Antes de que amanezca y el calor se adueñe del campo, María Elena ya está cargando pesados cubos. Tiene 52 años y vive en una comunidad rural de Granma, donde en teoría el acueducto abastece dos veces por semana, pero el agua "no llega casi nunca". Su día "empieza antes de que salga el sol", dice a DIARIO DE CUBA sin dramatismo, como quien describe algo inevitable. "Cocino con leña; a veces demoro más buscando la leña que preparando la poca comida". Entre los apagones, el cuidado de su nieta y los animales del patio, lleva una vida que resume la realidad de miles de cubanas en el campo: jornadas interminables, precariedad constante y una presión mental agotadora.
En Las Tunas, Yailín, de 34 años, empieza también su jornada mucho antes de que los demás despierten. "Ser madre sola aquí es como remar contra la corriente", dice. Trabaja en una finca estatal, pero su salario no cubre ni la merienda de sus hijos. "No tengo quién me cuide a los niños cuando tengo guardia. A veces me los llevo conmigo, y cuando están enfermos, llegar al policlínico es un suplicio: la guagua pasa una vez al día y un carro cuesta casi lo que gano. ¿Ocio? Eso no entra en ningún plan". Criar y trabajar, en su caso, no son dos tareas: son la misma, una lucha continua donde nunca alcanza.
En las zonas rurales cubanas viven 2,4 millones de personas, de las que el 46,7% son mujeres, de acuerdo con el último anuario de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). La vida es un reto para cada una de ellas.
El silencio en torno a la violencia
En Sancti Spíritus, "L." recuerda que la violencia no siempre deja morados. "La violencia fue que él decidiera con quién podía hablar, cuándo podía salir, qué podía ponerme, alejarme de mis amigos", relata a esta periodista vía Facebook. Cuando decidió denunciar, las autoridades le dijeron que intentara "arreglar las cosas". Se fue a casa de su hermana con sus hijos. "Aquí la vida es dura, pero más duro es sentir que no tienes a dónde acudir". En las zonas rurales la violencia machista se normaliza como "problemas de familia", lamenta, y el apoyo institucional es prácticamente inexistente.
El campo da, pero vender es otra batalla
Caridad, agricultora camagüeyana de 57 años, lo explica con crudeza: "Lo más difícil no es sembrar, es vender". La falta de transporte arruina cosechas enteras. "A veces pierdo parte de la producción porque no logro moverla a tiempo. El Estado te compra a precios de risa, los puntos particulares están lejos y contratar un camión cuesta lo que gano o más". Ser mujer constituye una complicación adicional: "Los productores hombres se apoyan entre ellos; nosotras, que somos cada vez menos, tenemos que buscar quien nos haga el favor".
En el sector agropecuario cubano laboran 219.772 mujeres, el 25% del total, pero solo el 13% en tareas productivas, según un informe publicado por la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, en inglés), publicado en octubre de 2024.
Más de 17.000 mujeres cubanas han recibido tierras en usufructo y unas 10.900 son propietarias, pero son cifras todavía bajas en relación con los hombres.
Las jóvenes: estudiar es un privilegio
En una comunidad montañosa de Guantánamo, Daniela, de 17 años, lucha por no abandonar sus estudios. "Quiero ser enfermera, pero la escuela está a dos horas. Dependemos de un transporte que muchas veces no pasa por falta de combustible o porque está roto". Ha perdido semanas completas de clases. Muchas de sus amigas se quedaron en el camino: embarazos tempranos, cuidados domésticos o simplemente desilusión y cansancio.
En 2023, el 34,1% de las mujeres rurales mayores de 15 años se dedicaban exclusivamente a labores domésticas, frente a solo el 0,9 % de los hombres, de acuerdo con datos del oficial Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género.
"Aquí ser muchacha del campo significa que todo cuesta el doble: llegar, estudiar, soñar", resume Daniela.
