Para las colonias españolas asentadas en Cuba fue vital mantener vivas sus tradiciones y establecer espacios de reunión y hermandad donde poder desarrollarlas y materializar símbolos comunes de identidad. Entre las advenidas, la catalana fue una de las más poderosas y la primera en organizarse como sociedad, en 1840, en La Habana. Además, a lo largo de la Isla existieron otras muchas agrupaciones de esta región.
Dentro del patrimonio construido legado, están las ermitas dedicadas a la Virgen de Montserrat, también conocida como La Moreneta (en catalán, la morenita). Su nombre y apodo están asociados a su descubrimiento y culto, desde el siglo XII, en una cueva del "monte serrado", donde finalmente se emplazó su principal santuario. Allí, el ambiente cavernoso cargado del humo de las velas cambió el color claro del álamo con que está hecha, y en el siglo XVI los monjes decidieron pintarla de castaño oscuro.
Devenida santa patrona de Cataluña, extendió en Cuba su adoración a partir de la comunidad catalana. Según la historiadora Alicia García Santana, su culto se inició con un sentido político, para oponer una "virgen española" a la mambisa "Señora de la Caridad del Cobre, ante cuyas plantas Carlos Manuel de Céspedes […] puso la libertad de Cuba". Por esa razón sus romerías se celebraban, inicialmente, el 8 de septiembre. Desplazada al 8 de diciembre, con el tiempo perdió el carácter nacionalista.
La primera ermita o capilla dedicada a la Virgen de Montserrat, fue la de Matanzas, proyectada en 1872 e inaugurada en 1875. Su proyecto arquitectónico fue del maestro de obras catalán José Bartolomé Borrell, concluido por Jaime Cumerman, y se realizó gracias al esfuerzo político y económico de la colonia catalana matancera. Tiene una sola nave y planta rectangular de 13x25 metros, con un ábside cabecera semicircular que no se proyecta al exterior. Sus muros son de sillar, con pocos vanos —decorados algunos por mediopuntos de colores— y fue cubierta con un techo artesonado de madera y tejas.
Es un sencillo edificio de regio diseño neoclásico, como correspondía a la moda del siglo XIX. Lo más destacable es su fachada dispuesta en dos cuerpos que decrecen hasta concluir en una espadaña que sostiene una única campana. Más allá de su decoración neoclásica, resulta significativa la relación simbólica de su emplazamiento y la decoración original del altar. Su situación en lo alto del cerro conocido como Alturas de Simpson, buscó recordar la ubicación del santuario de la Moreneta en las montañas de Montserrat. Asimismo, el altar mayor reproducía en corcho una pirámide truncada en alegoría al macizo montañoso catalán, y la imagen de la virgen quedaba incluida en una decoración que simulaba una gruta.
El suelo de la ermita estaba cubierto de losas catalanas, y algunos autores comentan la presencia del escudo catalán sobre el pórtico. En los jardines que dan acceso al templo, se ubicaron también cuatro esculturas de terracota de Juan Roig y Soler, que representaban las cuatro provincias catalanas (Lérida, Barcelona, Tarragona y Gerona).
A pesar de su sencillez, el edificio se convirtió en un hito importante de Matanzas, por su ubicación privilegiada y excelentes visuales, gran devoción a la virgen y fuerte vínculo con tradiciones culturales como la procesión de La Colla. A ella se dice se sumaba gran parte de la sociedad matancera, en una fiesta que iniciaba en la Plaza de Armas y concluía en la ermita, junto a la cual se celebraba con música, baile y comidas tradicionales, como la coca. El historiador Ernesto Chávez Álvarez lo resume de esta manera: "Con los años, las Alturas de Simpson presentaban un cuadro indescriptible: numerosas tiendas de campaña adornadas con banderas y estandartes, con inscripciones alegóricas a las romerías y los escudos de distintas provincias convertían aquellos parajes campestres en una especie de arrabal español".
