Como aquellas deudas que escribí
en los ochenta,
todavía hago listas de las cosas
que no probé entonces
y la lista se abalanza
de una libreta a otra sin recuperar
—en su esfuerzo inútil por incrementar
las pérdidas—,
todo lo que no fue.
¿Circunstanciales? —dices.
Son poemas que rellenaron las libretas
a falta de tocar las diferentes texturas
y formular alguna experiencia
más que con esa voz
contraída
que apenas roza por costumbre
el desfile de unos cuerpos
extraños siempre.
Por eso, el verano está donde
aquella luz oblicua se desploma,
desprotegida cada vez más
sobre la circunferencia de una mesa
también cómplice
entre retazos de sol
que por casualidad calientan
mis manos y mis pies en tajadas
imprecisas
como si fuera verano de nuevo aquí
y les huyo,
junto al vaso de té con trocitos de hielo
que se enfrían fragmentándose
por un desear volver a querer,
queriendo lo que no puedo.
Que al derretirse contra el vaso
perlado solo por la apariencia
de esa luz tangencial sobre él,
vuelve a estremecerse apenas
como un suceso irreversible
por lo que no pudo
y me confunde:
su diferencia al tacto contra lo probado
hasta el cansancio,
ese es el tema.
Reina María Rodríguez nació en La Habana, en 1952. Autora de numerosos libros de poesía, algunos de los más recientes son: Achicar (Fondo Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro, México, 2021), Dársenas (Ediciones Furtivas, Miami, 2022) y Cortar las muñecas (ICE Press, 2022). Este poema pertenece al libro inédito La que abre las cosas.