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Ensayo

La pata de la garza (poetas y poéticas)

'El poema y el poeta no saben que se van a encontrar en el próximo segundo, y esto no tiene que ver precisamente con la inspiración...'

La Habana
Fotograma de 'Paterson' de Jim Jarmusch, 2016.
Fotograma de 'Paterson' de Jim Jarmusch, 2016.

 

                                                   Vivo rodeado de edificios feos como decretos.
                                                                                                          Ángel Escobar

 

El poema destroza todo tipo de orden u orientación, sobre todo si esta tiene un corte ideológico y tiende a adoctrinar. Su energía niega la obediencia, repta hacia arriba acogiendo al vértigo como un aliado muy apreciable y complementario.

El poema sobrepasa los límites, sin importarle la naturaleza de estos, para él, el verdadero conocimiento solo se encuentra después de cada obstáculo, de cada transgresión, ese sobresalto remueve la costra tras la cual se parapeta su contenido, eso que el lenguaje rescata gracias a la enigmática alianza entre la precisión del ojo y el sacrificio del pensamiento. Tras cada consumación la poesía se libera, lejos de repetir o reiterar, descubre, cava, se introduce y sobre todo bojea; quema las estructuras, las somete a sensaciones que los sentidos captan y se asombran, justo en ese momento ocurre de forma espontánea y personalizada un proceso de socialización.

Entre tantas cosas la poesía ha descubierto que las cenizas son tan trascendentales como el fuego. Adoptando una preferencia por los tonos grises, la actividad poética apuesta por esas jornadas plomizas. La ideología se enzarza con lo solar, la luz excesiva que termina por enceguecer a las multitudes y despojar a las cosas de su sensualidad.

La escritura poética goza del proceso, de pronto el lenguaje se dilata, adquiere una atractiva excitación, y en su actividad veladamente violenta lo desnuda todo, procesando cada cosa y cada acontecimiento desde su más auténtica y desenfadada expresión.

El poema y el poeta no saben que se van a encontrar en el próximo segundo, y esto no tiene que ver precisamente con la inspiración, sino con lo súbito en que se manifiesta, esa inmaterialidad que solo es aprehensible una vez que llega a llenar la palabra. Es un suspenso in progress que implica riesgo e intuición, una extrema avalancha de la que hay que discernir que se desecha. Esa es la cuestión: reflejos, gusto, capacidad de transformar y carácter. Se trata, sobre todo, de no dejarse atraer por lo blando y meloso.

Los mensajes de la poesía queman, asfixian, producen escalofríos. Pueden parecerse al ácido porque llegan a necesitar de un contenido homogéneo y demoledor para alcanzar un ritmo que se asemeje al de la música (entiéndanse Bach, Villalobos, Mingus, Gismonti, Brouwer), y en ese estado como de trance retornar a la novedad, dejar la sensación de que su actividad es infinita. Toda escritura en verso que queda al margen de estos síntomas deja la incómoda sensación de transformarse en paja, estorbo, lixo.

El espejo de la poesía es su propia memoria, las huellas y la espesura acumuladas tras tanto trasiego constituyen el azogue, cómplice de la nitidez, de su capacidad de regenerar conflictos y colocarlos en la dimensión adecuada. Ella siente placer y sobre todo orgullo cuando comprueba frente a sí misma el empuje de sinceridad por la que está signada, el rostro que trasciende cualquiera expresión de barbarie e inclusive se encuentra dotado para mirar a los ojos a la barbarie (llegado el momento) e interpelarla.

La esencia más recóndita de la poesía es una sutileza capaz de impregnarle a los acontecimientos y al lenguaje una naturaleza muy particular y dúctil, desde ahí capta una felicidad instantánea, que puede venir a través de un olor, un recuerdo, una imagen, entonces lo que reconocemos como carácter es el responsable de hacerla perdurar en la realidad. En su despiadada complejidad, la poesía puede llegar a transmitir felicidad a partir de manifestaciones de dolor, específicamente entendiendo ese dolor como emisor de lucidez, sentido y permanencia, momentos en que este se aloja para valorizar lo que antes despreciábamos.

La gran poesía escrita se transfiere a través de los tiempos y de los lenguajes; en esas constantes relaciones y conexiones encuentra una manera de expansión. Entre tantos existen, dentro de la creación contemporánea, dos buenos y bellos ejemplos que ilustran con intensidad dichas transferencias y mutaciones. Uno es el cuadro Margarethe (1981), pintado por Anselm Kiefer (Alemania, 1945) a partir de todo el mito y toda la energía desprendida del poema "Fuga de la muerte", escrito por Paul Celan; y el otro la extraordinaria película de Jim Jarmusch Paterson (2016), inspirada en el libro de poesía Paterson (1946-1958) de William Carlos Williams (1883-1963).

Quedamos pasmados ante las extrañas flores de briznas de paja que Kiefer se inventa en su obra Margarethe para que el espíritu y la voz de Celan no sólo renazcan como un acontecimiento visual, sino que se engrandezcan en su extraordinario sentido de recontar la historia y colocarnos ante la barbarie que sólo nuestra propia voluntad podrá impedir que algún día regrese. De una manera prácticamente mística, la imagen preserva la veracidad y el alcance simbólico de la protagonista del texto escrito en 1952; y después de tanto tiempo: el milagro, el pueblo alemán simbolizado por las trenzas rubias de Margarethe rinde cuentas ante el pueblo judío representado por el fondo gris-ceniza que sella la magnitud de la obra.

