Para César Reynel Aguilera
—Ese es el problema de los hombres: que solo piensan con la cabeza del pene —juzgó Véronique Lapostolle—. Y no olvides que pagué una fortuna por la operación y las vacunas. ¡Eso es ridículo!
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Eres un caso perdido. Primero: fue una decisión responsable y compasiva. Así que cero cáncer de testículos y mayor esperanza de vida. Además, la castración reduce la agresividad y las peleas por las hembras. Y lo más importante: no le causará tristeza. ¿Comprendes, cariño?
No han vuelto a tocar el tema. A León le basta con pasear a Loki cuando la visita. O Véronique tiene migraña. En fin, no eran sus bolas. Aunque presiente que, en caso de percances en la relación, la pandilla iría por las suyas.
León atiende el barbecue. Distribuye chuletas y piezas de pollo encima de la parrilla. Aspira el olor de la carne y los vegetales a medio asar.
La pandilla rodea la mesa del patio. El motivo es celebrar la entrada del pequeño poodle en la vida social de su dueña.
¿Qué hace León aquí? Encontré una gema escondida, piensa Véronique. Alaba que el hombre ame la fotografía. Que haya expuesto su trabajo en varios países. La guinda del pastel es, entre otras trampas de la heterosexualidad, el acento sexy de su francés. O sea, la manera en que asesina la lengua de Voltaire. Cuando comenzaron a salir le confesó que sus amigas lo habían bautizado como El-tipo-que-te-quiere-singar.
León rellena los vasos de limonada. El verano marca territorio con garras y colmillos. Abejas y zánganos zumban entre las flores de los parterres.
—Sí, no lo hizo tan mal —explica Véronique—. Sin embargo, le dije que era un trabajo para ella sola y, aun así, vino con sus hijos. Entiendo que el Congo es un lugar horrible y que son refugiados, pero los chiquillos me arruinaron las dicentras y los agapantos.
—¡Qué horror! —se escandaliza Marie Vachon, directora y editora del mensuario La cola ilustrada, dedicado al tema de las mascotas, dirigido a un público similar a ellas—. Bueno, al menos ayudaste a una familia vulnerable.
—A veces los inmigrantes no comprenden nuestro estilo y ética de trabajo —agrega la señora Savard—. Yo tuve una empleada filipina que jamás barría debajo de las camas. El día que lo descubrí la tuve que despedir. Claro, antes la compensé con su salario semanal.
León termina de escanciar los vasos. Mira a Loki corretear con un dinosaurio de trapo entre sus fauces. La pandilla agradece y él agradece a la pandilla.
—Pensé que la habías despedido porque apenas hablaba francés —dice Claire Bergeron—. Sabemos de tu intolerancia al inglés después del divorcio.
Ríen. Hasta la misma Savard.
Una pareja de colibríes revoletea alrededor de las macetas de girasoles.
León regresa a la parrilla, adoba el asado. Escucha a las mujeres hablar.
—En realidad la limpieza fue una excusa —reconoce Savard—. La despedí porque no encajaba con Loup y no soportaba dejarlos solos. No entiendo el motivo, si solo la mordió una vez.
—Quizás lo maltrataba en tu ausencia —agregó la editora—. Hay personas, si es que se les puede llamar personas a esa gente, que en su intimidad se dedican a acosar y torturar a los animales. Estoy segura de que tu empleada era una de ellas.
—O Loup no comprendía su francés —especula Claire—. Algo fatal para su bienestar.
León se retira a la cocina. Descorcha una botella de vino blanco. Vierte alcohol y uvas picadas en un recipiente. Machaca el contenido hasta lograr una mezcla homogénea y la vierte en los cinco vasos. Su hermano textea desde un lugar remoto: "¿Estás trabajando?". "No, estoy en casa de mi novia". "¿Tu novia? A tu edad esa tipa es tu mujer (emoticón)". "Aquí es así a la edad que sea". "Seguro duermes con ella". León deja el celular. Pone una capa de hielo encima de la mezcla. Después uvas enteras. Hielo de nuevo. Uvas otra vez. Toma el celular. "No, no duermo con ella". En respuesta recibe una cadena de emoticones. Adiciona refresco de limón en cada vaso. Se detiene. Sus dedos vacilan un instante. Regresan lapidarios a la pantalla. "Véronique nada más duerme con su perro". León guarda el teléfono.
