El inicio de la Avenida de las Misiones, en La Habana Vieja, está flanqueado por dos fantásticos palacetes construidos antes que esa vía, en los primeros años de la República: el Palacio Velasco-Sarrá, hoy Embajada de España; y el Palacio Pons, actual Museo Nacional de la Música. Tal parece que, más allá de sus distintivos diseños y fastuosa presencia, sabían que enmarcarían uno de los principales paseos monumentales de la ciudad. Ambos fueron vitrina del éxito, residencias de emigrados españoles, hombres de negocios que fraguaron una próspera vida y en sus viviendas expresaron la fortuna y el éxito alcanzado en la Isla.
Bastante se ha hablado sobre el Palacio Velasco-Sarrá, menos del Pons, a pesar de ser un edificio singular, cargado de sorpresas y con una historia ligada a múltiples usos. Su primer propietario fue Francisco Miguel Pons y Seguí, un menorquín que en 1868 llegó para "hacer las Américas". Logró insertarse y prosperar en el floreciente comercio habanero, y en 1904 compró tres propiedades derruidas sobre las cuales encargó al arquitecto Francisco Ramírez Ovando la construcción de un palacete. Situado en Cárcel entre Aguiar y Habana, estuvo listo en mayo de 1907.
Esta obra marca la transición entre la arquitectura colonial y la republicana, y como bisagra tomó un poco de ambos tiempos. En su distribución heredó la funcionalidad de la casa-almacén, destinando la planta baja a negocio y la alta a vivienda. No repitió el modelo ni la planta de la casa colonial en el sentido ortodoxo, pero llama la atención la pervivencia de la doble funcionalidad. Su planta baja fue dividida simétricamente en dos viviendas con entrada independiente destinadas a alquiler, razón por la cual la fachada principal tiene tres puertas. La del centro tiene la escalera de honor con una gran cúpula que conducen a la planta noble, donde se situaron las dependencias de la familia, mucho más espaciosas y de elaborada ornamentación.
Por regulaciones urbanas fue obligada a incorporar portal público en la fachada principal, lo que pesó bastante a Francisco Pons quien consideraba que por esa razón "dejó de construir habitaciones que podría haber utilizado con ventajas en el valor de la finca". No obstante el dinero que perdió en esos metros cuadrados, la arcada de piedra del Palacio Pons es una de las más hermosas de La Habana Vieja. Entre las tantas que tiene, esta destaca por la delicada talla en piedra Jaimanitas que cubre toda la fachada. Atrae en ella el laborioso trabajo de las columnas estriadas con capiteles compuestos, la elaborada ornamentación vegetal en torno a los arcos, que en algunos fragmentos se convierte en delicadísimo encaje, las ménsulas, claves y frisos, y las extraordinarias lucetas caladas de la planta alta.
La fachada de piedra porosa tallada con maestría de la Casa Pons es su sello distintivo. Sus elementos ornamentales están a su vez integrados a un diseño armonioso y elegante que combina una arcada inferior con una logia enmarcada por dos habitaciones de amplios ventanales, que en la planta alta rompen la monotonía y posibilitan mayor juego decorativo. Asimismo, el ritmo de los vanos se trasladó a los laterales, también decorados.
La fantasía ecléctica que distingue las fachadas e interiores de esta residencia la convierten en un ejemplo muy ilustrativo de la gran variedad de lenguajes empleados por el eclecticismo republicano, mostrando cuán complejo y polivalente pudo ser. La ostentación y el lujo desplegados en el palacio, convirtieron su planta alta en un catálogo de pomposos y coloridos motivos decorativos europeos.
Presidían así su vestíbulo un retablo del siglo XII sobre un arcón español del siglo XV, rodeado por mayólicas del XVI y XVII. Este conducía a un recibidor estilo inglés con muebles de la casa Warren and Gillow y luego al amplio salón de recepciones estilo Luis XV, con su mobiliario comprado en Francia. El comedor era neoclásico todo ambientado en blanco y dorado, mientras que la biblioteca se cubría con tapices indios y alfombras turcas. Tenía dos gabinetes, uno rojo estilo Imperio, y otro gris y dorado estilo Luis XVI. Uno de los patios interiores fue naturalmente ambientado al estilo andaluz.
Las fotografías que se han conservado de la vivienda muestran habitaciones colmadas de muebles finos, adornos, pinturas, cortinajes, molduras y muy elaborados papeles de pared. La explosión visual del conjunto estaba subrayada por la procedencia de los objetos y su valor material y artístico. Sin embargo, dichas posesiones solo fueron disfrutadas por Pons durante cinco años, pues falleció en 1912. Su hija Catalina Pons de Pérez de la Riva fue quien junto a su esposo e hijos vivió allí hasta 1936. Uno de sus hijos fue el historiador y demógrafo Juan Pérez de la Riva.
Además del lujo y de la intensa actividad social y cultural que distinguió la casa, trajo a la familia varios sinsabores. El primero fue el largo litigio entablado entre 1918 y 1936 con Aniceto Uraín, por el pago de la hipoteca que este les había facilitado para la ampliación del palacio con la incorporación y remodelación de la casa contigua de Aguiar. Este conflicto les llevó a figurar en 1933 como inquilinos de su propia vivienda.
Recuperada la propiedad en 1936, la vendieron al Estado con parte del mobiliario. Entonces fue sede de la Cancillería, convenientemente próxima al Palacio Presidencial. Según la revista Avance, parecía una función natural de esta magnífica residencia que en cierto modo había ejercido anteriormente: "En pleno periodo de la guerra europea, se reunían en el palacete de Pérez de la Riva todos los diplomáticos que representaban a las naciones aliadas. Alrededor de una mesa bien servida, cambiaban impresiones. Curiosa coincidencia, en aquellos años ya se decía que el palacete daba impresión de ser la Secretaría de Estado ".
La familia pasó a residir a un edificio de 27 y N, en El Vedado. Sin embargo, el Estado no cumplió su deuda, obligando a Catalina a embargar el palacio por falta de pago. Finalmente, en 1959, la casa le fue intervenida.
Convertida en oficinas de la Policía Marítima, luego Guardafronteras, la residencia sufrió importantes modificaciones como el cerramiento de los patios interiores, la incorporación de tabiques en las habitaciones, sustitución de la carpintería, etc. Finalmente, entre 1971 y 1981 fue objeto de una importante restauración dirigida por el arquitecto Daniel Taboada, que intentó recuperar el diseño original y readecuarlo para sede del recién creado Museo y Archivo de la Música Cubana (a partir de 1976, Museo Nacional de la Música).
En cierta medida estas funciones han posibilitado la preservación del inmueble, restaurado en la última década por la Oficina del Historiador y reinaugurado en enero de 2025. Como archivo y museo, el edificio ha sido en los últimos 55 años contenedor de una excepcional colección de bienes muebles, en este caso vinculada al patrimonio musical cubano.
Cuenta con alrededor de 500.000 objetos entre instrumentos musicales, reproductores de música, discos, partituras, documentos, fotografías y objetos personales que permiten relatar la historia de la música cubana de manera cronológica y por géneros. Clasificados por la UNESCO como "patrimonio cultural que debe ser preservado y extensamente difundido por el mundo", sus fondos son un tesoro contenido en un edificio singular. Ambos merecen ser resguardados y mejor difundidos, lo que implicará una mayor y mejor actividad de su institución.