(el cielo reflejado)
Vladimir Nabokov
El sabor de la memoria,
nada de masticar
la saliva por su propio peso
lo aglutina,
dispone cinturones
calles, desechos,
escombros que revelan
con más fuerza
la naturaleza
de cada fotograma.
Aquí esos objetos se perciben redondos,
óptica que hace de las suyas
está bruja
deja fluir tendones
su ritmo impredecible.
Cómo puedo entender
que un paisaje se haga
de lo que el reflejo
transforma en permanencia
ilusión,
aquello que el cuerpo usa como
asiento y goce;
en otra circunstancia fue agrio
ahora se torna confortable,
el recuerdo lo muele
de manera estricta.
Lo que estuvo por suceder
y no se concretó
es combustible,
remplaza desde un enigma
las pobres locaciones
que me asedian como lombrices.
Tengo que sacudir
la siembra que llevo
al interior,
desactivar lo lógico
para que una chaveta
no decida el lindero
a donde llego con la mirada
y todo el patrimonio
que acumula.
Cada cual ajusta como puede
con su llave picoloro,
la diferencia está
en la manera que el ojo transmite
hacia la idea,
el instante que cuaja dicha transmisión
se parece a eso
que llaman trascendencia.
Alguien ve un:
"palomar dorado junto al agua",
mientras otro de la misma estirpe
y en el mismo escenario
experimenta que:
"El ojo adquiere en esta ciudad
una autonomía similar a la de la lágrima".
Es relativo el suelo
al que afincamos nuestra brevedad;
así comienza la espera
desde una dimensión increíble,
que fuerza la renuncia
del parásito,
haciéndolo perder su vigor
en segundos.
Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Este poema pertenece a un libro en preparación.