Con un fondo construido tan dañado como el de La Habana, urge actuar para revertir una situación que afecta la calidad de vida de sus habitantes y despoja a la ciudad de bienes invaluables. La historia contenida en ellos los hace únicos, característica que transfieren a la ciudad, sosteniendo hoy, aunque con acentuado deterioro, su excepcional paisaje cultural.
Resulta complejo contabilizar el daño que ocasiona la pérdida de edificaciones y lugares íntimamente ligados a la imagen de La Habana, portadores de una tradición constructiva y artística centenaria, objetos de distintas épocas que han conformado la historia e identidad de un pueblo. Por eso el rescate del patrimonio histórico es fundamental y debe ocupar un espacio prioritario en los planes de desarrollo.
Al intervenir el patrimonio construido existen distintas posturas. Las más modernas abogan por preservar todo lo posible la integridad y autenticidad de las edificaciones, respetando los cambios que han tenido a lo largo de su vida, incorporando cuando sea necesario materiales y tecnologías modernas sin falsear los elementos nuevos. Así ofrecen a la sociedad actual y futura una verdad constructiva en la que pueden leer la evolución del inmueble en las marcas de sus distintas etapas.
No siempre se trata de rehacer lo perdido, sino de preservar en óptimo estado lo histórico y completar lo necesario con un diseño respetuoso que dialogue en armonía con la estructura, estilo y carácter del sitio patrimonial. No obstante, siempre que se tiene una evidencia documental detallada y completa de los elementos originales, existe la oportunidad de mantenerlos. Ese privilegio dirigió, por ejemplo, las obras de restauración de la catedral de Notre-Dame de París, tras el incendio de 2019 que destruyó su maravillosa cubierta de madera y plomo del siglo XIII, y la aguja de Viollet-le-Duc construida entre 1859 y 1864, entre otras partes de la emblemática edificación.
Esto denota también la importancia del trabajo documental y levantamiento exhaustivo previo para rehacer lo perdido. Entre 1993 y 1996 esto permitió reconstruir un palacio colonial habanero, considerado una de las intervenciones más atrevidas de La Habana Vieja. Me refiero al antiguo Colegio Santo Ángel, situado en la esquina de Teniente Rey y San Ignacio, en la Plaza Vieja, reconvertido en restaurante y aparthotel.
Esta casona forma parte del conjunto de palacios coloniales que enmarcan la plaza. Está por tanto estrechamente vinculada a su historia desde el siglo XVII. En 1632 se le incorporó el soportal que, al igual que el de sus vecinas, tomó espacio a la calle, dando esa imagen característica de la Plaza Vieja donde las calles que la cruzan continúan cubiertas en los portales públicos de las edificaciones, proveyendo de sombra al transeúnte y ofreciendo la terraza superior como palco a los eventos que allí tuvieron lugar.
Fue reedificada en los siglos XVIII y XIX, cuando tomó el aspecto neoclásico que la distingue: fachada austera con guardapolvos en cada ventana, herrería en los vanos y balcones, vitrales y portada toscana. En el siglo XIX pasó también a funcionar como colegio de niños pobres, por disposición de su propietaria, Susana Benítez de Parejo. Tras la muerte de su hijo de cinco años, ella inauguró allí, en 1866, el Colegio Pío Santo Ángel que acogía alrededor de 20 alumnos de entre ocho y 12 años de edad, blancos, huérfanos o hijos de viuda pobre. A su muerte, en 1882, Benítez de Parejo testó que continuara regido por la Sociedad Económica de Amigos del País, que tenía a su cargo otros colegios en la capital. El financiamiento era aportado por la renta de las cinco accesorias que en la planta baja de la casa se dedicaban al comercio.
Se ha dicho que en el piso superior también radicó el Conservatorio de Música Santa Amelia, hasta 1961. El Colegio Santo Ángel estaba funcionando en la década de 1930, sin embargo, se desconoce cuándo cerró y el inmueble reasumió las funciones de vivienda, pero convertida en ciudadela. En la década de 1980 se encontraba en pésimo estado y se incorporó al plan general de restauración de la Plaza Vieja. En 1988 inició su restauración a cargo del antiguo CENCREM.
Entonces los arquitectos Carlos Dunn y Nelson Melero hicieron un levantamiento completo del edificio que, sumado a documentos, fotografías y grabados históricos permitieron registrar todos los detalles de su diseño estructural, espacial y decorativo. Con el inicio del "Periodo Especial" la obra fue detenida sin asegurar las partes ejecutadas, monitorear la situación del inmueble, ni protegerlo del vandalismo. Esto provocó que el 5 de octubre de 1993 colapsara tras unas fuertes lluvias.
El derrumbe total de las primeras crujías y parcial del resto de la edificación mostraba irrecuperable el palacio colonial, por lo que algunos pensaron en su reemplazo con un edificio moderno. No obstante, por su importancia histórica y, sobre todo, por su fuerte relación visual con la Plaza Vieja, la Comisión Nacional de Monumentos decidió que se reprodujera íntegramente aprovechando la detallada información que existía.
El palacete colonial se rehízo respetando su distribución original, reproduciendo sus elementos componentes e integrando los fragmentos existentes. Algunas partes como las columnas y arcos del portal se reconstruyeron de hormigón armado sobre los restos originales de los arranques, unidos con un refuerzo de acero embebido en resina epóxica. Asimismo, se completaron los arcos interiores mutilados en el derrumbe.
Según Pedro Rodríguez, ingeniero estructural de la obra: "Se mantuvieron y aprovecharon todos los restos de muros que se conservaron en pie después del derrumbe. El muro de la segunda línea de fachada, perdido totalmente, fue reconstruido en su primer nivel mediante el sistema de anastilosis, utilizando los mismos sillares que pudieron recuperarse de los escombros". Este fue uno de los aspectos más interesantes de la intervención.
La reconstrucción del antiguo Colegio Santo Ángel subraya su importancia dentro del contexto urbano, ya que este tipo de obras no son habituales. Su excepcionalidad es apuntada por la UNESCO quien la considera permisible solo "si se apoya en una documentación completa y detallada", nunca en conjeturas.
La reconstrucción de una ruina siempre estará sujeta a controversia pues se cuestiona su autenticidad y los elementos distorsionados que puedan introducirse. No obstante, tras ejemplos poderosos como el Campanile de San Marcos (Venecia), la antigua ciudad de Varsovia, la Frauenkirche (Dresde )y el Templo Joryu-ji (Nara, Japón) entre otros, es una alternativa a la que es difícil renunciar tras la pérdida de espacios icónicos y singulares, de los que en La Habana tenemos este discreto ejemplo.
En mi opinión, el artículo es valioso; sin embargo, el criterio de conservación merece ser cuestionado, pues llamar "anastilosis" a esa intervención es más bien una licencia interpretativa… como bautizar ‘receta de la abuela’ a un plato hecho con latas y microwave...
“Recuperar lo perdido”. A eso dedicó su vida Eusebio Leal. O no? No comento sobre este edificio que probablemente vi muchas veces sin conocer su historia, porque en el 96 ya estaba fuera de Cuba por varios años. Saludos