En diciembre de 2025 emocionaba la noticia del redoble de campanas de la Iglesia de La Milagrosa en Santos Suárez, La Habana, en apoyo a las protestas populares por la crisis energética. Al cacerolazo se sumó el repique del bronce, amplificando de manera poderosa el reclamo de la población. Su silencio forzado evidencia la coacción sobre todas las vías utilizadas para transmitir el ansiado mensaje de libertad.
Aunque hoy deben permanecer calladas, las campanas en Cuba han hablado mucho durante los últimos cinco siglos. Su sonido ha sido parte importante del ambiente sonoro del espacio urbano y también del rural, y estuvo muy conectado a tradiciones, modos de vida y hechos históricos.
En la ciudad ha tenido presencia extendida con la multiplicación de templos católicos por cada nuevo barrio o ampliación urbana. En el campo, fue uno de los elementos imprescindibles del ingenio, utilizada para marcar el inicio y fin de la jornada, y también para dar avisos o llamados a la comunidad —primero esclava, luego campesina y obrera—. No extraña, por tanto, que haya sido el vehículo que convocó a la guerra a los esclavos en el ingenio La Demajagua (Manzanillo), en 1868; que en La Teresa (Mayabeque) avisara del paso de la columna invasora de Antonio Maceo que prendió fuego a los cañaverales, en 1896; y que allí mismo llamara a huelgas sindicales en 1922 y 1930. Por esas razones, la campana de este central, hoy llamado Héctor Molina, devino símbolo del municipio San Nicolás, y así fue aprobado en 1999 por el Acuerdo 129-IX. Por su parte, la campana de La Demajagua, fue declarada junto al sitio histórico, Monumento Nacional en 1978.
Como vehículo de comunicación, las campanas fueron utilizadas históricamente para transmitir todo lo importante: festividades nacionales y religiosas, visitas de personalidades ilustres, graduaciones, bodas, entierros, ataques, incendios, etc. Su toque es un arte complejo que convirtió en vocación la vida de muchos campaneros y adiestró el oído de varias generaciones que sabían identificar las diferencias entre repique, redoble, clamores, etc. Resulta curioso imaginar cómo podían comunicar las campanas noticias como la captura de Fernando VII por Napoleón, o el regreso del rey a España, pero así lo afirma la prensa.
Fue además uno de los primeros medios de comunicación que, por la fuerza de la tradición, no pereció, a pesar de incorporarse otros más modernos, al menos hasta la primera mitad del siglo XX. En épocas tempranas trabajaba de conjunto con las señales visuales transmitidas desde las fortalezas y torres de vigilancia para avisar de peligros o de la llegada de un navío al puerto.
Antes de que se articularan los cuerpos de bomberos, a los siniestros asistían grupos de voluntarios que se movilizaban entre la población al llamado de las campanas de las iglesias. Estas tenían un código recogido en el Bando de gobernación y policía de la Isla de Cuba (1842) del capitán general Gerónimo Valdés, que indicaba: "El primero que advierta o note fuego, sea o no vecino de la casa en que ocurra, si fuere en poblado, dará aviso a la parroquia que corresponda, y el campanero tocará a vuelo la campana mayor que hubiere en la torre o campanario, haciendo de cuando en cuando una pausa, dará el número de campanadas asignadas al barrio donde sea el fuego. Las demás parroquias corresponderán haciendo un toque de golpes apresurados con dos campanas a la vez, que suspenderán de minuto en minuto para repetir con la campana mayor el número de campanadas que exprese el barrio donde sea el fuego".
Dentro de lo efectivo del llamado, puede uno imaginar lo distinto que sería para el avisado interpretar un fuego en el barrio de La Fuerza al cual correspondían tres campanadas o en el de El Ángel, seis; que cuando era en Jesús del Monte para el cual debían darse 24 golpes o en el del Cerro, 25. Asimismo, hubo etapas en que el incesante toque era la más notable evidencia del drama social acaecido, como en la epidemia de peste de 1649, cuando en pocos meses fallecieron en la capital 592 personas, y las campanas anunciaban cada entierro, incluso, siendo más incisivas en dependencia del prestigio del difunto.
