Nada más injusto que hacer una lista de músicos cubanos.
Anónimo
Primeros acordes de "Chékere son", tema de Irakere, introducción del programa radial La Isla Sonora.
—Queridos oyentes de esta, su emisora Radio Martí. Hoy les ofrecemos, como cada domingo a las tres de la tarde, un nuevo espacio de La Isla Sonora, el programa musical de la familia cubana, de Baracoa a Miami, desde La Habana hasta Tokio, separada en cuerpo pero unida a través de su música y de la magia de la radio por FM o internet. Hoy me acompaña nuestra amiga la musicóloga Martha Collado, promotora incansable del acontecer musical cubano en sus voces, memorias y grabaciones. Adelante, Martha.
—Gracias, Patricio. Buenas tardes, Cuba. Les reitero a esa gente linda que nos escucha, no es a mí a quien hay que agradecerle estos programas, es Cuba y sus músicos quienes permiten la existencia de investigadoras como yo y de espacios como La Isla Sonora.
—Lo que dices, Martha, es una verdad como un templo. ¿Listos para otro viaje musical asombroso? Ahora para ustedes el primer número de hoy: "Cableando el mambo", autor Abilio Papú Valdespino, interpreta la Orquesta Cubana de Música Moderna. ¡Toni, dale play!
Se escucha la pieza "Cableando el mambo".
—¡Guau! ¡Eso es empezar arribita, Patricio! Hoy compartiremos con los radioescuchas parte de la obra de ese gran músico, desgraciadamente olvidado, que fue Abilio Valdespino. Sí, hablamos del multiinstrumentista, compositor y arreglista Papú Valdespino, dueño de un legado imprescindible a pesar de su accidentada y curiosa carrera.
—Sí, amigos, Martha viene de la mano de Papú Valdespino, y créanme que no se arrepentirán de haber sintonizado La Isla Sonora, el programa dominical de la familia cubana.
—Si revisamos el Diccionario de la música cubana, de Helio Orovio, solo nos enteraremos de que, desde muy temprana edad, Papú Valdespino abandona su vida laboral para dedicarse a los estudios musicales, debido a las estrecheces económicas que padecía su familia. Luego, Orovio nos informa de dos hermanas pequeñas y de la enfermedad crónica de su padre. Sin embargo, no menciona que fue su madre quien lo impulsó a abandonar el mundo del concreto, la cabilla, la madera y las instalaciones eléctricas, cosas tan inspiradoras para él, y a las que volvería una y otra vez, hasta su trágica y repentina desaparición. Su madre confiaba en que el talento musical de Papú era la única manera de paliar la situación económica en que vivían.
—Martha, si lees con atención las notas biográficas de Orovio, el musicólogo no cesa de condenar los tiempos prerrevolucionarios. Época en que los niños talentosos apenas podían mostrar sus capacidades debido a las injustas condiciones de vida impuestas por el capitalismo.
—No obstante, Patricio, gracias a esa decisión hoy podemos hablar de un músico, no de un albañil o un electricista, sin menoscabo de los oficios que tanto amaba Papú.
—Aquí tenemos la primera llamada. ¿Quién habla?
—Buenas tardes, soy Lucía Vidal, de Hialeah. Fui su vecina por más de 15 años. Recuerdo que el padre de Papú le compró un piano de juguete a los cuatro años. A la semana tocaba de oída las canciones más populares de la radio. Hasta que un día intentó convertir el piano en una locomotora porque decía que cuando grande quería ser maquinista no pianista. El problema (risas) fue que para eso utilizó un martillo.
—¡Qué historia tan sorprendente! ¿Escuchaste bien, Martha?
—Muchas gracias al programa.
—Gracias a ti Lucía. Tenemos otra llamada.
—Hola, Martha, hola, Patricio, aquí Paquito D'Rivera desde Nueva Jersey. Felicidades por tanta entrega a la difusión de nuestra música. Siempre escucho el programa aunque esté de viaje. ¡Qué historia esa la de Papú y la locomotora!
—Sí, realmente extraordinaria. Saludos a ti Paquito, sabemos que estuviste con Papú en la Orquesta Cubana de Música Moderna. ¿Qué nos puedes relatar sobre el Papú Valdespino que conociste?
