Desde que el cineasta Ricardo Figueredo salió de Cuba para asentarse en Argentina, lleva imaginando una película sobre esa condición extraña que supone quemar las naves para empezar de cero en un sitio desconocido. Poner frente a la cámara, como ha hecho en más de 20 años de carrera fílmica, una realidad nueva, implica un grado elevado de incertidumbre.
Y he aquí que en alrededor de dos años se las ha arreglado para imaginar, componer, emprender y desarrollar un documental de largometraje dedicado a esa condición migrante. Para ello, recurrió a lo más cercano a su propia experiencia: una comunidad de artistas cubanos de su misma condición, desperdigados por la nación austral, a quienes fue conociendo por el camino y con quienes nació Sinfonía del destierro.
Hablo de un largometraje todavía por terminarse, cuyo montaje sigue en obras, avanzando paso a paso pese a la precariedad de recursos. Sobre ello dialogamos.
¿Cómo nace este proyecto y qué características tiene?
En el invierno bonaerense de 2024, a unos pocos meses de haber llegado a la Argentina, me daba vueltas la idea de hacer un documental donde, a través de las vivencias de un artista, pudiera explicar la desolación y la extrañeza de la emigración. En un principio pensé en algo muy personal, de mis vivencias y de las inevitables comparaciones en lo referente a los modos de vida y los derechos de esta nueva sociedad que habitaba.
Por esos días un amigo me envió la excelente convocatoria del Artist at Risk & Pen Internacional, un programa para artistas cubanos en la diáspora. Rellené los formularios como un orate, apliqué con una idea muy primaria de lo que me imaginaba hacer, y me sentí realizado de ir armando el proyecto en función de la convocatoria. Un tiempo después comencé a frecuentar a un grupo de cubanos que ya conocía por referencias y por amigos en común que compartíamos. Sabía de su pasado artístico en Cuba, como la banda Enfusión, además de Atemporal Trío (Jessica Zequeira, Noslen Porrúa y Mario García). Desde el primer acorde me enamoré de su música, de su cubanía y de los tremendos deseos de hacer arte que tenían a pesar de las dificultades que el entorno proponía.
Muy pronto empezó una relación de amistad, y en la medida en que los conocía más, se me hacía la idea de que eran personajes tremendos para una película. Una noche, después de una actividad en la Embajada de Chequia organizada por la fundación Cadal, mientras tomaba un vino al final del concierto con Noslen, le dije: "Apliqué a un fondo para hacer un documental sobre la emigración de los artistas. Si lo gano, quiero que sean ustedes los personajes". Y Noslen, sin pensarlo, me dijo: "¡Dale!" Unas tardes después recibí un correo electrónico donde me confirmaban que había recibido la beca y lloré de alegría.
"Cuando conocí a los chicos de Atemporal, vi en ellos la representación de un profesional del arte que tiene que adaptar su vida a las circunstancias del país al que han emigrado: la frustración de dividir tu vida entre trabajar en un hotel, en un taller y dedicarle el tiempo que tienes libre a tu pasión. Eso me hizo elegirlos. A este grupo de artistas cubanos en el exilio se sumaron Karel Fleites, que llegó de Paraná a intentar repetir una gira que hizo con Noslen en el pasado (sería una excelente idea rememorar esas aventuras), y me fui acoplando a su idea, que llevó en ese recorrido a que aparecieran otros artistas cubanos que residen en Argentina y que representan de alguna manera las distintas voces del exilio: Maykel García, un actor, bailador de tango y músico; Alexander el Kilo, un artista del hip hop que vive en Quilmes; Geraidy Brito y Yaqui Sainz, dos teatristas, titiriteras que tienen un teatro hermoso en Junín llamado La Casa de los Títeres; la familia de Karel en Paraná; músicos argentinos de la banda La Nave de Regreso.
También participan el filántropo argentino Sergio Favot, CEO de Casa C, en General Belgrano, y el cantautor argentino Jorge Chizzo, dueño de los estudios La Cuesta, en San Luis. Todos estos personajes transitan por la película de una manera orgánica, sin entrevistas, y van apareciendo en el transcurso del viaje descubriendo sus mundos a través de la observación, la conversación y el pensamiento. Los personajes son auténticos relatos de la emigración artística cubana y su relación con el nuevo entorno que enfrentan.
¿Hay algo autobiográfico aquí, siendo tú mismo un emigrado cubano en Argentina?
Sí, el guion está lleno de reflexiones sobre la vida, el amor, la amistad, y sobre todo de la experiencia dolorosa de emigrar, que son parte de las cosas que me han ido sucediendo a lo largo de estos tres años en Buenos Aires.
Tu experiencia con el documental es larga, pero percibo que en este caso usaste un estilo de relación con los personajes diferente, apelando a una postura algo más interactiva. ¿Cómo asumiste la forma de filmar y registrar?
La película es un documental que evoca la ficción, también llamada no ficción, y lo planteo de esa manera en su fluidez narrativa. Pero al mismo tiempo es un documental musical, porque está concebido para mezclar dos tiempos musicales narrativos diferentes uno del otro: uno, la música propia de los protagonistas, que ilustran momentos de ensayos, conciertos e inspiraciones; y la segunda, la incidental, que marcará los momentos de pensamientos, secuencias oníricas o amorosas que carecen de diálogo. Esta banda sonora será interpretada por una orquesta sinfónica y está compuesta y dirigida por Carlos Fidel Taboada. A la película le quiero poner un sello de autor, por eso también es una película experimental, porque trataré de que el pensamiento, las ilusiones, las pesadillas, la pasión, las ausencias tengan espacios en la trama. La película estaría contada en tres actos sinfónicos: los sueños (Allegro moderato), el amor (Romance Andante) y el viaje (Rondó, Allegro vivace).
