Es muy fácil de hacer. Se toman dos laticas de refresco, cerveza o lo que sea. Una se abre por la mitad con mucho cuidado, sin que se desvíe el corte. Para tener asegurado la precisión descubrí ponerla dentro de otra lata más resistente y con la altura que quería. Así que le daba vueltas y con la chaveta en la otra mano bien sujetada, la apoyaba sobre el borde de esta lata continente. El corte salía perfecto.
Luego se pone la parte de arriba de la lata dentro de la parte de abajo, convirtiéndola la mitad de pequeña. Donde se abría para tomar el refresco se le hace el furaco más grande porque la va a cubrir el fondo de otra lata. Esta última pieza es la más difícil de hacer y es la que sostiene el mechero. Se le corta el fondo en redondo a esta segunda lata. Se tiene que encontrar una tijera fuerte para esto porque esta parte de la lata es más fuerte que el resto.
Se le abre un pequeño orificio en su mismo centro, y se corta del resto del material un rectángulo más menos largo. Este va a rodear un tubo que tendrá el grueso que queremos del futuro mechero. Hay que tener mucha precaución en medio de todos estos cortes porque cortan la mano de nada. Se introduce esta última pieza dentro del orificio hecho en el fondo de la lata y ya lo tenemos casi terminado. Solo falta ponerle el mechero.
Esto se hace con cualquier telita o flequito de las colchas de trapear, que son las mejores. Algunas personas se quejaban porque los habían comprado para los eternos apagones y nunca les había servido. Obvio, ¡no era el recipiente! Es el mechero, amigo mío, amiga mía. Una vez puesto a un largo conveniente, llega abajo con el petróleo, enciende arriba con la llama, ¡usted no queda desamparado en medio de la oscuridad! ¡Usted se alumbra!
En mi casa siempre hubo candiles desde que tengo uso de razón. Pero eran distintos. Tenían asas, eran de otras latas más fuertes y gracias, y había que tener una pistola de soldar porque sus tapas con el mechero y todos eran soldados. Pero buscando por ahí qué inventar para comer, porque lo mío ya no me daba resultado, me fijo en esto.
El vendedor, un señor trigueño, delgado, alto estaba con un saco lleno de laticas convertidos en pequeños candiles, contra la cerca del hospital, y en el frente un banco proponía sus candilitos. Yo iba por la acera cuando los vi. Se les llama chismositas.
Me paré en la acera, y le pregunto cuánto costaban. Me dijo el precio, y le compré uno. Muy amable, me lo alcanzó y me sugirió que cuando lo llenara fuera mitad petróleo, mitad agua. El agua me ahorraría el petróleo, y todo iría bien. Le di las gracias y apuré el paso para llegar a casa. Me fijé con detenimiento. Era muy fácil de hacer. No tuve ni que desarmarlo.
Salí por todos los lugares a buscar latas. Por los basureros, la loma, centro comerciales y, como me había conectado con fuerza en el asunto, mis propios pies me llevaban a dónde estaban, allí, como esperándome. En una ocasión iba caminando por una calle principal cerca de las ocho de la noche y decidí asomarme a un local que era un cine antes y ahora un centro que se alquila para hacer la actividad que se quiera.
Entré y estaba reunida mucha gente, me parecieron de la religión yoruba. Algunos vestidos de blanco, otros vestidas normal. Con muchos collares y sus prendas, tomando mucha cerveza. En el frente, sobre la plataforma un grupo musical, con los tambores que no pueden faltar y sus panderetas, maracas y cantantes. Había tantas latas de cerveza vacías en el suelo que empecé a recogerlas con disimulo al principio, sin el más mínimo después. ¡Eran un montón!
La gente fue muy amable porque, cuando se percataron en lo que yo estaba, empezaron a alcanzármelas con gentileza. Yo se lo agradecí por dentro y cuando ya mi bolso, y mis manos, no podía recoger más, me fui.
Ya tenía yo mi tallercito bajo mi techo. Una mesa de hierro, con martillos, clavos, tijeras, la pieza hueca donde ponía mis fondos de lata para abrir los orificios en su centro... todo lo que necesitaba. Y empezaba a trabajar incansablemente.
Encontré mis puntos de ventas donde se me solicitaba cierta cantidad y yo mismo se los llevaba. Cada vez que me pedían un tanto, jamás lo dejé para después. A la hora que fuera yo me pegaba a mi mesa de hierro y empezaba a cortar placas de latón y a dar golpes para los orificios, hasta construir decenas, veintenas, cientos de chismocitas.
Al inicio no podía cerrar mis manos por las cortaduras. Con la práctica fui desarrollando oficio y me cortaba menos. Siempre hice más de lo que se me pedían. Dejando un poco para mí.
