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Narrativa

Nonadanadie

Un fragmento de la novela que el autor presentará este sábado 14 en la Librería Arenales, en Madrid.

Madrid
Reversos de cuadros.
Reversos de cuadros. Setdart Magazine

Cada vez que se veían hablaban de aquel cuadro. Rod lo custodiaba desde hacía algunos años y ahora Cata podía mirarlo a su antojo. Fue él quien lo rescató de un rincón del estudio de su amigo Francesco, casi a punto de destruirse. Volvieron a montarlo en un marco rudimentario, se lo llevó a su casa. Al dorso aparecía el verdadero título: El internacionalista, enero de 1989, 200 x 180, óleo sobre tela.  

Un cuadro que parecía salido de un cómic. Como parte de una antigua máquina de guerra soviética, en medio de una supuesta Siberia marina. Un mar siberiano lleno de muertos, sentenció Rod. Cata trató de entender lo que quería decir su novio, se puso en su lugar, algo comprendió. Rod tenía un defecto metafórico al hablar, le siguió la corriente.

Ella, sin embargo, lo veía como un Frankenstein, con una larga nariz de Pinocho en forma de cañón que apuntaba a través de una mirilla dibujada por dos diminutas Cubas. Se repetían las islas como balsas congeladas rumbo al Polo. A Rod le entusiasmaban las observaciones de Cata. Una cosa era esa figura descomunal sobre un lienzo y otra la realidad de esas Cubas al garete, aseguró él.

—La influencia ha sido devastadora, comentó ella. Veo al mastodonte de nieve y me produce rechazo, detrás hay muchas intenciones críticas, como si hubiéramos llegado al fin y no quedara otra opción que el hielo.  


 

Soy una mujer que confía en los cálculos, con una responsabilidad cada vez menos rentable, hay que pagarse la vida que se desea, pero no se puede forzar la norma, pensó Cata. Rod me interesa mucho, este cuadro es muy raro, pero sé que está hecho con muy malas intenciones. Hasta ahora él se comporta como un tipo fácil, admira y quiere a sus amigos, se involucra en esa maraña generacional de escritores y pintores, creo que le gustaría ser el cronista de algo desechable, algo que tiene que desaparecer. Llevamos poco tiempo juntos, pero me parece que lo conozco de toda la vida.


 

Bajaron al estudio, se quedaron un buen rato contemplando aquel muñecón. Fueron a la cocina, prepararon algo de comer. Cosas sabrosas que Cata atribuía a sus viajes a Panamá, vinos riojanos inimaginables. Volvieron a la cama pertrechados. Es que te quedas sin palabras, dijo ella. Sí, algo de eso me pasó la primera vez que lo vi. Lo que más me llamó la atención fue su barba, dijo él. La barba no miente, sonrió Cata. Nada que no sepamos desde nuestra más tierna infancia. El gran chanchullo de la barba a todas horas y en todas partes, Rod acarició la suave cara de Cata. Ella hizo un gesto cómico sobre su cabeza, agarró un mechón de pelo y lo estiró hacia arriba.

Husmea en el estudio de su novio. Ha abierto las gavetas del escritorio, ha leído algunos textos sueltos, pero no ha podido acercarse a la novela que Rod está escribiendo. Él dice que ese material no existe todavía, aunque ya tiene una buena cantidad de cuartillas escritas y un título posible: Caja de figuras. Le pregunta de qué va y él se entusiasma, aparecen todos sus amigos interpretando papeles muy parecidos a ellos mismos: los pintores, el poeta Escobar, algunas mujeres muy valiosas, Atilano, Nonio, Nona, Adelita D, Mira, y también figuras históricas y poéticas muy distorsionadas: Porcallo de Figueroa, Hernando de Soto, Isabel de Bobadilla, Catulo. Cata sospecha que ese material puede ser de gran utilidad. Rod pone bajo llave el manuscrito.

—Mencionas a tus personajes, pero no de qué va la novela.

—Va de nosotros, los pintores, los escritores, yo entro y salgo muchas veces.

—Quisiera leerla ya.

—Voy a meterte en ella.

—Ni se te ocurra.

—Algo que te guste.

—Por eso mismo tendrás que enseñármela.

—Te leeré algunos fragmentos.

—Cuento con eso.

Volvieron al cuadro de Francesco, una rareza en el trópico, algo que muy poca gente había visto antes.

—Faltan algunos detalles importantes.

—Está el casco verde olivo, cubriendo una cabeza voluminosa, el arcabuz que emerge de la espalda redonda, la cartuchera de la pistola Makarov, ese corazoncito en el pecho, a relieve, como un detalle de artesanía navideña.

—La cara es horrible.

—Sí, mete miedo, una boca desfigurada, unos ojos rarísimos.

—Ojos de loco, parece que va a matar a alguien, de la nariz en forma de cañón sale el humo de la pólvora de algún disparo.

 


Efraín Rodríguez Santana nació en Santiago de Cuba, en 1953. Poeta y novelista, sus dos últimas novelas publicadas son Mi último viaje en Lada (Editorial Casa Vacía, Richmond, 2025) y Nonadanadie (Editorial Casa Vacía, Richmond, 2026), primera y segunda parte de Trilogía de Quinta Avenida. Este fragmento pertenece a la segunda de estas novelas.

Nonadanadie se presentará este sábado 14 de marzo a las 7:00PM en Madrid, en la Librería Arenales (Calle de Vallehermoso, 110). Acompañarán al autor el narrador español Pedro Molina Temboury y Lester Álvarez, artista visual cubano.

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