El animal que desmantela al árbol
queda expuesto…
es la hembra de la especie
o un socarrón
el que se presta
a colocar cada obstáculo
sobre el ápice dorado
en que la idea construye
su fantasma,
resiste,
se vuelve realidad
sobre el peldaño.
Cómo entender este asunto
sin las ramas,
sin las hojas verdeando
encima de la boca,
ni la transpiración
que derroca al ideólogo.
Venganza en el ambiente,
otras hojas pequeñas, secas,
alentadas por el viento
barren cualquier expectativa.
Me impresiona el vientre hinchado
del depredador(a),
su tonalidad casi fosforescente
intenta transformarlo
en una galaxia más;
se veía ensillada(o)
y delirante.
El árbol en su perfección
no se puede mejorar,
un instinto atravesado
nos lleva en ocasiones
a destruirlo;
el (la) que lo desmantela
se alimenta en esa barbarie
tan natural,
no existe nada atravesado
en ella (él);
destrozar para el equilibrio,
después del golpe
o de la herida
hace apertura
una luz más sustancial,
brillante garabato se entromete,
entonces olvidamos
que ha sido dañada la estructura
ya que algo
menos visible se impone,
organiza lo que brota del caos
para volverse una certeza.
Aquello que conserva su raíz,
conserva el mito
la voluntad indescifrable
pero cierta,
afilada hasta el tope,
tan disidente
como esas espinas
que el pargo
transporta con orgullo
sobre su lomo.
Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Este poema pertenece a un libro en preparación.