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Urbanismo

La Habana y Madrid: contrapunteo urbano (I)

'De las etapas iniciales les queda la marca de las murallas. Ambos centros históricos conservan fragmentos de lienzo y restos arqueológicos de sus cimientos'.

Madrid
Puerta de Alcalá, Madrid.
Puerta de Alcalá, Madrid. El País

Mucho se ha dicho sobre la semejanza entre Cádiz y La Habana, cuyas vocaciones portuarias y arquitectura barroca definieron buena parte de la imagen y vida de ambas ciudades. Tras siglos de historia compartida entre Cuba y España, con un nexo cultural profundo, patrones impuestos por leyes, referentes artísticos directos y gentes provenientes de todos los rincones de la península, resulta igualmente emocionante encontrar en La Habana paralelismos con otras urbes del antiguo imperio.

Pudiera ser pretencioso compararla con Madrid, cuya superficie e índice poblacional le superan desde el siglo XVII. El municipio Habana Vieja tiene 214 hectáreas y según el último censo de 2012, 55.488 habitantes. Esto incluye el centro histórico y su ampliación decimonónica de Las Murallas hasta el eje de Prado con la Estación Central de Ferrocarriles. En cambio, el centro fundacional de Madrid, ya en 1630 alcanzaba las 523 hectáreas y los 175.000 habitantes. Esto corresponde al actual distrito Madrid Centro, porque si se tiene en cuenta el municipio completo, actualmente tiene 60.445 hectáreas y casi tres millones y medio de habitantes.

No obstante, como ejercicio de apreciación resulta interesante detectar aquellos puntos de confluencia entre ambas capitales, los espacios y diseños compartidos, las costumbres y dinámicas que las han acercado en distintos momentos de la historia, a pesar de las profundas diferencias que aspectos como el clima, la densidad urbana y el desarrollo económico crean, y actualmente establecen entre ellas un abismo.

En ambos casos, el nombre Madrid y Habana ha denominado provincia y municipio. Por lo cual para quienes habitan la periferia, "ir a Madrid" o "ir a La Habana" ha significado de antaño visitar el centro histórico fundacional; aunque Marianao, La Víbora y Regla sigan siendo La Habana, y Móstoles, Aranjuez y Alcalá de Henares sigan siendo Madrid.

De las etapas iniciales les queda la marca de las murallas. Ambos centros históricos conservan fragmentos de lienzo y restos arqueológicos de sus cimientos. Asimismo, su curso pervive en el característico trazado curvo de algunas calles y en la irregular proporción de las parcelas colindantes. En el caso de La Habana se expresa mejor en la frontera oeste, donde estuvo la muralla de tierra entre 1674 y 1863, pues la de mar siguió el contorno de la costa.

Madrid tuvo varias murallas desde la Edad Media que, como círculos concéntricos, fueron marcando la paulatina expansión del centro fundacional. La última de ellas, construida en 1625 y demolida en 1868, corresponde en tiempo de vida con la de La Habana. Su obra de ladrillo, argamasa y tierra era más extensa pero no tan fuerte como la habanera, cuya función era militar. La madrileña solo pretendía para estas fechas servir como frontera urbana, elemento de vigilancia y control fiscal. Ambas murallas definieron durante mucho tiempo el centro poblacional de mayor importancia, y motivaron la apertura de múltiples puertas con su consecuente prolongación en caminos para la comunicación con territorios extramuros. Aún hoy son arterias vitales de la ciudad como Monte y San Lázaro en La Habana, y la calle de la Princesa y Embajadores, en Madrid.  

La Habana solo conserva una de sus puertas más discretas, la de La Tenaza (1775), que dirigía hacia el recinto del Arsenal. En cambio, Madrid conserva dos puertas monumentales, la de Alcalá (1778) y la de Toledo (1813-1827), como vistosos arcos de triunfo que respectivamente celebraron los reinados de Carlos III y José I Bonaparte —y luego la restauración de Fernando VII—. En 1995, se incorporó la réplica de la puerta de San Vicente que hoy puede verse junto a la estación de Príncipe Pío.  

Al interior, el trazado urbano de La Habana consiguió una mayor regularidad impuesta por las leyes de nueva población, aunque comparte la estrechez de varias calles de Madrid, la perpetua medianería y el aprovechamiento de la planta baja para comercios. Los centros históricos de las dos ciudades ofrecen una fabulosa amalgama de todos los estilos arquitectónicos sucedidos desde el siglo XVII hasta el XX, llegando a compartir detalles decorativos en herrería, molduras y azulejos extraídos de los mismos catálogos.

La casa de patio interior está presente en ambas, solo que, dada la marcada diferencia poblacional, en La Habana predominaron las viviendas unifamiliares y en Madrid las corralas. En apariencia, este tipo de inmueble comunal guarda similitud con el llamado solar o casa de vecindad habanera, sin embargo, difieren en su concepción inicial. Cuando la primera es producto de la ocupación y subdivisión por varias familias de un palacio colonial, la segunda está concebida como un inmueble de dos o más plantas con múltiples viviendas distribuidas en torno a un patio interior y conectadas por balcones corridos.

Ambos casos corresponden a viviendas humildes donde el espacio habitacional resultante es muy reducido, en Madrid promediaba los 30 metros cuadrados. El patio era el centro de la vida vecinal, donde tenían lugar distintos tipos de actividades y reuniones colectivas, y se ubicaba el baño de uso común. Muchas corralas madrileñas no incorporaron el aseo al interior de la vivienda hasta las décadas de 1960-70, incluso 80, pues en general, hasta entonces tardó la canalización y uso extendido del agua en las viviendas. En Cuba, en cambio, la influencia norteamericana influyó notablemente en la incorporación temprana del baño intercalado con todo el ajuar sanitario de fabricación estadounidense.  

En resumen, el problema del agua fue un tema compartido entre las dos capitales que, hasta el siglo XIX se proveyeron de las fuentes públicas. En Madrid el agua provenía de los "viajes del agua" y en La Habana de la Zanja Real. Los viajes del agua eran canalizaciones de tradición islámica que conducían el agua de manantial hasta las fuentes públicas y el interior de algunos palacios y conventos. A mediados del XIX, Madrid tenía alrededor de 77 fuentes y un gran número de aguadores que transportaban sobre sus hombros barriles o cubas de 29, 33 y 48 litros. En La Habana, en cambio, además de la canalización del río Almendares, se aprovechó otra invención islámica, el aljibe, que almacenaba la lluvia en cisternas soterradas del patio interior. A finales del XIX, de este sistema disfrutaban la mitad de las viviendas del centro histórico.

En ambas ciudades los acueductos principales, aún en explotación, corresponden a la segunda mitad del siglo XIX. Pero este y otros elementos compartidos de esa etapa prodigiosa las veremos en el artículo siguiente. 

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