En su ausencia las invitadas terminan la limonada.
—Tampoco está mal para haberla hecho El-tipo-que-te-quiere-singar —dice Savard mientras degusta su último sorbo.
No está mal, aunque podría mejorarse, tolera el resto.
Loki corre hacia las mujeres. Estas lo acarician. El perro recibe alegre los mimos e intenta montar la pierna de la editora. Desiste. La pandilla ríe. Nada serio. Así muestran su alegría juguetona los cachorros castrados.
—Loki tiene mucho potencial —dice Véronique—. Para mí es lo más importante en la vida. Incluso sucede con la gente.
—No te sigo, querida, ilumínanos, por favor —insiste Claire.
—Cuando fui a aquella casa y entré a la habitación, había cinco cachorros y solo uno reparó en mí. Fue una conexión a primera vista, a pesar de que a Loki jamás lo habían educado ni recibía el cariño de nadie. Su instinto y sensibilidad hicieron que corriera hacia mis brazos. Yo era su persona.
—Te olvidas de su inteligencia —falla Savard.
—Claro, por eso ha sido fácil enseñarle buenas maneras. Ahora no se separa de mí —continúa Véronique emocionada—. Tendrían que verlo cuando llego a casa, su lenguaje corporal, sus movimientos de cola, la ternura con que me lame y busca mi pecho para acurrucarse.
Sus amigas suspiran. Saben de qué habla. Véronique se explaya en el amor incondicional y sin juicios. En la fidelidad absoluta del cariño de Loki.
—Sí, amiga —dice la editora–. Ellos nos hacen mejores personas. Por esa razón fundamos el programa A-Dog-Tion que los conectó. Nuestra meta es unir a personas como tú con…
La palabra exacta no acude, lo que imposibilita terminar su idea.
—Dilo, Marie, no te cohíbas —apremia Claire.
—A personas como Véronique con niños como Loki.
—Mucha gente lo piensa —dice Savard apasionada a la vez que Loki intenta fornicar, sin éxito, con su pantorrilla—, los perros son los nuevos niños. Y Loki es tu amoroso hijo.
León aparece con el asado y las bebidas. Momento en que Savard se desase de Loki con una artera, y oportuna, patada. La pandilla paladea la bebida, prueba la carne. El-tipo-que-te-quiere-singar tiene su gracia para la cocina. Admiten.
—Delicioso, cariño —dice Véronique y, para disipar cualquier fastidio, se esfuerza por incluir a León en la conversación—. Justo estábamos hablando del amor por los animales.
León no sabe qué decir. Ahora es Loki quien se quiere singar la pierna del tipo-que-se-singa a su mamá. Esta vez Véronique interviene. Llama a su hijo y este, haciendo gala de todo su potencial, se encorva aún más sobre la pierna de León.
—¡Qué niño tan juguetón! —exclama, y forcejea, Véronique. La impertinencia de Loki sella el morbo de la escena. Finalmente logra apartarlo del hombre.
–¡Vaya lío entre machos! —sentencia jocosa Claire y todos, hasta León, se esfuerzan en reír.
Loki corre endemoniado por el patio. Le ladra a los colibríes. Olisquea entre las hierbas. Va por el dinosaurio de trapo.
—Ayer vi en las noticias —dice León, su propósito es asirse de un tema que espante la tensión entre él y la pandilla— que un gorila arrastró a un niño que cayó al foso por accidente en un zoológico. Los empleados tuvieron que sacrificarlo para salvar al chico.
Su torpe intento no es bienvenido. Las mujeres dejan de comer. León siente el escrutinio de cuatro pares de ojos.
—Yo también vi la noticia –ataca Savard—, y la culpable de la muerte del pobre gorila fue, sin dudas, esa mujer.
—Es el colmo de la irresponsabilidad ir a un estúpido zoológico y olvidarte de tu hijo —afirma Véronique—. Por mí esos parques pueden desaparecer.
—Las criaturas salvajes deberían estar en su hábitat natural, no expuestas a la gente —sentencia la editora, quien ha abordado el tema en La cola ilustrada—. Esos antros las despojan de estimulación mental y física, privación que ocasiona la psicosis de zoológico.