—Papú y yo tocábamos en la orquesta del Teatro Nacional y entramos juntos a la Moderna. Un día íbamos por la Calle 23 y desde los bajos de la CMQ nos llama un miliciano. ¡Era Rafael Somavilla! ¿Se imaginan algo más ridículo que poner de guardia a un director de orquesta medio cegato? Entonces nos dice que él y Armando Romeu estaban buscando músicos para formar una banda que iba a ser un bombazo. Aceptamos, por supuesto. Yo vivo convencido, Martha, de que para Papú el hecho significó la concreción de uno de sus más preciados sueños.
—Claro, debe haber sido algo tremendo para él formar parte aquel proyecto.
—No, Patricio, el sueño de Papú no era tener un atril en la nueva orquesta. Su sueño era tirar la placa de la cocina del maestro Somavilla, y eso fue lo que acordaron: "Entro si me dejas hacerte un techo nuevo, usted lo necesita más que esa orquesta". Y como ellos lo querían, Somavilla aceptó.
—¡Qué fuerte, Paquito, qué fuerte! ¡Qué generosidad la del director Somavilla!
—Sin dudas, Martha, Somavilla era generosísimo y contar bajo su batuta con el autor de los futuros éxitos "Cableando el mambo" y "Carnaval en 7x4", lo convertía en alguien todavía más espléndido. Lo que se desconoce es que la generosidad le costó bastante cara, y les digo Papú no se consideraba un trabajador cualquiera, sino un artista del trabajo, un vanguardista que a veces usaba métodos sacados de la música experimental. Por ejemplo, para echar la fatídica placa se inspiró en la música concreta, aplicada a qué, al concreto, e incorporó a la mezcla sonidos electrónicos para generar bucles, cortes, aceleraciones o desaceleraciones entre el encofrado y el cemento en busca de una mayor solidez. Resultado: a las tres semanas se derrumbó el dichoso techo y la esposa de Somavilla sobrevivió de puro milagro. Después Papú hizo algo horrible, que no viene al caso, y dejamos de hablarnos.
—¡Qué fuerte, Paquito! ¡Qué revolucionario! Está ben, no hablaremos de lo que pasó entre ustedes. Muchas gracias, si me das crédito citaré tu anécdota en nueva monografía sobre Papú Valdespino.
—Claro, Martha, sería un honor para mí.
—Nos llaman de un número desconocido. Oigo, oigo, ¿con quién hablo…? Dejó de sonar. Gracias, Paquito, sin tu genialidad la música cubana no fuera lo que es.
—Gracias a ustedes y feliz domingo.
—Amigos, es tiempo de escuchar el segundo tema de la tarde y te propongo, Martha, disfrutar de "Carnaval en 7x4", interpreta la Orquesta Cubana de Música Moderna. ¡Tony, dale play!
Se escucha "Carnaval en 7x4".
—Excelente, Patricio. Aunque en esta grabación no se destaca el compositor en rol de solista, Chucho Valdés estuvo de infarto en los teclados.
—Tenemos otra llamada. Sí, por favor, hola, Chucho, qué sorpresa, primero nos llama Paquito y luego usted. ¡Qué suerte para La Isla Sonora!
—Buenas tardes, Martha, buenas tardes, Patricio. Casi muero de risa con lo que contaba Paquito.
—Chucho, buenas tardes, ¡qué privilegio queridos oyentes! Maestrazo qué nos puede contar del gran Papú Valdespino.
—Me gustaría que el público supiera que los solos de piano y órgano de "Carnaval en 7x4", pieza del disco Cuba qué linda es Cuba, no son míos. Cuando se grabó este tema mi gata estaba enferma y Romeu le pidió a Papú que me reemplazara, eso para él era pan comido. Papú podía tocar e improvisar en mi propio estilo, y así sucedió. Además, y esto es admirable, un día me confesó que lo de 7x4 no tenía que ver con el tempo, sino con su añoranza estética de formar una banda de trabajo integrada por siete remachadores y cuatro componedores, oficios cercanos a la música por el uso de técnicas percutivas.
—Carnaval para siete remachadores y cuatro componedores. ¡Qué fuerte, Chucho, qué fuerte!
—Déjame decirte, Martha, que fue un resultado tremendo para la orquesta, pero no para los muebles de Armando Romeu. Quizás (risas) el sofá, las butacas y los sillones de Romeu necesitaban alguna reparación y allá fue el componedor-remachador a hacer de las suyas.
—Increíble, Chucho.
