Cuando el Bertelsmann Transformation Index (BTI) comenzó a elaborarse hace dos décadas, el clima internacional era muy distinto al actual. Predominaba la idea de que la democracia liberal, con todos sus defectos, avanzaba de manera más o menos inevitable. En América Latina, los años noventa y comienzos de los 2000 habían dejado atrás —al menos en apariencia— la época de los golpes militares, las guerras civiles y las dictaduras revolucionarias. La discusión parecía centrarse ya no en si habría democracia, sino en cómo mejorar su calidad.
Veinte años después, el diagnóstico es radicalmente distinto. El último informe global del BTI sostiene que el mundo atraviesa hoy su peor momento democrático desde la creación del índice: las autocracias ya superan numéricamente a las democracias entre los países analizados y la tendencia general es de deterioro institucional, concentración de poder y erosión de controles republicanos. El optimismo democrático que dominó el comienzo del siglo parece haberse extinguido.
La pregunta es si América Latina también forma parte de esa tendencia global de autocratización creciente. La respuesta es sí, aunque no de la misma manera ni con la misma intensidad que en otras regiones del mundo.
América Latina comparte el desgaste del consenso democrático liberal, pero todavía conserva una resiliencia institucional que la distingue. La región no vive —al menos por ahora— una ola homogénea de dictaduras o rupturas abiertas del orden constitucional. El problema en nuestra región es la erosión gradual de la democracia desde dentro, el surgimiento de liderazgos plebiscitarios que concentran poder y sociedades cada vez más desencantadas con la representación política tradicional.
Los casos de Cuba, Nicaragua y Venezuela representan la versión más evidente de esta tendencia. Mientras la isla caribeña se mantiene como la autocracia más longeva y sin signos de apertura, los regímenes de Daniel Ortega y Nicolás Maduro muestran una destrucción progresiva de los contrapesos institucionales. En Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega ya ni siquiera intenta preservar una fachada democrática creíble. Venezuela, mientras tanto, y tras la intervención militar estadounidense, parece estar en una especie de limbo difícil de evaluar, aún con un fuerte control estatal.
Pero el caso más interesante —y probablemente más representativo del momento político regional— es El Salvador. Nayib Bukele conserva niveles extraordinarios de popularidad y legitimidad electoral, pero el BTI advierte sobre un deterioro acelerado del pluralismo político, la independencia judicial y los mecanismos de control institucional.
Es un fenómeno ya visto en el caso de Venezuela y Nicaragua. La autocratización ya no llega mediante golpes militares o cierres abruptos del sistema político, sino a través de gobiernos electos que concentran poder en nombre de la eficacia, la seguridad o la voluntad popular.
Esa lógica aparece también, con distintas intensidades, en otros países de la región.
En México, las preocupaciones giran alrededor de la presión sobre organismos autónomos y la creciente personalización del poder. En el otro extremo del espectro ideológico, en Argentina, el Gobierno de Javier Milei expresa otra variante del fenómeno: una combinación de polarización extrema, crisis de representación y creciente tensión entre el Poder Ejecutivo y los mecanismos tradicionales de negociación democrática. El problema en ambos casos no es la desaparición de elecciones competitivas, sino el desgaste progresivo de las reglas informales y de la cultura democrática.
Perú representa quizá otro síntoma característico de la crisis latinoamericana: más que autocratización clásica, una profunda descomposición del sistema político. Presidentes débiles, congresos desacreditados, fragmentación partidaria y una ciudadanía crecientemente desconectada de las instituciones, generan un escenario de inestabilidad permanente donde la democracia sobrevive, pero cada vez con menos legitimidad y capacidad de gobernar.
Sin embargo, reducir el panorama regional únicamente al deterioro sería simplificar demasiado la realidad. América Latina también ofrece ejemplos de resiliencia institucional que relativizan la narrativa más pesimista.
En Brasil, tras años de polarización extrema y luego de los intentos de desconocer el resultado electoral de 2022, las instituciones demostraron una capacidad de resistencia mucho mayor de la que muchos anticiparon. Lo mismo puede decirse, en distinta medida, de Guatemala, donde pese a enormes presiones políticas y judiciales finalmente logró concretarse una transición presidencial democrática. Y países como Uruguay o Costa Rica continúan funcionando como democracias relativamente estables en un contexto regional cada vez más incierto.
Por eso, quizá el principal desafío para interpretar el momento latinoamericano sea evitar dos errores opuestos: el alarmismo simplista y el triunfalismo ingenuo.
La región claramente perdió el optimismo democrático que predominaba hace 20 años. Pero, al mismo tiempo, todavía no atraviesa un reemplazo masivo de democracias por dictaduras. Las elecciones siguen siendo competitivas en la mayoría de los países, los cambios de gobierno continúan ocurriendo y, pese a todas sus debilidades, muchas instituciones conservan capacidad de resistencia.
Quizá el verdadero riesgo latinoamericano no sea el regreso de los viejos autoritarismos del siglo XX, sino más bien la normalización gradual del hiperpresidencialismo, el desgaste de los controles republicanos y la aceptación social de democracias cada vez menos liberales mientras sigan ofreciendo orden, estabilidad o resultados inmediatos.
Ese es, probablemente, el gran cambio de época que el BTI intenta registrar.
Hernán, llorame un mar ... en Maternidad de Línea ...
Para lo que ha servido la "democracia" latinoamericana.........
El título de este artículo lo dice todo, no hace falta leerlo.
Donde estaba este ilustre articulista cuando los autoritarismos y las corruptelas socialistas dominaron América Latina por dos décadas?
Es curioso y patético como estos izquierdistas de salón que nunca han creado ni un solo puesto de trabajo y mucho menos riqueza tangible, ven amenazas a la democracia solo cuando son desplazados sus referentes ideológicos.
Una corrección sobre el epígrafe. Ambos mandatarios están en el famoso balcón de la Casa Rosada, sede del gobierno nacional argentino, en Buenos Aires. Desde allí el Gral Perón dió sus discursos más encendidos, paradójicamente los más populistas.