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Narrativa

Dos historias de 'Vilis'

'Había un dentista travesti. Un dentista que no hacía operaciones en la boca, sino que llevaba a cabo transformaciones en un lugar del cuerpo. ¿La pierna sería ese lugar?'

Miami
Cubitera de hielo.
Cubitera de hielo. Viadurini

 

Ernesto López, ya frente al cadáver de su prima, se dice que esta parece un maniquí de cera; le reza un Padrenuestro, y se acuerda del Paseo del Prado, en La Habana.

También Ernesto López siente, por su cuerpo, el sabor del plomo derretido.

Pero lo peor no fue esto, sino el hecho de que cuando Ernesto López, obsesivamente detuvo su mirada en los labios de cera de su prima, soñó que esta le decía: "Había un dentista travesti. Un dentista que no hacía operaciones en la boca, sino que llevaba a cabo transformaciones en un lugar del cuerpo. ¿La pierna sería ese lugar?".

Ernesto López, como no supo qué hacer con esas palabras de su prima difunta, lo único que se le ocurrió fue echarse a llorar.

Por eso Jaino Monifanio, un viejo exconcejal del Municipio de Alacranes, al ver llorando a Ernesto López dijo: "No hay duda, la familia es siempre la familia".

*

Retirado, confidencialmente, me dijo el viejo camarero que antes, en los grandes banquetes, con solo probar el hielo de sus hieleras respectivas, podía él cantar las canciones de los países de aquellos clientes que estaban sentados a la mesa. "Por ejemplo", me dijo, "llegué a una perfección tal que, en inolvidable ocasión y después de probar el hielo de la mesa de unos bolivianos, al instante empecé a cantar el Himno Nacional de Bolivia. ¡Qué éxito fue aquello, Lorenzo!" Sin embargo, siguió diciéndome el camarero, sucedió que una vez, por probar infructuosamente, varias veces, el hielo de la hielera de unos argentinos (argentinos que, además, habían llegado tarde al banquete), le fue imposible a él, cantar ningún tango. Y esto, terminó diciéndome el camarero, fue desastroso para él, ya que por la depresión que le produjo su fracaso con el hielo de los argentinos, no le quedó más remedio que jubilarse.

Pero nunca he sabido el porqué de que el viejo camarero me contara todo esto. Es muy posible que él esté completamente loco. 


Lorenzo García Vega nació en Jagüey Grande, Matanzas, en 1926 y falleció en Miami, en 2012. Sus últimos libros publicados fueron Papeles sin ángel (2005), Cuerdas para Aleister (Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2005), Devastación del Hotel San Luis (Mansalva, Buenos Aires, 2007), Son gotas del autismo visual (Mata-Mata, Ciudad Guatemala, 2010), Erogando trizas donde gotas de lo vario pinto (La Palma, Madrid, 2011). La editorial Renacimiento reeditó este año su libro de memorias El oficio de perder. Estos fragmentos pertenecen a Vilis (Colección Baralanube, Édition Deleatur, Angers, 1998), con dibujos de Ramón Alejandro. 

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