En el contundente ensayo de T. S. Eliot sobre William Blake se ofrecieron sugerencias que un siglo después aún arguyen con las olas —como diría Eliseo Diego, que tanto disfrutó The Waste Land y Four Quartets—. El pasado Día Mundial de la Poesía (21 de marzo) subí a Facebook la invitación a la lectura de aquel texto. Algunos de los que acusaron recibo conversamos sobre la caracterización de Blake o las peculiaridades consustanciales a un poeta que allí ofreció Eliot.
Logramos armar ciertas curiosas inferencias y especulaciones que apenas enuncio aquí, pues me limitaré a ofrecer una síntesis del valioso ensayo, en la inteligencia de que el tema mantiene un renovado interés. El original aparece fechado en 1920. La primera versión al español la realizó Sara Rubinstein para Emecé Editores. Buenos Aires, 1944. Fue tomado de la edición inglesa: Selected Essays (1917-1932).
Los dos tomos de la edición argentina pertenecieron —por cierto— al Curso Délfico impartido por José Lezama Lima en su aula de Trocadero 162 entre Industria y Consulado, La Habana. Los essays de Eliot, desde luego, también formaron parte de la rigurosa selección de textos de crítica literaria que Harold Bloom aconsejaba a sus estudiantes de Yale en New Haven, Connecticut. He tenido el placer —siguiendo a los maestros— de recomendárselos a mis alumnos en Cuba, México y Estados Unidos, como dieta básica para su salud como lectores especializados en obras de arte literario. La lectura de los ensayos de Eliot —como los de Ezra Pound— se halla entre los antídotos contra la novolatría y la futilidad.
Pero no se piense que jerarquizo la formación académica sobre la autodidacta, sin ver equívocos entre ellas. Esta es una de las primeras consideraciones que se derivan de la lectura de los ensayos de Eliot, válida en los dos sentidos, hacia los académicos que subestiman a los autodidactos y hacia estos últimos cuando equivocadamente encasillan y almidonan a los universitarios.
Se aprecia que un poeta como Eliot respaldara tal apreciación pluralista, libre de pedanterías, de petulancias ridículas, típicas —como solía decirme Lezama— de doctores-filólogos de "teclado ligero"; de doctores-filólogos "multiculturalistas" —como decía Bloom—. Sin embargo, parece que tales filólogos (doctores o no) son triviales insumergibles. Y abundantes. Muy abundantes en esta primavera de 2025 donde hasta la Inteligencia Artificial es incapaz de vadear el oleaje del analfabetismo funcional, sus mareas tóxicas.
Eliot comienza su ensayo sobre Blake regalando una sorpresa. Dice: "La poesía de Blake tiene esa cualidad de desagradable que distingue a toda gran poesía". ¿De qué se trata? ¿Desagradable? Tras sacudir la cabeza uno lee que se refiere a "cosas" que "por alguna extraordinaria labor de simplificación, exhiben la flaqueza o la fuerza esenciales del alma humana", es decir, valorada a través de la lectura del conjunto de sus poemas; que —obviamente— no agrada, des-agrada, rompe la trivialidad porque logra transmitir una "honradez". Blake, al igual que en sus grabados y dibujos, desbarata cualquier visión falsa.
Inmediatamente después Eliot establece un deslinde decisivo, tras apuntar de nuevo que son poemas técnicamente admirables. También con la razón del erudito que ha estudiado la biografía y la época, señala que Blake "no se vio obligado a adquirir ninguna otra educación literaria fuera de la que él deseaba , ni a adquirirla por ninguna otra razón fuera de ese deseo". Y añade: "nada había para apartarlo de sus intereses o para corromper esos intereses, ni las ambiciones por parte de los padres o de una esposa, ni las normas sociales ni las tentaciones del éxito; tampoco estaba expuesto a la imitación de sí mismo o de algún otro. Esas circunstancias —y no su supuesta espontaneidad inspirada y no enseñada— son las que le confieren esa inocencia".
Tras comentar admirativamente los Songs of Innocence and of Experience y los poemas del manuscrito Rossetti, Eliot afirma que en ellos "las emociones se presentan ahí en una forma simplificada en extremo, abstracta. Esta forma es un ejemplo de la lucha eterna del arte contra la educación, del artista literario contra la continua deteriorización del lenguaje". ¿Es necesario mencionar autores cuyas obras han sido víctimas de la "educación", se han visto "estorbadas" por la "cultura"? ¿Cuántas personas —no siempre académicos— capaces de dictar cursos sobre poesía, dirigir talleres literarios, clases de escritura creativa o monográficos sobre obras inmortales, escriben poemas mediocres? Eliot advierte: "Naturalmente no es la información adquirida en sí misma la que resulta perjudicial, sino la conformidad que la acumulación de conocimientos tiende a imponernos". Conformidad —se sabe— que suele abundar entre poetas de segunda fila —epígonos o no— cuya "información" cultural lamentablemente lastra sus textos, opaca sus potenciales logros artísticos.
Es el tan autorizado crítico literario quien desde el poeta —y dramaturgo— que a la vez fue, concluye brillantemente su caracterización del grabador: "Se aproximaba a todo con una mente despejada de opiniones corrientes. No había en él nada de la persona superior. Esto lo hace terrible".
El "terrible" artista William Blake es el que después recibe algunas objeciones, por lo menos como advertencias, en el ensayo de Eliot. Quizás la más interesante se refiere a la "excentricidad", que "lo hace propenso a lo informe"; aunque tal vez ese rasgo lejos de disminuirlo contribuye a hacerlo más singular dentro de la poesía de habla inglesa, lo que abre la apreciación de la estructura de sus poemas largos, de sus digresiones como parte de su estilo y no como carencia. Quizás Eliot se resistió a dialogar con las herejías anglosajonas, desde sus exaltaciones cristianas, mediterráneas y anglicanas, desde su entusiasmo por Dante. Lo indubitable es que las tradiciones latinas "no son esenciales para la inspiración de Blake", como al final del ensayo concluye el mismo Eliot. Porque "Blake estaba dotado de una capacidad para una comprensión considerable de la naturaleza humana, de un extraordinario y original sentido del idioma y de la música del idioma, y de un don de visión alucinada".
¿Qué sugieren William Blake y T. S. Eliot? Invitan a excedernos en leer y releer para lubricar la apreciación artística, revivir con sencillez el diálogo que desde los griegos opone conocimiento a inspiración. O buscar entre los "Proverbios del Infierno" —en The Marriage of Heaven and Hell— un aforismo que dice: "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría".
José Prats Sariol nació en La Habana, en 1946. Ha publicado varios libros de ensayos, los libros de cuentos Erótica, Cuentos, Por sí o por no y Delusions, y las novelas Mariel, Las penas de la joven Lila y Guanabo gay (Aduana Vieja, Valencia, 2022).