—No sé si lo que voy a decir sea conocido o no, pero Papú tenía unos amigos de la infancia que siempre complacían sus caprichos laborales. Ellos preferían arruinar los muebles de Romeu o el techo de Somavilla, inspirados por las ideas ingeniosas de Papú, que trabajar en algún taller estatal.
—¡Qué fuerte, Chucho, qué fuerte!
—Sí, Martha, quizás Papú sea el caso más curioso en la historia de la música cubana.
—Hay algo más, Chucho, que recuerdes de tu experiencia compartida con Papú.
—A ver, a ver, Martha… Papú jamás se separaba de su portainstrumentos y una vez se le abrió en el camerino y, qué creen que tenía. Martillos, pinzas, tijeras, destornilladores, medidores de no sé qué. Porque después de cada concierto Papú se iba por ahí (risas) a causar destrozos.
—Muchísimas, gracias, Chucho, ¿qué les parece si seguimos con la electroconga de Papú Valdespino "Corchea y cabilla 67", interpretada en su versión acústica por el grupo del pianista Frank Emilio Flynn?
—"Corchea y cabilla 67", qué delicia. Antes de escuchar ese número, Patricio, me gustaría preguntarle a Chucho si alguna vez pensó en invitar a Papú a formar parte de Irakere.
—(Risas) La única razón por la que casi no se forma Irakere fue por la bronca que tuve con Oscar Valdés a causa de Papú. Oscar pensaba que era Papú quien debía dirigir el grupo, no yo. Al final Oscar me escuchó y Papú no entró. Yo no estaba dispuesto a que se metiera en casa de mi mamá a destruir los muebles o el techo. En esa época muchos músicos, con tal de tenerlo en sus grupos, se prestaban para satisfacer sus locuras de trabajador.
—Gracias, Chucho. Está entrando el número de hace un rato. Sí, La Isla Sonora, quién habla, se oye muy mal…, por favor… Nada.
—Ha sido un gustazo para mí, Patricio.
—Y ahora para ustedes, "Corchea y cabilla 67". ¡Tony, dale play!
Se escuchan los acordes de "Corchea y cabilla 67".
—Tenemos a alguien al micrófono.
—Buenas tardes, mi nombre es Carlos Benítez, antiguo barman del cabaret Dos Sirenas, de la playa de Marianao. Lo que Papú hizo allí fue descomunal, armó un quinteto increíble con Tata Güines en la percusión; Adalberto Lara, Trompetica, en la trompeta; Pucho López en el piano; Cachaíto López en el bajo, y Papú tocaba trombón, flauta, clarinete y saxos, y cuando hacía falta una voz, caían Cachita Cuervo o Teté García Caturla. Aunque ellos tocaban en las mejores bandas de Cuba, animaban el cabaret cada miércoles y viernes en la noche. Norberto Trujillo, el administrador, les pagaba muy bien y la cola de reemplazos era impresionante. Aquello parecía una peña de jazz no un centro nocturno. Por allí pasaron Arturo Sandoval, Emiliano Salvador, Juanito Torres, Hilario Durán, Jorgito Reyes, Bobby Carcassés, en fin, una lista enorme. Es una lástima que no exista ninguna grabación, al menos que yo conozca.
—Tienes razón, Carlos, tampoco las hemos encontrado, solo disponemos de vagos testimonios de unos cuantos músicos, e incluso, los hay quienes confunden el cabaret con el Johnny Club, la otra plaza fuerte del jazz en La Habana de los 70.
—Carlos, no te vayas, es hora de escuchar, de la autoría de Papú Valdespino, el danzón radical, ¡qué agallas las de Papú! "El güiro trabajador", interpreta Opus 13, aquí en La Isla Sonora, de Radio Martí. ¡Toni, dale play!
Se escucha el danzón radical "El güiro trabajador".
—¡Qué clase de danzón! En mis investigaciones no he encontrado un registro de prensa de ese suceso musical tan relevante para el desarrollo del afrolatinjazz en Cuba, y el músico y crítico Leonardo Acosta apenas le dedicó una nota a la carrera de Papú.
—Está sonando otro teléfono, es el mismo número, oigo, oigo, quién habla… Se volvió a caer la llamada.
—Martha, yo no soy investigador, pero tengo buena memoria y lo que salió en los periódicos fue la noticia del incendio del Dos Sirenas.
–¡Qué fuerte, Carlos, qué fuerte! ¿Un incendio? Pensé que habían cerrado el cabaret.
