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Violencia machista

Cuando el agresor no es la pareja, pero sí familia: otro rostro de la violencia de género en Cuba

Callar ya no es una opción para Nayelis Queen, pero el silencio sigue marcando la vida de muchas cubanas desprotegidas.

Madrid
Ilustración sobre violencia familiar.
Ilustración sobre violencia familiar. Diario de Cuba

La denuncia apareció primero en Facebook. No en una unidad policial ni en la Fiscalía, sino en ese espacio digital en el que muchas mujeres cubanas sienten que pueden ser escuchadas. Allí, la joven madre Nayelis Queen decidió hacer pública la violencia que, según su testimonio, llevaba años sufriendo dentro de su propia familia: agresiones físicas reiteradas, presuntamente cometidas por su tío y padrino en una vivienda de Coco Solo, municipio Marianao, en La Habana.

"Sé que mi familia me va a criticar, pero no me importa… callar ya no es una opción", dijo Nayelis. Aseguró que no se trataba de un hecho aislado, sino de la cuarta vez que era golpeada, en un contexto marcado por el consumo de alcohol. La última agresión, según denunció, ocurrió delante de su hijo, un elemento que, en palabras de la víctima, marcó un punto de quiebre.

El caso coloca bajo los reflectores una dimensión poco visible de la violencia de género en Cuba: aquella que no ocurre dentro de una relación de pareja, sino en el entorno familiar más cercano.

Una violencia fuera del foco

Gran parte del discurso institucional y mediático sobre violencia de género se concentra en la ejercida por parejas o exparejas. Es un hecho alarmante y los números hablan por sí solos: en 2024, 76 mujeres fueron asesinadas en Cuba por motivos de género, de acuerdo con estadísticas oficiales proporcionadas a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL. La cantidad excede en 20 las víctimas mortales documentadas por los independientes Observatorio de Género de la revista feminista Alas Tensas (OGAT) y la plataforma Yo Sí Te Creo en Cuba (YSTCC) ese año.

Asimismo, la Fiscalía cubana reconoció que en 2023 el 75% de los hechos de violencia de género ocurrieron dentro de la vivienda, y que el 84% de los agresores fueron parejas o exparejas de las víctimas.

Sin embargo, una proporción relevante de las agresiones contra mujeres y niñas ocurre fuera de ese marco y, en muchos casos, dentro del propio hogar.

Un informe difundido por la prensa oficial reseña que más de 16.000 mujeres y niñas viven en situación de violencia en Cuba, aunque sin especificar que parte de esa cifra corresponde a violencia intrafamiliar. La mayoría son negras y mestizas.

La abogada Maylin Fernández Suris, especialista en temas de familia y miembro del equipo de DIARIO DE CUBA, advierte que esta forma de violencia "suele quedar diluida en las estadísticas y, por tanto, fuera de las prioridades de protección". En la mayoría de los sistemas de registro —incluido el cubano— los agresores que no son pareja se agrupan en una sola categoría, sin distinguir entre familiares, conocidos o desconocidos. La violencia psicológica, el control coercitivo y las agresiones normalizadas dentro de la familia rara vez aparecen reflejadas.

Para Fernández Suris, "lo que no se mide, no se atiende".

"Era mi hermano, ¿a quién iba a denunciar?"

María, una mujer de 38 años residente en el centro de la Isla, accedió a contar su historia bajo otro nombre. Durante años sufrió golpes, amenazas y humillaciones por parte de su hermano mayor, con quien compartía vivienda tras divorciarse.

"Todo el mundo me decía que era un problema de carácter, que él era así cuando tomaba", relata. "Mi madre me pedía que aguantara, que no fuera a buscarle problemas. Era mi hermano, ¿a quién iba a denunciar?". La violencia fue escalando hasta que una noche tuvo que irse de la casa con su hija. Nunca presentó denuncia. "No confiaba en que me protegieran y tenía miedo de quedarme sin techo".

Su testimonio ilustra un patrón frecuente en Cuba: la normalización de la violencia cuando el agresor es parte de la familia y la ausencia de alternativas reales para las víctimas.

Datos que desmontan el mito del hogar seguro

La evidencia internacional contradice la idea de la familia como espacio intrínsecamente protector. Según datos de Eurostat, el 20% de las mujeres en la Unión Europea ha experimentado violencia física —incluidas amenazas— o sexual por parte de un agresor que no era su pareja. En varios países europeos, una parte considerable de esos agresores "no pareja" son personas conocidas por la víctima, incluidos familiares.

A escala global, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y ONU Mujeres reportaron que en 2024 alrededor de 50.000 mujeres y niñas fueron asesinadas por parejas o familiares, lo que equivale a una cada diez minutos. Aunque estas cifras no miden la violencia cotidiana, muestran con claridad que cerca del 60% de los homicidios intencionales de mujeres ocurre en el entorno íntimo o familiar.

En América Latina y el Caribe, más de una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Una proporción significativa de esas agresiones no fue perpetrada por la pareja, sino por otros hombres del entorno cercano y familiar.

En Cuba, estas realidades globales chocan con un vacío persistente: no existen estadísticas oficiales públicas sobre violencia de género ni una ley integral que aborde el fenómeno en todas sus dimensiones.

Cuando el agresor es familia

Fernández Suris subraya que la violencia ejercida por familiares presenta riesgos específicos. El primero es el acceso constante: la convivencia o cercanía facilita que la violencia se repita y escale con el tiempo. "No hay una distancia real que permita a la víctima evitar al agresor", señala.

A ello se suma la dependencia económica y social. Muchas mujeres dependen de su familia para vivir, cuidar hijos o personas mayores, o mantener una mínima estabilidad. Esa dependencia dificulta la huida y refuerza el control del agresor.

Existe además una fuerte presión para que las mujeres se mantengan calladas. Frases como "es un asunto de familia" o "no denuncies" funcionan como mecanismos de silenciamiento. El miedo a no ser creída o a ser culpabilizada retrasa la búsqueda de ayuda hasta que la violencia es grave o prolongada.

El entorno familiar, añade la abogada, puede actuar como un grupo: no es solo una persona ejerciendo violencia, sino una red de silencios, amenazas o represalias que aísla aún más a la víctima. Cuando quien agrede es alguien que debía proteger, el impacto psicológico suele ser profundo y duradero; muchas mujeres tardan años en reconocer lo vivido como violencia.

Denunciar sin protección

En el contexto cubano, denunciar no garantiza protección. No existen refugios estatales para mujeres en situación de violencia, los mecanismos institucionales son opacos y la respuesta suele ser tardía o inexistente. Por eso, cada vez más denuncias emergen en redes sociales, como en el caso de Nayelis Queen.

Que una mujer tenga que exponer su vida privada en Facebook para buscar justicia dice mucho del fracaso institucional.

Reconocer que la violencia de género no se limita a las relaciones sentimentales es un paso imprescindible. Mientras el Estado cubano continúe sin asumir esta realidad y sin generar datos, políticas y mecanismos de protección efectivos, el hogar seguirá siendo, para muchas mujeres, uno de los espacios más peligrosos

"Cuando el peligro viene de casa, el silencio no es solo consecuencia de la violencia, es parte del problema", concluye Fernández Suris.

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