La triple jornada rural
Rosalba, de 61 años y residente en Pinar del Río, se ríe con amargura cuando escucha que las mujeres rurales "no trabajan". "Si supieran… Atiendo la casa, cocino, cuido a mi padre postrado y todavía voy al tabaco a deshijar. Trabajo más que cuando tenía 30. No hay electricidad, no hay gas, no hay transporte. ¿Y nosotras cuándo descansamos?".
Alma, de Camagüey, describe un día típico: encender el fogón de leña al amanecer, atender a los animales de consumo familiar vigilando que no los roben —"a plena luz del día se llevan los caballos"—, buscar leña, cocinar con lo que haya, vigilar, volver a trancar los animales al atardecer, y pasar la noche entre apagones, mosquitos y ladridos de perros. "Mal se duerme", dice.
Datos oficiales indican que las mujeres rurales dedican el 22,8% de su tiempo diario al trabajo doméstico no remunerado, más que las que viven en las ciudades.
Apagones, escasez y abandono
La precariedad tiene múltiples capas: robos de animales, falta de transporte y electricidad, alimentos que no llegan a comunidades intrincadas, escuelas sin merienda y sin maestros —porque emigran a la ciudad—, y madres sin recursos. Alma lo resume: "Literalmente, se vive un sálvese quien pueda".
La escasez de agua es uno de los ejes más dramáticos. En Bahía Honda (Artemisa), tres mujeres —Carlita, Yami y la señora Gordi— muestran en el canal Gordi y su familia cómo deben cargar agua desde un arroyo cada vez que falla la electricidad. "Si no hay corriente, no hay agua. Es lo que nos toca", dice Yami mientras sube la cuesta con cubos. Aun así, pintan la casa y cumplen con su trabajo: "La vida en Cuba no es fácil, pero hay que luchar".
Una realidad amplificada por la crisis sanitaria y económica
Desde San Diego de los Baños, Los Palacios, Pinar del Río, Katia Hernández Torres, activista de la Federación Latinoamericana de Mujeres Rurales, describe un panorama cada vez más crítico: apagones prolongados, falta de medicinas, enfermedades transmitidas por mosquitos al alza, transporte casi inexistente y alimentos inaccesibles.
"La mujer rural sostiene sobre sus hombros el peso de la familia, el campo y la comunidad, pero sigue siendo invisibilizada y desprotegida", afirma en declaraciones a DIARIO DE CUBA.
Desde FLAMUR, explica, impulsan acciones comunitarias —huertos, redes solidarias, talleres de prevención, puntos de apoyo escolar— y estrategias de documentación, campañas públicas y alianzas con organizaciones de derechos humanos. "No podemos esperar que cambien las condiciones para actuar; actuamos para cambiar las condiciones", dice Hernández.
Una lucha que viene de lejos, "entre espinas y rosas"
En 2021, activistas cubanas de la Alianza Cubana por la Inclusión lanzaron la campaña "Por las mujeres rurales cubanas", para visibilizar la pobreza, la falta de oportunidades y la dependencia económica que sufren estas. Aquella iniciativa puso sobre la mesa temas que siguen vigentes: la necesidad de guarderías rurales, acceso real al empleo, transporte y servicios básicos.
Muchas de estas mujeres aman el campo a pesar de todas las penurias. Cuando se les pregunta qué las sostiene, muchas dan la misma respuesta: los hijos, la fe y la esperanza de un cambio. "Dios me da fuerzas para seguir", repiten varias. O el refrán que cita la abuela de Alma en Camagüey: "La vida tiene espinas y tiene rosas… llevamos mucho tiempo en las espinas, pero algún día nos tocarán las rosas".
Mientras tanto, en cada amanecer sin agua ni electricidad, en cada fogón encendido con leña húmeda, en cada plato de comida reducido, en cada noche en vela vigilando animales, hijos, padres o esposos, la mujer rural cubana continúa haciendo lo que ha asumido por generaciones: sostener un país sin que el país se dé por enterado.
DIARIO DE CUBA ha cambiado el nombre de algunas de las protagonistas de este reportaje a petición de las entrevistadas.
¿ Que diria Maceo de esto ?