—¡Esto se pone candente, amigos de La Isla Sonora! Ahora para ustedes "Encofrado en do menor", interpreta el cuarteto de saxofones Havana Sax.
Se escucha el tema "Encofrado en do menor".
—¡Apabullante! ¡Qué temazo! Qué inteligencia musical la de Papú Valdespino, el diálogo entre la celesta y el saxo barítono por detrás del tumbao del sintetizador es, para decirlo con palabras del gran Cachao, algo bestial. En verdad no comprendo por qué Papú Valdespino no goza del reconocimiento que merece. Entonces, Carlos, cuéntanos de ese incendio, aunque no se relacione con Papú. Martha se muere por escucharte.
—¡Qué desastre, señores! Ese día fui el primero en llegar. Si bien el cabaret abría de noche empezábamos temprano. A eso de las diez de la mañana se apareció Papú con dos o tres tipos, había convencido a Norberto de sustituir el cableado y la iluminación del escenario para hacerlo más artístico mientras introducía una modulación en clave de dos por cuatro al transformador. El acuerdo era que Papú hiciera su experimento a cambio de traer a Farah María que estaba pegaísima en la radio y la televisión. Apenas terminaron, Papú mandó a subir el catao y se formó un cortocircuito que parecía un racimo de fuegos artificiales. El chisporroteo alcanzó las cortinas y cuando lograron cortar la corriente ya era tarde.
—¡Qué fuerte, Carlos, qué fuerte!
—Sí, Martha, muy fuerte.
—¡Que anécdota tan incendiaria!
—Pura llamarada, Patricio como dice la canción. Por suerte no hubo víctimas. Los músicos querían matarlo, tal vez por eso nadie habla del incendio. Papú tuvo que esconderse porque Tata Güines andaba buscándolo por toda La Habana con un bate de aluminio, estrenados en la Serie Nacional de Béisbol.
—Gracias, Carlos, por tan valioso testimonio, que seguro Martha incluirá en su monografía.
—Un gran placer, ustedes tienen mi número.
—Cubanos que me escuchan, es el momento de disfrutar del tema "Bolero de Ravel para Elegguá", interpretado por el tecladista Emiliano Salvador, lado B del disco Nueva visión, vocalizan Pablo Milanés y Bobby Carcassés. ¡Toni, dale play!
Se escucha el "Bolero de Ravel para Elegguá".
—¡Qué clase de ritmo, Martha! Tenemos una nueva llamada. Sí, La Isla Sonora, con quién hablamos.
—Me llamo Rubén Elizalde, vivo en Miami desde el 80 y gracias a mi amigo y hermano, el finado Papú, me dedico a la pintura de brocha gorda de manera fina. "Elizalde, brocha fina, el color de su hogar". Estoy escuchando el programa y me ha dolido mucho la forma en que Chucho Valdés y Paquito D'Rivera se han referido a mi hermano. Eso de Papú el destrozador y sus compinches suena feo y no es cierto.
—Desde La Isla Sonora nos excusamos Patricio y yo, y seguro que los genios que mencionaste también se disculpan.
—Eso espero, Martha. Una de las tragedias de Papú no fue haberse ido de Cuba, sino la entrega total a algo que le quedaba pequeño a su talento: trabajar duro y en serio, no eso de andar encaramado en un escenario soplando un tubo o aporreando un piano o un tambor. Ese compromiso lo asumía de forma creativa y absolutamente autodidacta, por eso nunca quiso estudiar ni oficios ni carreras. Papú creía que esas cosas matarían la originalidad del artista innato del trabajo que había en él. Bastante tenía con sus estudios musicales que nunca abandonó.
—Gracias, Lázaro, sin embargo, no entiendo esa contradicción, no estudiaba ni se superaba en lo que más lo apasionaba y sí lo hacía con la música, algo de lo que estaremos eternamente agradecidos. Comprenderla es esencial para mi libro.
—Otra vez nos llaman por la otra línea, es el mismo número, por favor… bueno, será la próxima ocasión.
—La otra tragedia de Papú era su constante retorno a la música. Tras cada fracaso laboral, debido a la incomprensión que lo rodeaba, tenía que volver a ella para no morirse de hambre o pagarse un techo. Por eso jamás dejó de estudiar y practicar a diario. Hasta en el yate en el que vinimos por El Mariel de pronto apareció un batá y estuvo tocando hasta que llegamos a La Florida. Y no era tocar por tocar, ¡era un rezo a Papá Oggún! Un rezo para que el barco se averiara y poder echarle una mano al patrón en los arreglos.
