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Poesía

El toro y Cristo

'Este toro que ahora contemplo/ con asombro/ no es el toro bajo vejamen, acorralado/ que mata/ o es matado'

La Habana
De la serie 'Taurobodegón' de Rafael Zarza, 1979.
De la serie 'Taurobodegón' de Rafael Zarza, 1979. Galería Villa Manuela

 

                             a Rafael Zarza


Criatura del deterioro; 
toro  que ofrece matices 
a la imagen,
jugo elemental
signo de en que la fe
también se edifica
desde la merma de la totalidad,
grieta, instante que multiplica
lo intenso y el deseo.

Despéñate en lenguaje y cuerpo
toca con tus intenciones 
los puntos menos accesibles,
deja que el fantasma de su cabeza 
brote de modo irrefutable
e hinque como espinas 
de un cerezo.
Solo entonces tendrás 
la mirada limpia
para contemplar lo que el destino
te obsequia.
Una estampida del abstracto
hace circular la sangre 
que impone su diseño
en cada gesto
en cada decisión 
en el hueso que perdura
regio y sonoro.

Este Cristo protege 
el sueño,
y saluda la vigilia,
sometido a  humedad extrema
en la oscura pertinencia; 
a los sobresaltos 
en los que expreso la finitud.
La muerte trasiega 
con los números,
tiene su álgebra discreta,
un florero que pone
en las esquinas
y va mutando 
según las circunstancias.  
Este toro que ahora contemplo
con asombro
no es el toro bajo vejamen, acorralado
que mata 
o es matado;
anuncia
aquella lasca de cielo
que tragué
en la primera comunión.
En él está un poco la savia 
de todos los toros que he visto
sobre el lienzo
y  en la pradera;
el que paraba en seco
a una locomotora rusa
y el sudor
le trazó graves emblemas
en su piel tornasolada.
Los ejemplares de Goya en su tinta,
de Dalí el alucinado,
el animal por dentro
dejándose mirar
que Bacon transmitió,
aquel de Picasso con unos testículos enormes,
un toro Charles Atlas
donado por Botero,
el  eréctil de Zarza.
Ante los toros de Zarza 
me detengo por un tiempo profundo
hundido como un zinc
cuyo sonido progresivo 
me hace pensar en un músculo roto.
Ellos parecen regresar
desde la muerte
a fracturar falsos discursos,
así se justifica
el vigor que esparcen como 
polvo de palos del monte,
un fuego a ras 
bien a ras
en la vegetación de alambre
que mastican sin descanso
para pasar a la cópula 
e ir encerando pausadamente
los cuernos
hasta que el orador
se quede mudo.

 


Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Este poema pertenece a su libro en preparación Distintas maneras de esperar la muerte.

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