Estas fiestas se desarrollaron de manera estable hasta 1926, después de lo cual han tenido grandes periodos de inactividad. El templo se dejó abandonar a partir de la década de 1980 y llegó a un estado ruinoso, conservándose apenas los paramentos. En 2010 concluyó su única restauración que recreó todo el cuerpo superior, con discretos cambios en la decoración para indicar que es obra nueva.
En La Habana tuvo su segunda ermita la Virgen de Montserrat, también sobre una colina —la del Tadino— que en lo adelante se llamó "Loma de los Catalanes". Esta ermita se planificó desde 1886, pero no se inauguró hasta 1921. Debió ser bastante similar a la matancera en cuanto a superficie. No obstante, la falta de correspondencia entre la planta de la iglesia y los tres arcos de la fachada, indicaba que con probabilidad se preveía ampliar con dos naves laterales que diesen otra dimensión al templo. Esto no llegó a implementarse y quedó con una sola nave cubierta por un techo artesonado de madera.
La monumental fachada de esta ermita era de una fantasía neohistoricista delirante, que incluía arcos de herradura, almenas, escudos —entre ellos el catalán— y torrecillas. Apuntaba al centro con un vistoso piñón que remataba en una espadaña de una sola campana. La ermita, muy conocida en la ciudad y recordada por los antiguos vecinos, llegó como se ha dicho a renombrar el sitio. Sin embargo, en 1950 sus terrenos fueron expropiados para acometer el proyecto de la Plaza Cívica (hoy de Plaza de la Revolución) y se demolió en 1951.
La colonia catalana decidió reconstruir el templo, en el kilómetro 8,5 de la Avenida Boyeros, frente a Río Cristal. Allí se levantó entre 1952 y 1954, con una planta basilical de 22x28 metros, dividida en tres naves y con una cúpula sobre el crucero. Obra de los arquitectos catalanes Vicente Sallés y Francisco Padilla, se inspiró en la iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza de la localidad española de S'Agaró. Al mantener el uso de la espadaña al centro, guarda relación con las otras ermitas catalanas construidas en el país.
Aunque no está en una elevación, es un santuario cargado de simbolismo, donde se reproducen elementos icónicos de la cultura catalana y la referencia directa a Montserrat. Asimismo, recuperó en su construcción algunos mármoles, los vitrales, el altar y la figura de la Virgen de la ermita de la Loma de los Catalanes. En 2012 fue reconocida como uno de los "siete tesoros del Patrimonio Cultural de la Cataluña exterior", en una votación online que incluía 33 propuestas de varias ciudades del mundo.
El cuarto santuario se había terminado antes, en 1950, en Camagüey, en el reparto Jayaná. En 1944, la colonia catalana camagüeyana había iniciado su financiamiento y el proyecto estuvo a cargo del maestro de obras catalán Jaime Cruanyas, a quien se le recuerda con una placa conmemorativa en el templo. En esa ciudad, Cruanyas construyó previamente las iglesias de San Francisco y la del Sagrado Corazón de Jesús, ambas de estilo neogótico. La sencilla ermita de los catalanes asumió, en cambio, definidas líneas neocoloniales.
Vistas en conjunto, las ermitas de los catalanes en Cuba adquieren mayor relevancia como testigos de una fe que unió a una comunidad desde la necesidad de consolidar sus raíces culturales. Su influencia no quedó al interior de la comunidad catalana. Son templos que han encontrado un espacio destacado en el entorno urbano y forman parte de la historia de la arquitectura cubana. Merecen ser entendidos como un patrimonio en serie, una visión que refuerza el significado y el alcance que tuvieron en el país.
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La de Boyeros es la parroquia que me correspondía por nacimiento, se veía desde el techo de casa en Fontanar...
Y ahora, lo que es la vida, lo que veo desde casa es el Montserrat original.
Si mal no recuerdo, la ermita de los catalanes que está en la Ave de Boyeros se ve como en una altura, no sé si por peldaños que conducen al frente de la Iglesia, o por qué cosa, pero no la recuerdo a la altura de la avenida. Puedo estar equivocada porque es un recuerdo.