1
Sobre una mesa de azulejos depositaba lo que él llamaba lenguaje literario, botellas rellenas de alcoholes destilados. Una botella no transparenta hasta que se vacía, solía decir, mientras exploraba en su líquido el color cambiante del delirio.
En la madrugada sus pasos zigzagueantes iban de la cocina al cuarto, de la sala al estudio rodeado de persianas Miami. Nadie vendría a interrumpirlo, los libros peregrinaban de un lugar a otro, sometidos a lecturas de muchas décadas.
Escuchaba a lo lejos el rebotar de su nombre, abría la boca para llamarlo, pero nadie respondía, abría la puerta principal del apartamento que daba a un descansillo estrecho y a una escalera empinada, pero no estaba allí.
Necesitaba la respuesta de aquel cuerpo ansioso y joven. Lo que se desea es la materia cambiante del alcohol, unos libros ya diluidos en otros libros. Vaciado los estantes principales, meditaba sobre el retorno de viejos lotes olvidados.
Lo importante era llegar hasta él, que las teclas inscribieran por su propio peso su hermoso nombre. Se tiraba cuan largo era su cuerpo sobre el suelo, comenzaba a arrastrarse lentamente, algo buscaba en aquel desplazamiento por un piso más sucio que brillante.
2
Algo más que una conversión inútil buscaba en aquel rincón del comedor de su casa. La casa se vaciaba en la madrugada, se sentaba en el balance de siempre, observaba desde allí la penumbra de su cuarto, sometido a la luz de una vieja lámpara para no caerse en la sombra. Más allá escuchaba la respiración fuerte de su madre.
Cuando el alcohol se mezcla con el silencio de la madrugada algo sorpresivo ocurre, caviló, observando el ritual de levantar el vaso lleno y el ritual de bajarlo vacío.
No es que se detenga el pensamiento, es el brazo que como un péndulo se llena de una ansiedad ordenada por el tiempo. Nadie vendrá a su encuentro, nadie es dueño de aquel rincón.
Tendría que pedirle una tregua, algo parecido a un corte de memoria, donde la acción se asienta como la noche en el alcohol. Por momentos se refugiaba en un mundo sustituto del miedo. Los miedos son anunciados por bocas conocidas, ellas tratan de explicar su pertenencia, su origen, de dónde vienen, qué repetirán de por vida.
Se tiró en el piso cuan largo era, comenzó a arrastrarse, bordeando la mesa del comedor y sus sillas, quizás la madre acudiría a ayudarlo, cada movimiento era una solución posible. Llegaría al armario gris del cuarto, abriría la puerta de la izquierda, saltarían las gavetas por el aire.
Efraín Rodríguez Santana nació en Santiago de Cuba, en 1953. Poeta y novelista, sus dos últimas novelas publicadas son La cinta métrica (Espuela de Plata, Sevilla, 2011) y Mi último viaje en Lada (Espuela de Plata, Sevilla, 2021). Este relato pertenece a un libro en preparación.