Después de distribuir las que se me pedían en los distintos puntos (a mitad de precio comparado con otros lugares), me iba a otros sitios a venderlos con otras cosas. Libros, collarcitos, pulsitos, lapiceros, fosforeras... lo que apareciera. Estaba yo debajo de una sombra por la avenida Capitán Urbino vendiéndolos cuando llega a saludarme un amigo.
—Hola Carlitín, ¿como tú estás? —me dice él parando su bicicleta.
—En la lucha —saludo muy frecuente entre nosotros— ¿y tú en qué andas?
—Terminando de vender los dulces.
—Me alegro, yo viendo cómo salgo de esto —me sonreí sin mucho ánimo
— Qué mortal está todo, ¿verdad?
Yo hice un gesto con la cabeza confirmándolo. No se podía negar.
—¡Ya no sé qué hacer!
—Nadie sabe ya qué hacer. No somos los únicos, lo que tampoco es consuelo, por supuesto.
—¡¿Tú sabes lo que es lo mismo con lo mismo, malo todo, y cuando cambia es para peor?!
—Y dígalo. Así mismo es.
—Oye, y sin comida, hermano. ¡Tú sabes lo que es vivir en un país sin comida! Es más, ¿tú te imaginas vivir en un país con comida? ¿Te imaginas abrir tu refrigerador y encontrártelo lleno de carne, yogurt, jugos, cerveza, pescado, jamón? ¡Con comida, chico!
Yo me reí. Sería un sueño, respondí. Mi amigo siguió despotricando de la situación, que no se podía hacer menos, claro está. Porque además de que sentíamos que no podíamos hacer mucho, excepto largarnos del país como estaba haciendo la mayoría, nos permitíamos hablar con furia de todo y de todos, principalmente del gobierno. Era un sentimiento explosivo muy fuerte y nos daba por hablar, hablar y hablar sin cesar. Ya no del calor asfixiante, sino de la situación que teníamos que soportar, que era más fuerte que el calor mismo.
En esto se acerca a mi saco en el piso con mis cachivaches el señor alto, trigueño y delgado de los candiles. Nada más mis ojos tuvieron que chocar con su cuerpo una sola vez para saber que era el maestro. Tragué en seco, y confíe que no fuera él quien me reconociera a mí. Me iba a dar un poco de pena. Espero que solo eso.
Se agachó, tomó uno, lo examinó acercándolo a sus ojos bien de cerca. Le dio vuelta y se dirigió a nosotros. ¿Esto es tuyo?, le dijo a mi amigo. Al mismo tiempo que yo le dije sí, mi amigo dijo no, y yo temblé un poquito. Él se nos acercó y descubrí que estaba un poco ebrio. No sé porque eso me hizo respirar. Los borrachos nunca saben lo que hacen, se dice, aunque no sea tan cierto esto pienso, posiblemente sean los que más sepan. No obstante, quise creer lo primero. No le aclaramos nada después si era mi amigo o yo el dueño de aquello.
—Están bien hechos —dijo.
—Gracias —dije ya sin mucho miedo a delatarme.
—Yo puedo hacerte todos los que quieras y montones en tiempo récord.
—Gracias —le respondí sabiendo que era él mi maestro, y por supuesto podía hacerlo, le creía sin pestañar.
—Solo dime cuándo puedo venir, el día y la hora y te los empiezo hacer aquí mismo.
—Gracias —no se me ocurría otra respuesta.
—Bueno, feliz tarde —y se fue a buen paso, no como los borrachos en zigzag, dos para atrás y uno para adelante, sino normal, aparentemente normal.
Mi amigo y yo nos quedamos un instante en silencio. No le comenté: "¿Tú ves ese hombre? A él fue quién le compré el primer candil y empecé hacer los míos". Fue mi amigo quien me miró a los ojos y arqueó las cejas: así vamos, me dijo. ¿Como los borrachos?, le pregunté. Peor, sin alternativas, me contestó. Le dije que sí otra vez con la cabeza, francamente no quería conversar más, ni de lo malo que estaba esto, ni de lo bueno que podía estar aquello. Estaba cansado. Pero mi amigo parece que necesitaba desahogarse. Y seguía hablando de lo mismo.
Yo lo dejaba. Y solo afirmaba o negaba con mi rostro. Un poco queriéndolo ayudar a él a canalizar sus impotencias, y yo sintiéndome el buen samaritano, que de vez en vez hace bien por cuestiones de consciencia.
Lien Estrada nació en Holguín, en 1980. Es Master en Teología por el Seminario Evangélico de Matanzas y Master en Bioética por la Universidad Católica de Valencia. Ha publicado el libro de cuentos Se busca otra plaza.