a Renata
La cicatriz por cada tiempo de vida,
una y otra se empastan
como un gueto,
dejan el relieve que será
tu verdadera foto,
única identidad que cuenta,
líquidos dentro de tanto terreno árido,
sonidos
que llegan a ser voces
y alertan
para que el propio viernes 13
no te triture.
Del eje que puedo contar,
a veces de espaldas a su función
te dice:
Desarticúlate,
no termines de caer nunca,
que la caída sea larga,
contundente como un fuete,
que deje marcas, franjas, moretones,
círculos desdibujados, muy tercos,
en algún punto harán trenzas,
conjuras fijadas en el cuerpo
y la mente,
destellos de luces,
fuegos inesperados,
aros que generan calor,
te enaltecen.
La manera de entender se transforma
según crece el vértigo
se hace visible
el instinto de una zorra
saltando sobre el reflejo
de la luz,
esta decide alojarse
en la zona del oído
que escucha las advertencias,
entonces él y su par creen estallar
incorporan el sonido
depurándolo
hasta ser melodía
para que la mueca de los adversarios desaparezca
o quede lisa
como una lámina de vidrio.
El ser se condiciona para cada aventura,
nutrirlo con lo que venga
(esquivar lo tóxico),
descubrir las maneras
en que amorfo
interviene el juego, la ironía.
Acecha y es hecho
el eje
a donde se conecta
la cuchilla.
Cuchilla cuchillo cuchilla cuchillo
el ojo rojo e irreverente
del conejo;
fue entonces cuando escuché "mondongo";
puede ser hormigón o metálico
sirve para encofrar,
ese cemento dejará su mapa
sobre la dócil expresión
de la madera ,
lo inútil como escultura,
brote fulminante en lo involuntario.
Descubro como se encuentra mi dinamo,
rota tal un afecto
o la hoja del sauce,
muta el color de los sentimientos,
los deja en un punto de ebullición
para que después reposen largo tiempo.
Mis riñones me filtran,
dura identidad que se tramita
en esa operación.
Todos los elementos que involucro
se demarcan
vuelven a empezar:
lengua, cuerpo infrarrojo,
la opinión del ojo
y su aliado
que toma nota entre precarias confesiones.
"El henequén, el henequén",
me dice el eje,
este amordaza todo
lo que se pudiera extraviar
y crea fisura en la conducta;
para ello no dejes de caer,
házte el rostro
con jade y con basalto,
que no te dañe lo reciclado
que bata contra él.
Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Este poema pertenece a su libro en preparación Distintas maneras de esperar la muerte.