—Menos mal que no sucedió…, disculpe, Lázaro, lo digo por eso de Papú y el batá durante la travesía.
—Lázaro, siempre he tenido curiosidad por las ideas políticas de Papú. ¿Qué lo hizo abandonar Cuba y dejar a su familia y sus proyectos personales?
—Le aclaro, Martha, y póngalo en su libro, que Papú no tenía ideas políticas de ningún tipo, solo tenía ideas laborales y por eso decidió irse de Cuba, un país en el cual no podía expresarse laboralmente con absoluta libertad.
—Cuba, te propongo escuchar la composición "Perpetuo batá (para cuerdas y diez chékeres)", interpreta el Quinteto Cimarrón. ¡Toni, dale play!
Se escucha "Perpetuo batá".
—¡Qué talento, Martha, qué talento!
—Lázaro, podrías hablarnos de la vida de Papú en Miami, tengo entendido que no le fue nada fácil.
—Papú no le dio tiempo a Miami, si allá éramos esclavos de Fidel Castro, aquí lo éramos del dinero, decía, y ahí comenzó su declive. Papú no entendía nada. Lo mismo trabajaba en jardinería que tocaba en cualquier grupito en la Calle Ocho. Todo era la misma mierda, como si viviéramos en una fábrica de hamburguesas, se quejaba, hasta que tuvo el accidente.
—Señor Elizalde, no tiene por qué hablar del incidente, notamos el sufrimiento en su voz.
—No, Patricio, quiero contarlo para que se sepa cómo murió ese visionario del trabajo que fue mi amigo y hermano. Esa mañana llegó al Home Depot que está en Biscayne Boulevard y me dijo: "Lazarito, llevo noches pensando en un concierto para metales y madera". Sus ojos brillaban de euforia. Enseguida supe que andaba en algo muy importante para él. Al fin había visto la luz. Me fui para el área de las plantas y las flores donde trabajaba. No llevaba media hora regando las macetas cuando escuché una explosión. Y no hizo falta que me lo dijeran: la víctima y el autor del accidente eran mi asere Papú.
—¡Qué fuerte, Lázaro, pero qué fuerte!
—Sí, Martha, fortísimo. Eché a correr y vi cómo se lo llevaban en una camilla. Esa fue la última vez que lo vi. Papú había empalmado, sin decírselo a nadie, el trabajo de los montacargas en sincronía con la sierras para metales y madera. Así, inspirado al tope, fue que le cayeron encima cincuenta planchas de acero de cien kilos cada una. Al otro día vino Dizzy Gillespie a llevárselo para la United Nation Orchestra porque Sandoval y Berroa no paraban de hablarle de Papú.
—Tenemos otra llamada. Sí La Isla Sonora. Ah, qué sorpresa, es Paquito otra vez.
—Señor Elizalde, permítame aclararle: quién le habló a John Birk Gillespie de Papú Valdespino no fueron ni Arturo ni Berroa, fui yo, y no volé a Miami con él porque ese día tuve una audición en el Lincoln Center. A pesar de que nunca le perdoné lo que le hizo a mi gran amigo Gerry Rubalcaba, el tecladista del combo Los Yoyos. El Gerry lo dejó arreglarle su organeta Vermona, un tareco fabricado en la RDA. Eso fue de mala leche porque Papú sabía que no tenía arreglo y así y todo le metió las manos, y el Gerry perdió las suyas electrocutadas.
—Esas fueron las palabras de Papú: Sandoval lo había puesto en contacto con Gillespie, pero él no estaba interesado en tocar en ninguna orquesta americana.
—Eso no es cierto, Papú no le contó la verdad.
—¡Papú nunca mentía!
—Veo que usted no era su amigo sino su secuaz. ¡Seguro fue quien lo llevó a trabajar a ese Home Depot de porquería!
—¡Caballeros, estamos en el aire! ¡Martha, por favor, dígales que se calmen! Esperen, hay una llamada en la línea tres. Es el número que hace rato intenta comunicarse. ¡Tenemos contacto! Oigo, sí, La Isla Sonora, diga, señora… ¿¡Que usted es Celia Cruz!? ¿¡Cómo es posible!? ¡Está en el aire! ¡Cuba entera la escucha!
—¿¡Celia Cruz!?
