A Ida Vitale y Enrique Fierro
Todo lo que brilla ve,
si no en torno, algo lejano.
Ve el relente. Ve el verano.
Ve la luna. Ve la fe.
Ve el relámpago que guiña
y el sol que se deshidrata.
Ven la cuchara de plata
y el corazón de la piña.
La ventana que el vecino
ilumina a medianoche
ve, y la pintura del coche
fúnebre que abre el camino.
Tras las pompas de jabón
velan las hadas madrinas,
y el faro, cíclope en ruinas,
ve en la sombra a Poseidón.
La pupila del quinqué
mece, por niña, una llama.
Ven la burbuja y la escama.
El ojo de vidrio ve.
Las plumas del colibrí
ven tanto que el ave, presa
de la incertidumbre, cesa
de volar lejos de sí.
Y La isla del tesoro
dispuesta en cualquier estante
no sólo ve: lee el semblante
del lector. Ve el diente de oro.
Ven la bola de billar
y el hielo. Ve la pantalla
del televisor que estalla
en mil colores. Ve el mar.
Y ven la Estrella del Alba
y la gota de rocío.
Ve el sudor, pétalo frío;
ve la perla, ve la calva.
Las monedas que extraviamos,
el espejo que rompimos,
los sueños que no dormimos
ven, saben por donde vamos.
*
Que la taza de café
reverbere en mi velorio:
no es un párpado ilusorio.
Todo lo que brilla ve.
Orlando González Esteva nació en Palma Soriano en 1952. Fondo de Cultura Económica ha publicado una antología de sus textos: ¿Qué edad cumple la luz esta mañana? (México, 2008). Sus libros más reciente son El parlachín extraviado (Artes de México, Ciudad de México, 2024) y La juventud del azar (Pre-Textos, Valencia, 2025). Este poema pertenece a su libro Escrito para borrar (Ediciones La Palma, Madrid, 1997).