¿Por qué elegiste el formato de largometraje?
Fue medio casual, la verdad. Quería hacer algo más corto, menos complicado, pero había tanto para filmar, había tanta magia en el viaje con Jessica, Noslen y Karel y el entorno que los rodeaba, que no paré de rodar. La fotografía está a cargo de una joven talentosa paranaense, Floriana Lazzaneo, que tiene una mirada cinematográfica muy expresiva y hermosa, que me cautivó con sus registros. Habíamos hecho un guion escaleta que también era un plan en el que parametramos una serie de acciones que ayudaran a contar el relato. En esa escaleta, Karel llega de Paraná cansado y deprimido por no hacer conciertos y convoca a Noslen a irse con Atemporal a una aventura musical por varias provincias de la geografía argentina. Mario no puede ir, su trabajo lo tiene exhausto, y hacen el viaje solo ellos tres. Tienen el propósito también de grabar un disco con temas compuestos desde que residen al sur del continente y que forman parte de la banda sonora de la cinta. Sobre ese argumento nos fuimos a la aventura, que me llevó a conocer la hermosa geografía argentina: filmamos en Buenos Aires, Junín, Paraná, Entre Ríos, General Belgrano, San Luis, Córdoba y La Habana.
¿Qué falta para terminar la película? ¿Cuáles puertas has tocado, qué dificultades tienes y qué opciones manejas para la posproducción?
Esta película ha sido un aprendizaje, doloroso pero aprendido. Todo funcionó excelente, como un tren, en la preparación y el rodaje en los meses de septiembre y octubre de 2024. Yo tenía un cronograma de trabajo que en enero de 2025 debía haber tenido un corte de 20 minutos y otros elementos visuales para llevarlo a fondos, productoras y poder completar el dinero de la beca, que no me alcanzaba para terminar la postproducción. Entonces cometí el error de querer hacer que las cosas funcionaran como en Cuba, y los códigos humanos, la miseria, nos convierte a las personas en que confiábamos en perfectos desconocidos. El editor con el que pacté tener listo ese material desapareció con parte del dinero pagado por adelantado. Eso me llevó a una crisis tremenda y terminé dejando la película a un lado.
Además, justamente todo se mezcló con la no aprobación en Cuba de los permisos de filmación para un documental polaco, que no fue admitido por el ICAIC por contar con mi presencia, y fue aprobado cuando renuncié. Todo eso, más destellos de problemas personales de toda índole, hizo que me fuese a trabajar a un restaurante, La Terraza de Giardino, un lugar con un trato horrible, donde un capataz en jefe maltrataba e insultaba a sus trabajadores, como lo hiciera aquel personaje del ladrón en la película de Peter Greenaway (El cocinero, el ladrón, su mujer y el amante de esta). En fin, al primer altercado con él, recogí y me fui. Estuve cerca de tres meses con una semi crisis depresiva que no me dejaba avanzar en ningún sentido. No tenía ni editor, ni dinero para pagar a uno nuevo.
Aun así, busqué soluciones que no me funcionaron, y entonces conocí a Gabriel G. Montesinos, que había montado la película La Yuma, de Valeria Grossi, con mucha imaginación y recursos muy interesantes. Nos reunimos a comer medialunas en un café neoclásico del barrio de Caballito. Allí, después de una buena conversación sobre el cine, los proyectos y varios cafés aguados, quedamos en que trabajaríamos. Solo necesitaba algún dinero para pagarle los generosos honorarios para construir un teaser y algunos cortes armados para buscar financiamiento. Entonces apareció una beca otorgada por Cultura Democrática y fue como una bendición. Gracias a esa posibilidad, he vuelto a sentirme motivado a seguir persistiendo y trabajando en la obra.
Gracias a estos fondos pude hacer una carpeta de producción, el teaser de diez minutos y los primeros 20 minutos de una película que tendrá 90 minutos en pantalla. Ahora estoy aplicando a varios fondos y teniendo reuniones con productores. Estoy produciendo esta película de una manera muy artesanal, no he aplicado a ningún fondo en Cuba. He aplicado básicamente a becas de creación y sponsors para artistas en el exilio, manejando micro presupuestos de manera que yo pueda tener el control total creativo. Esta película ha ganado una beca del Pen Internacional, Artist at Risk, Fundación Cadal, Cultura Democrática, Amada Context y La Covacha Films, que han brindado aportes no monetarios.
¿Cómo defines ser un cubano emigrado en Argentina hoy?
Buenos Aires es una de las ciudades más bellas en las que he podido estar. Es romántica, desbordada de cultura, con una alta tradición en asuntos democráticos y derechos humanos. Van a las protestas con la misma pasión que van a una cancha de fútbol o a ver un concierto de La Renga, y esa pasión me hace sentir envidia de tener un poco de todo eso en mi país. Más allá del presidente que tengan o no, la Argentina es un gran país y ojalá nunca dejen de luchar por sus carencias e injusticias. Yo me he sentido bien recibido.
Decir que eres cubano siempre abre una puerta al diálogo, a las preguntas, a hablar de la utopía. He tenido conversaciones delirantes con gente inteligente, defensoras de todos los derechos humanos y de los animales, y no les parece de ninguna manera que Cuba sea una dictadura. He conversado con personas que jamás fueron a Cuba y aseguran que yo estoy equivocado, pero no es así en todos los casos. Conozco mucha gente solidaria. He comenzado a hacer amigos, también he comenzado a perder otros. La vida es un ciclo, y no cinematográfico. Ojalá no sea en vano, y si lo es, también lo disfruté.