—¿Saben cuánto cuesta mantener a un gorila en cautiverio? —pregunta Claire airada. Nadie sabe. Sigue adelante—. Cuesta miles y miles de dólares; y quiénes lo pagan: ¡Nosotras!
Lo que menos esperaba León era que hubiesen visto el mismo noticiero y que su comentario desatase semejante tormenta. Busca a Loki con la mirada. El perro insiste en follarse al pequeño ángel de la antigua fuente. Aguarda a que se aplaque la tormenta. Craso error. La tempestad no ha hecho más que mostrar una avanzada de nubarrones.
Loki renuncia a su empeño. Entre el dinosaurio y la pelota de tenis elige la segunda.
—No sé si se fijaron en la expresión de zozobra del gorila —observa Savard empática—. Era la mirada que resumía la angustia absoluta de una criatura encerrada de por vida.
—Te refieres a la expresión que tenía antes de arrastrar al chiquillo o cuando tiraba de él —pregunta Véronique.
—Cuando se dirigía a su guarida —responde Savard—. Ni en el rostro de la persona más desgraciada he visto tanto desamparo.
—Te creemos —dice Claire.
La pandilla come. Bebe.
¿Dónde está Loki? León lo busca con disimulo. ¡Dios mío! ¿Qué hace? Le ha tocado el turno al gnomo mayor de la familia que adorna una de las esquinas del patio. El padre recibe, con estoicismo escultórico, los embates de Loki. Tomaría varias fotos del perro desmandado y las enviaría a La cola ilustrada, si eso no le costara su relación con Véronique, feroz guardiana de la intimidad del cachorro.
A los nubarrones le siguen truenos y relámpagos.
—Hace unos días mi primo me dijo que prefería salvar a un ser humano antes de que a un perro —dice la editora, y las otras fruncen el ceño—. No importaba, aunque fuera Adolf Hitler. Si se estaban ahogando Hitler y un perro, y él tenía que elegir, salvaba a Hitler y después lo sentaba en el tribunal de Nuremberg.
Las expresiones oscilan entre el espanto y la confusión.
—A tu primo no se le ocurrió un mejor ejemplo —en las palabras de Véronique hay un dejo de reprimenda contra el susodicho familiar—. Es cierto que Hitler hizo lo que hizo, pero también era un hombre que amaba a los perros, en especial a Blondi.
León prefiere ver documentales. Su prioridad no es la lectura. Pero El hombre que amaba a los perros le suena familiar. Las memorias de algún veterinario, tal vez.
—Sí que los adoraba, en especial a los pastores alemanes —asegura Claire, y León admira el conocimiento que las mujeres tienen sobre Hitler, al que él, poco dado a los matices fuera de sus fotos, conocía sencillamente como a un hijo de la gran puta.
—Y la desgraciada Eva —agrega Savard, y León no sabe de quién habla. Mas, su instinto le dice que no es la tipa con que arranca la Biblia—. En varias películas aparece cargando cachorritos muy monos.
—No podemos perder de vista la índole moral y ética sobre el daño que causaron los nazis —asevera la editora—. No obstante, una cosa no está reñida con la otra.
—Seguro que no —dice Claire enardecida por el razonamiento de su amiga—. Además, el hecho de sacrificar a Blondi y a sus cachorros antes de suicidarse, habla mucho del temor que sentía al imaginarse la vida de aquellos perros si caían en manos de los rusos.
—No es lo mismo, jamás lo será —carga Véronique a degüello—, tomar una decisión salomónica como la de Hitler que sacrificar a un gorila inocente por culpa de una irresponsable.
—Sí, señora —sentencia la editora—, una cosa es la historia con mayúscula y otra una bazofia de noticiero.
Lo bueno de haber desatado la tempestad es que las amigas de Véronique no reparan en él. Ni le hacen preguntas embarazosas acerca de su pasado. León mira hacia la familia de gnomos y ve a Loki ir de los hijos a las hijas. Sin discriminación de género frota inútilmente su genital contra la terracota coloreada.
Es el instante exacto en que la borrasca alcanza su plenitud.
—Creo que al que deberíamos sentar en un tribunal es a tu primo —falla Savard y sí, las demás están de acuerdo. Incluso, León afirma con su cabeza.
Tras el dictamen vuelven a la carne y las bebidas. La diatriba contra el nefasto pariente ha dejado el ambiente cargado de un indeseado pesimismo.
