Un régimen totalitario que nació para controlarlo todo, siempre conservará su afán de tutelar por completo la vida de la nación.
Si algún gobierno en el mundo no ha podido existir sin ese afán de controlarlo todo, lo mismo en lo político, lo económico y lo social, es el régimen impuesto en Cuba por la tiranía de los Castro. Así ha sido desde que arribaron al poder en 1959 hasta nuestros días. A veces el control lo han ejercido de manera directa, como buen Estado totalitario, y en ocasiones de un modo más encubierto. Pero siempre sus tentáculos han estado posados sobre todo lo que existe y se mueve en la Isla.
Ahora, movidos por las circunstancias extremas en que sus desacertadas políticas han colocado a la nación, a los gobernantes cubanos no les ha quedado más remedio que anunciar reformas con vistas a tratar de paliar la situación y mantener a flote su caduco régimen.
La cúpula castrista, no sin pesar en su fuero interno, acepta un proceso de descentralización en el país; que las empresas estatales elaboren sus planes productivos; que participen en el comercio exterior sin intermediarios; que las entidades dispongan de sus utilidades después de impuestos; que conformen las escalas salariales de sus trabajadores; que los actores no estatales tengan menos actividades prohibidas; que las tierras en usufructo se entreguen sin dilación a aquellas personas que realmente las hagan producir… y, en fin, un conjunto de medidas concebidas con el propósito de que desaten el desarrollo de las fuerzas productivas.
Pero el régimen no se ha quedado cruzado de brazos ante el inevitable debilitamiento de sus controles que representan estas reformas. Aquí se aplica ese conocido refrán que reza: "Perro huevero, aunque le quemen el hocico". Es decir, que a pesar de todo, ese afán de control y supervisión va a acompañar al castrismo hasta su desaparición definitiva.
Una muestra de ello es la reciente creación del Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales, una entidad que surge subordinada al Ministerio de Economía y Planificación, con el objetivo de dirigir las nuevas transformaciones y la búsqueda del desarrollo de la empresa estatal socialista, como sujeto fundamental de la economía.
En el acto de constitución del Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales, el ministro de Economía y Planificación, Joaquín Alonso Vázquez, tras aseverar que la nueva entidad se encargará de capacitar, supervisar y proponer, declaró: "La empresa estatal es propiedad de todo el pueblo, y el Instituto tendrá la función de representar a los nueve millones de cubanos para demandar que la propiedad social funcione de la manera más eficiente posible y cumpla con sus obligaciones sociales".
Este instituto, obviamente, vigilará de cerca el trabajo de las empresas, y mantendrá informada a la maquinaria del poder acerca de cualquier desviación que se observe en el trabajo de esas entidades. Y, por supuesto, después vendrá la respuesta "rectificadora" de las autoridades. ¿Qué quedaría entonces de la flamante autonomía empresarial? Muy poco.
Así, ante tantos aires descentralizadores y pretensiones reformistas, el castrismo, como mismo un mago saca un conejo de un sombrero, concibe la creación de una entidad que le permitirá controlar el trabajo de las empresas, y de carambola el resto de los procesos que tienen lugar en la economía.
El Instituto Nacional de Activos Empresariales Estatales, con su carácter nacional, contará con un campo más amplio de control si lo comparamos con las Organizaciones Superiores de Dirección Empresarial (OSDE) que funcionan a nivel de cada sector de la economía. En la práctica, a pesar de lo que proclame el discurso oficialista, habrá un nivel mayor de centralización en el control gubernamental de la economía.