde de un desabastecimiento crítico.
Esta asfixia financiera es el desafío más inmediato, pues la falta de dólares amenaza con paralizar el aparato productivo nacional. A esto se suma el pesado lastre del "candado constitucional" de 2009. La actual Carta Magna boliviana, diseñada bajo la óptica del control estatal absoluto, impone barreras severas a la inversión privada que Paz necesita desesperadamente. El texto constitucional no solo prioriza la inversión nacional sobre la extranjera en términos de desventaja competitiva, sino que prohíbe otorgar condiciones favorables a empresas foráneas en sectores estratégicos. Esta falta de seguridad jurídica ahuyenta los capitales necesarios para rescatar industrias clave como el litio y los hidrocarburos, dejando al nuevo presidente con las manos atadas frente a un reloj que ya marca la hora cero.
Chile: Del inmovilismo de Boric a la "mano dura" de Kast
En Santiago, la herencia es de una naturaleza distinta. Kast recibe de Gabriel Boric un país sumido en el inmovilismo institucional. El ambicioso proyecto refundacional de la izquierda radical se estrelló contra la realidad en dos procesos constituyentes fallidos, lo que condenó a la administración anterior a una suerte de parálisis legislativa. Chile no retrocedió en términos macroeconómicos con la misma velocidad que Bolivia, pero vivió cuatro años de estancamiento donde no se realizaron las reformas necesarias para volver a crecer.
Hoy, la sociedad chilena no demanda utopías constitucionales ni experimentos sociales; exige, ante todo, seguridad frente al avance del crimen organizado y una economía que recupere su antiguo dinamismo. Kast cuenta con un mandato claro para implementar medidas de control migratorio y orden público, incluyendo su propuesta de mayor presencia militar en las fronteras. A diferencia de Rodrigo Paz, la solidez de las instituciones chilenas y una macroeconomía más resiliente le otorgan a Kast un "colchón" de tiempo algo más generoso, aunque la expectativa de su base electoral por ver resultados en las calles es inmediata y no admite vacilaciones.
La lección de Lasso y la fragilidad parlamentaria
A pesar de las diferencias en sus puntos de partida, ambos mandatarios comparten un talón de Aquiles que podría definir el éxito o fracaso de sus gestiones: la debilidad parlamentaria. Ninguno cuenta con mayoría propia en sus respectivos congresos, lo que los obliga a una gimnasia política constante. En este escenario, la lección de Guillermo Lasso en Ecuador es el espejo donde deben mirarse. La incapacidad de Lasso para construir una coalición sólida lo llevó a un bloqueo legislativo asfixiante y, finalmente, a una salida anticipada que dejó al país en la incertidumbre.
Paz y Kast deben entender que ganar la elección fue solo el primer paso; ahora requieren de negociaciones políticas de alto nivel para evitar el aislamiento. En Chile, Kast deberá seducir al centro político y a la derecha tradicional para implementar su agenda sin ser percibido como un actor que desborda el marco institucional. En Bolivia, la tarea de Rodrigo Paz es aún más titánica, pues requiere que la oposición democrática —e incluso los sectores menos radicales del MAS— comprendan que es el momento de recuperar la senda del desarrollo. Bolivia tiene oportunidades de oro en el nuevo orden energético mundial, pero sólo podrá aprovecharlas si logra estabilidad política y apertura económica.
La responsabilidad, por tanto, es compartida. Si las oposiciones en La Paz y Santiago apuestan por el obstruccionismo ciego, solo pavimentarán el camino para que el populismo regrese con una versión aún más radical. El éxito de Paz y Kast dependerá de su capacidad para transmutar el entusiasmo internacional del "Escudo de las Américas" en leyes aprobadas y una mejora tangible en la calidad de vida de sus ciudadanos. En Bolivia, el tiempo se agota antes de empezar; en Chile, el crédito es mayor, pero el descontento social es un combustible que Kast no puede permitirse ignorar.