Entre tanto repique enunciativo debía también la población identificar los diferentes llamados que regularmente daban sonido a la villa, marcando las horas del día y llamando a la liturgia católica. En un artículo publicado por el Diario de la Marina en 1949, el campanero Federico Junto, que dedicó su vida a sonar las campanas de la Catedral de La Habana y de la Iglesia del Espíritu Santo, comentaba que el toque variaba si se convocaba a una misa cantada, a una misa solemne, etc.
Los sonidos regulares que entonces se mantenían eran el de la primera misa (Ave María) que, en dependencia del templo, podía ser a las 6:00AM o 7:00AM. Le seguía a las 12:00PM (virtudes de la Virgen), a las 3:00PM (la muerte de Cristo), a las 5:00PM (el Rosario), a las 6:00PM (el Ángelus) y a las 8:00PM y 9:00PM (el Ánimas). Estos últimos, que llamaban al recogimiento, han sido los más recordados pues estuvieron asociados al preaviso y cierre de las murallas de la ciudad, que luego se amplificó con el cañonazo.
En este punto se puede uno hacer idea de la enorme presencia que en la vida cotidiana tuvo el sonido de las campanas durante toda la Colonia y la República. Un panorama auditivo que, en ocasiones, rozó el descontrol, y por ejemplo impulsó, en 1803, al obispo Espada a firmar un edicto para impedir el "abuso excesivo" de ellas. En esos años, según la periodista Gina Picart: "los siervos de Dios complacían, previo pago en metálico, a todos aquellos ciudadanos que acudían a solicitar toques de campana por la salud de los enfermos, por las muertes ocurridas, por los velatorios, nacimientos, bautizos, bodas, cumpleaños y por mil otras razones de las cuales no estaba exenta la más pura vanidad personal".
Asimismo, el tiempo de las campanadas excedía con creces lo normado, debiendo por ejemplo el Ave María y el Ánimas durar tres minutos, cuando en realidad tañían 20.
Muchos años después, en 1871, el testimonio de Samuel Hazard, todavía describe el despertar en La Habana de la siguiente manera: "Apenas despunta el día, lo cual sucede en Cuba a hora muy temprana, el recién llegado viajero se ve sorprendido en su delicioso despertar mañanero por el alarmante sonar de las campanas, proveniente de todos los ámbitos de la ciudad. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan el aire cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazan ya a toda la ciudad. Figúrate, ¡oh, lector!, a tu pueblo nativo con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual. Coloca las cuerdas de estas en las manos de algunos hombres frenéticos que tiran de ellas, primero con una mano, luego con la otra, y tendrás una débil idea de lo que es un despertar en La Habana".
Actualmente, salvo el breve llamado a misa y a celebraciones marcadas por el calendario católico, las campanas no tienen presencia constante en el universo auditivo cubano. Aspecto sobre el que también influye el deterioro físico de campanas y campanarios en todo el país. Apenas en el centro histórico de La Habana Vieja se ha recuperado su uso en la celebración de otros eventos. Así, desde 2018 repican las campanas restauradas de la Catedral por el aniversario de la ciudad cada 16 de noviembre, y desde 2013 tres toques de la campana rescatada de la Iglesia de Santo Domingo anuncian la promoción de los graduados del Colegio San Gerónimo, y cada 5 de enero celebran el aniversario de la Universidad de La Habana.
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En Yaguajay, en su parroquia del parque Martí, los domingos ( tan silenciosos siempre), siguen repicándolas para llamar a Misa.
Gracias a Yaneli. Las campanas de las iglesias no se salvaron de la censura. Y eso que Fidel Castro había formado un show mediático cuando se robó la de La Demajagua.
De niña, las campanas de la Iglesia en mi pueblo sonaban todos los días, por las misas, los domingos, fiestas de patrón, Semana Santa en anuncio de las procesiones, etc. Les oí decir a mis abuelos que su sonido era muy bonito y especial; también después, que el cura las había cambiado tras una reforma de la Iglesia y ya no sonaban lo mismo. El hecho es que crecí oyendo campanas. Solo volví a escuchar campanas fuera de Cuba, donde vivo. Dos iglesias cercanas las hacen sonar a diario. Lo que para mí volvió a ser un sonido familiar, para una cubana mucho menor que yo de visita en mi casa fue algo novedoso: "¿Eso son campanas?", me dijo sorprendida.