Lo recordabas. Rubio yanqui, con ojos azules y todo, delgado y perspicaz, que siempre supo aprobar los exámenes con la mejor calificación, por muy difíciles que se presentaran. Irónico que hacía reír, y reía de cualquier cosa. Su verdadera opinión, la que uno piensa que muere si no la dice, él no la sabía, o nunca la dejó saber. Siempre contestaba con la respuesta adecuada según exigieran las circunstancias. Estas podían cambiar, por supuesto, la respuesta con ella.
Recuerdas también el día de la graduación, alegría, gentes por todos lados, el estrés por salir. El mejor puesto para Oscar, sin discusión. Todos y todas entendieron desde hacía mucho que no podía ser de otra manera. No fue un puesto, fueron muchos, muy buenos, envidiables, los que permiten acoger la vida con optimismo y gusto.
Cuando nadie tenía patria, Oscar tenía dos. Cuando nadie tenía carro, él tenía uno, y del año. Cuando nadie tenía casa, él vivía en una mansión, y buscaba otra en el campo. Cuando todos aspiraban, él cumplía los sueños antes de la edad en que suelen triunfar los que saben ser triunfadores. Faltaba la novia, tenías entendido, pero crees que sí, crees que luego alguien te había contado que estaba a punto de casarse en las vacaciones.
Entonces la tragedia. Te contaron el accidente que hizo desaparecer esas vacaciones, el casamiento, y el futuro. Pudo haber varias razones, pero la que llegó a tus oídos fue esta: Oscar tuvo que salir apresurado en su carro, después de almorzar apenas. En el timón, con el frescor que entraba por la ventanilla, o el aire acondicionado dentro —no confirmaste los detalles— Oscar se durmió. La curva, la falta de señales, una altura considerable, más el almuerzo por asimilar, quizás el cansancio de días, con sus noches… Hay quien no lo puede creer, quien le dolió, o no puede pensar en eso, lo cierto es que de cualquier manera Oscar se mató, volcado por aquellas lomas, bajo el sol que no deja de salir un día.
"No tengo memoria de otro como él", dices. Te asaltan estos recuerdos sencillamente porque estás haciendo chocolate. Por esos tiempos, que crees no poder olvidar nunca, eras tú u Oscar a quienes les tocaba hacer el chocolate para el grupo mientras estudiaban por las noches. Es el chocolate que hace visitar el recuerdo de Oscar a tu pensamiento. En esta tardecita común, donde sigues sin tener trabajo, y cada vez las alternativas van disminuyendo con las esperanzas a cuestas. Vives agregado con unos sobrinos que nunca soportaste ni cuando niños. Lo ves todo con rostro de perro viejo muy maltratado.
La muerte de Oscar, nunca será la mía, piensas. La muerte de Oscar va a tardar en olvidarse, sigues pensando. Mides el tiempo necesario para que el chocolate termine de hacerse, y calculas que en estos momentos Oscar cumpliría más o menos tu edad.
Lien Estrada nació en Holguín, en 1980. Es Master en Teología por el Seminario Evangélico de Matanzas y Master en Bioética por la Universidad Católica de Valencia. Ha publicado el libro de cuentos Se busca otra plaza.