—Les tengo una gran noticia —anuncia la editora en un cambio súbito de humor y se limpia el borde de los labios con una servilleta.
—¡Pues desembucha, mujer! —apremia Claire.
—¿Han escuchado hablar de la genética transversal inclusiva?
Los encuestados se miran entre ellos. Admiten su ignorancia supina. El alma de La cola ilustrada disfruta de la curiosidad dibujada en los rostros.
—Se trata de un procedimiento genético un poquitín invasivo —informa sin ocultar el goce de poseer una información desconocida—, pero controlado y muy prometedor.
—¿De qué hablas, querida? —pregunta Véronique.
—La genética transversal inclusiva es —de su boca brota el oráculo— un tratamiento que permitirá, en un futuro cercano, que una especie engendre a otra sin riesgo alguno.
Hay expresiones de perplejidad alrededor de la mesa.
—Querida, eso es imposible que yo sepa —exclama dudosa Savard.
—¡Exacto! Imposible que tú sepas —rebate enardecida—. He preparado un artículo para el próximo número de la revista que será una bomba. Se dan cuenta de las perspectivas de esta revolución de la obstetricia.
Sí, León, escuchaste bien: una revolución de la obstetricia.
—La generación espontánea ha sido desmentida hace siglos —reconoce Claire quien en el pasado había estudiado Biología—. Una especie no puede engendrar otra.
La editora sonríe condescendiente.
—La generación espontánea fue una especulación seudocientífica, la genética transversal inclusiva es un hecho —asegura sin que la duda de sus amigas mengüen su verdad y euforia—. Se trata de hospedar, no de engendrar bichos intermedios, sin discriminación de géneros. Ahora, mientras hablamos aquí, en un laboratorio en Berlín, nominado al premio Nobel, hay un conejo macho fecundado por una suricata, gracias a la inseminación artificial, por supuesto.
Véronique se rasca la cabeza.
Savard aprieta los labios, se mueve sin encontrar comodidad en su silla.
Claire bebe pensativamente.
León escruta el patio en busca de Loki.
—Quise darles la sorpresa, y mi artículo va sobre algo que, si bien no se ha dicho, deberíamos pensar desde hoy. ¿Se dan cuenta?
—No, no nos damos cuenta —reconoce Véronique— ¿De qué demonios estás hablando?
—Se imaginan que dentro de, no sé, cinco años, hombres y mujeres también podríamos traer al mundo camadas de perros o gatos, sin riesgos de ningún tipo como demuestran los científicos alemanes. ¿Entienden?
La exaltación de la editora no parece contagiar a sus amigas.
—Claro, siempre sería una experiencia a partir de una elección personal —dice conciliadora— con pleno derecho al aborto en caso de ser necesario.
Las mentes trabajan rápidas. Es algo en lo que jamás han pensado. Los rostros comienzan a distenderse.
—Tal vez no estaría mal —dice Véronique quien ha dejado claro al tipo-que-te-quiere-singar que jamás tendrá hijos ni con él ni con nadie—, si puedo subrogar un vientre.
Claire, que tampoco tiene hijos, sonríe comprensiva: —Haría lo mismo —dice, y sus ojos brillan de candor—. En mi caso iría a un país de América Latina, o al Congo, a subrogar un vientre por allá. Así podría ayudar a mujeres u hombres en estado de vulnerabilidad.
—Oh, amiga… —suspira Savard—, es lo más solidario que he escuchado en mi vida.
—La genética transversal… —murmura la editora.
—Inclusiva… —desfallece Claire.
Cae la tarde sobre el patio. En el aire hay un deje optimista mezclado con la melancolía de ciertas tardes de verano.
—Y tú, querido, ¿qué piensas? —pregunta Véronique.
León no responde. Mira absorto a Loki correr entre las flores —¿cuáles serán las dicentras y cuáles los agapantos?—, detrás de un cuervo, váyase a saber con qué intención.
Montreal, septiembre-diciembre de 2025
Francisco García González nació en Caimito, en 1963. Sus libros publicados más recientes son la novela Antes de la aurora (Linkgua, Miami, 2012) y los libros de relatos Nostalgia represiva (Casa Vacía, Virginia, 2020) y Caballo de hielo (Casa Vacía, Virginia, 2025). Este cuento pertenece a un libro en preparación.