—Sí, la mismísima Celia Cruz, La Reina de la Salsa, ciudadana de la Gloria cubana, no un fantasma.
—¡Qué fuerte, mi gente, qué fuerte!
—En la Gloria escuchamos siempre La Isla Sonora, pero comunicar toma años. Se necesita la paciencia de un galápago sosegado.
—Celia Cruz hablando de galápagos.
—Paquito, no te hagas el gracioso, que cuando vengas nadie te va a contratar.
—¡ÑOK! Celia, no digas eso, es que este tipo patibulario me ha descolocado un poco.
—By the way, Gerry Rubalcaba también está en la Gloria, toca de maravillas con las manos sanas y sin rencor por el accidente.
—Super, my Queen, que bueno saber que en algún lugar existe la justicia musical. Me encantaría compartir escenario con ustedes, lo que pasa es que, tú sabes, el trámite es difícil…
—Tranquilo, tengo algunas ideas para cuando tú y Chucho lleguen, no hay apuro. Les cuento que Papú y yo actuamos en mil y un cabarets del Tropicana al Sans Souci antes del 59. Aquí retomamos ese trabajo y no hubo centro nocturno de la Gloria que no nos aclamara. Nos presentamos ante Martí, Céspedes, Maceo. Todos querían acompañarnos: Lecuona, Piñeiro, Tito Gómez, y hasta el viejo sonero Isidoro Bombú, que nadie sabe quién es, nos hizo coro más de una vez, para no hablar de Somavilla, Romeu, y toda la pandilla que trabajó con Papú desde que era joven.
—¡Qué fuerte, Celia, qué fuerte!
—Sí, Marthica, así mismo. La cosa iba bien hasta que apareció Tata Güines y la bronca fue de anjá. Qué negro para ser rencoroso, porque aquí a nadie le importa el pasado. Eso pensaba, hasta que vino Federico Arístides Soto Alejo con su bate, Mizuno de la Serie Nacional para más detalles, en busca de Papú. La riña fue descomunal. Ni en vida vi algo así. En un abrir y cerrar de ojos Papú le arrebató el bate al agresor. ¡Qué manera de machacarse! Por mucho tiempo me pregunté que llevó al Tata a desencadenar aquel frenético guaguancó sin cueros. Y hoy me entero del chanchullo del cabaret Dos Sirenas. Quién lo iba a decir, actuar en ese tugurio.
—Espero se les haya pasado, Celia, y que ahora toquen juntos como en La Habana.
—No, Paquito, aquí das la talla o te largas. A nadie le interesa un desastre de alma por muy talentosa que sea, por eso este lugar se llama la Gloria.
—¿Y dónde están ahora?
—¿Dónde va a ser? En el Infierno. Directo para el Séptimo Círculo, donde penan los violentos contra el prójimo y demás departamentos.
—Pobres músicos.
—No, señor Elizalde, Papú es feliz allá, dirige la brigada encargada de ampliar el sitio porque cada día aumenta la violencia y sus ideas son muy exitosas. Y saben quién es uno de sus obreros, aparte de Tata Güines, su mano derecha. Antes de que se pongan a especular, uno de los trabajadores del hombre que tuvo que abandonar su carrera laboral para dedicarse a la música no es otro que, ¡tarán!: ¡el Che Guevara! Dicen que Papú y el Tata llevan de la mano y corriendo a ese cabrón. Sí, Marthica ya sé, ¡Qué fuerte, Celia, qué fuerte! Bueno, si no es molestia, me gustaría escuchar el tema "Retozo lucumí", por la Moderna, detesto la versión de Los Violines de Pego.
—Claro, mi reina, deseo concedido. Es un honor para este humilde vasallo.
—Déjame anunciarlo, Patricio.
—¡Qué nivel, Cuba! Adelante, todo suyo.
—Cubanos que me escuchan desde La Habana a Miami y de Baracoa hasta Tokio, para ustedes, del maestro Papú Valdespino, su hermosísimo y potente "Retozo lucumí". ¡Azúcar! ¡Toni, dale play!
Montreal, Junio-julio de 2025.
Francisco García González nació en Caimito, en 1963. Sus libros publicados más recientes son la novela Antes de la aurora (Linkgua, Miami, 2012) y los libros de relatos Nostalgia represiva (Casa Vacía, Virginia, 2020) y Caballo de hielo (Casa Vacía, Virginia, 2025). Este cuento pertenece a un libro en preparación.