El caso de Jarmusch es el de un poeta extraordinario que ha optado por el lenguaje del cine. La película Paterson fue una obsesión que acarició casi durante 20 años hasta encontrar al cómplice perfecto para dicha aventura, el poeta Ron Padgett, nacido en Tulsa, Oklahoma, en 1942, a quien le solicitó en el 2014 que escribiera los poemas del protagonista (un pintoresco chofer de autobús público). La elección de Padgett parece insuperable, sobre todo por la afinidad que lo conecta con la obra de Williams, al extremo que su máxima poética se relaciona con un verso de este: "no hay ideas sino en las cosas".

La película traduce con una exactitud conmovedora la manera que Williams tenía de interpretar y escribir poesía y nos convida a salir del sueño contra la soledad de la ya mencionada procreación, enfocados sobre todo en el fuego fugado de Paterson, extendido en el tiempo, y por supuesto en el orgullo del lenguaje, fuego que limpia, enaltece, y brinda la posibilidad de proseguir.

Padgett mejor que nadie sabe de esto, y en el poema de amor que consolida todo el relato del filme, usa a los fósforos (o cerillas) como referente principal. La cabeza del fósforo es tan poética tanto antes como después de producirse la llama, lo que hay un detalle. Antes de encenderse, el fósforo tiene la posibilidad de tener tantos colores como fabricantes, después todos quedan sometidos a una uniformidad para algunos aterradora: el gris. Este es el precio a pagar para adueñarse de una memoria fugaz y única. La vida del fósforo representa a la perfección una metáfora doméstica y minimalista que, como ninguna otra, relaciona a la ceniza con el fuego.

Entonces se trata de encontrar la poesía así: desplazándose en una suerte de obsesión que se pueda interpretar como un espacio donde hasta la propia vida llegue a quebrar inesperadamente, es algo que casi ha desaparecido de las costumbres literarias de estos tiempos. El sueño de lo celeste muestra  dicha obsesión como el proceso por el cual atraviesa un campo de centeno desde que brota el primer embrión hasta el día de la siega definitiva; esto significa quedar dispuesto a dialogar con la mente (poética) capaz de ejercer un rozamiento (que termina siendo lenguaje) ante el tedio de la existencia y el contenido efímero de las ilusiones. Subir una montaña construida por la mente y tantos anhelos que fueron contaminando la verdadera capacidad de ser felices; aquí  se nos ofrece la contrapartida, en interior.

Como otras tantas veces la poesía vuelve a poner los vivos frente a los muertos, en un diálogo tenso donde aquello que identificamos como herencia o legado llega a transformarse en un bulto pesado y hasta ajeno, por momentos, a la velocidad de la que nos ha tocado participar, pero muchas veces en esa densidad llegamos a reconocer el sentido, la extraña sustancia por la que clamamos y esta llega a mostrarse escurridiza y difusa. Siempre se genera una encrucijada detrás de cada verso; una expresión del duelo que tiene ritmo justo donde termina pareciéndose al canto.

Estos ojos no han declinado ante tantas expresiones de la violencia, la han enfrentado de la aurora al crepúsculo, siempre con la metáfora, haciendo arder las pupilas y tragando hasta la desmesura, sin herir la córnea ni el corazón, bajo el roce constante de la inestabilidad.

Igual sería saludable pensar en una actividad onírica que se va amalgamando con toda la realidad que acontece en la vigilia, campo de pulsiones al que se suma como elemento de complejidad el constante eco de la memoria, en este caso abarrotada y tensa, capaz de ofrecer a cada uno de los escenarios y sus desenlaces una suerte de atmosferas tipo vintage, que permiten apreciar con mayor exactitud los estados de ánimo y sus súbitas transiciones. Su manipulación de la imagen va de ramales en ramales, alcanzando una intensa propagación capaz de imponer un delirio visual que con el devenir de la experiencia va a impregnarle una creencia al lector totalmente imposible de transmitirla de otra manera, como por magia accedemos a la singularización de cada evento y al fuerte reflujo de su metabolismo.

Me inclino por una poesía que no tiende a complejizar lo existente, sino a crear relaciones y códigos totalmente negadores de la linealidad instaurada como costumbre dentro del pensamiento del lector; por lo que muchas veces lo existente va a transcurrir dentro de un simbolismo atenazante, propio de la ambición de la poesía, y en alguna medida de su ingenuidad edificadora. Verso tras verso aparece su reto, su provocación máxima se relaciona con hacerte seguir un rastro, poner a prueba el instinto diáfano de la mente que aspira a acercarse al "al misterio de la poesía", un instinto que no debe torcerse ni exasperarse, y que se transforma en el último y necesario aporte durante el trayecto de la búsqueda.

La poesía necesita estar permeada de un eros, una envoltura, un grosor donde claramente prolifere el fuego y sus consecuencias; este eros, sin dudas, puede formar parte de la fe, otra arista importante de ese recorrido, punto exacto donde el brillo del ojo de Santa Teresa de Jesús intercepta el brillo del ojo de San Juan de la Cruz. Hablamos de algo así como de la  palanca y sostén, festín donde los contrapuestos se auxilian bajo el efecto de una rara alteridad.

Por todo lo anterior, pienso que la poesía es aquello que va contra toda orientación pedagógica y sobre todo contra la triste idea del magister, de que entre nosotros existe, o deba existir siempre, un poeta sabio al que hay que seguir, y que este hasta se merece con urgencia el premio literario de la nación, aunque en realidad su virtud se limite  a engarzar con "ingeniosidad" un saco de anacronismos que suenan muy bien en los oídos de aquellos que no están dispuestos al verdadero sacrificio que significa entrar al poema.


Ricardo Alberto Pérez nació en Arroyo Naranjo en 1963. Sus libros de poemas más recientes son ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). Publicó una antología personal, Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños.

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