Carli Acevedo tiene 22 años y ya sabe lo que es rapear con miedo. No el miedo escénico que se te pasa cuando le coges bien la vuelta al público, sino el miedo que te hace calcular cuánto te puede costar cada palabra. El miedo que te despierta a las 3:00 de la mañana y te pone a revisar si esa moto parqueada frente a tu casa lleva tres días ahí o es imaginación tuya. Un miedo que en Cuba no es paranoia, es supervivencia.
"Yo empecé a hacer rap porque sentía que era la mejor manera de expresar esas cosas", dice Carli desde Estados Unidos, a donde llegó en enero pasado después de intentarlo varias veces en balsa y de que, la última vez que lo hizo, el mar estuviera "superfeo". Carli, que estilizó su apellido como ACB2 para utilizarlo de nombre artístico, pertenece a Los Míos 23, un colectivo con "un compromiso político sostenido" que representa a una generación que "rapea con tanta libertad política como nunca antes" en la Isla. Lo que pasa con esa libertad es que cuesta. Y él pagó el precio completo.
Para entender por qué un muchacho de 22 años tuvo que cruzar el Caribe en balsa por hacer canciones, hay que entender primero cómo el rap dejó de ser tolerable para el Gobierno. A mediados de los 90, cuando el Festival de Rap de Alamar empezó a juntar jóvenes de barrios marginales habaneros, el Movimiento de Hip Hop Cubano era más o menos sobrellevado. Los raperos hablaban del racismo o contaban su verdad en plena crisis económica. El Gobierno permitía el festival y otros espacios más pequeños donde esos jóvenes podían expresarse.
Pero eso duró poco. El discurso de muchos de esos artistas, y de otros que fueron apareciendo, se radicalizó. El punto más notable de ese fenómeno fue el dúo Los Aldeanos, fundado en 2003. El B y Al2 El Aldeano cantaron sobre lo que casi nadie se atrevía a hablar. Miseria, miedo, injusticias, falta de libertad. Sus discos circulaban en memorias flash y CD piratas. Conciertos cancelados. Vigilancia constante. El reconocimiento internacional fue brutal. Incluso Billboard Latin los enlistó entre los 50 raperos hispanos más relevantes. Cuando el sistema no pudo absorberlos empezó a fabricarles delitos comunes, a cerrarle espacios. Los dos terminaron en Estados Unidos.
En Cuba, cuando te vuelves incómodo, o te vas o te hunden.
Una diana en la espalda
En 2018 el Gobierno aprobó el Decreto 349. Esa ley básicamente te obliga a pedir permiso para actuar en cualquier lugar, público o privado. En octubre de 2024 entraron más duro todavía con la Ley 162/2023 de Comunicación Social. Según Amnistía Internacional, de esa manera se "restringió aún más la libertad de expresión". El informe añade que las autoridades seguían "calificando de criminales, mercenarios y agentes extranjeros" a activistas, periodistas y artistas contestatarios.
A Carli le cerraron la puerta de la Asociación Hermanos Saíz a los 18 años. También le cerraron la de la Agencia Cubana de Rap. Por su contenido político, le dijeron. "Fue lo mejor que me había pasado en la vida, que no me admitieran", considera ahora. Para él, pertenecer a esas instituciones hubiera significado vender el alma.
Lo que siguió fue el manual clásico de represión: requisas, citaciones, amenazas. Cuando su canción con el background de "Díaz-Canel, singao" se viralizó en 2022, un agente de la Seguridad del Estado lo amenazó. "Fuerte, fuerte, fuerte", recuerda. Lo peor fue lo de su madre. Empezaron a mandarle información sobre lo que hacía su hijo, a través de terceros. "Mi mamá empezó a desarrollar un estrés constante, un nerviosismo. Andaba verde", cuenta él.
La vigilancia se intensificó: agentes motorizados parqueados cerca de donde vivía, flyers de conciertos con su cara en lugares donde él nunca había dado permiso, raperos que trabajaban como informantes. "Uno es de la calle, uno sabe", dice, con la perspicacia de haber detectado la traición antes de que lo aplastara.
Yasel Fuentes, El Chama Produce, vivió su propia versión de ese infierno desde Alamar. Productor de varios artistas relevantes, su casa era "un nido al que iban muchos raperos". Trabajaba con casi todos hasta que le pidieron que cantara para eventos oficiales. Se negó. "Dije que yo no trabajaba para eso". Además, su cercanía con el Movimiento San Isidro y con Luis Manuel Otero Alcántara lo puso en el radar de la Seguridad del Estado. "Andar con esa gente puso una diana en mi espalda", asegura. "Con esa gente que tú andas, esas son malas personas", le advirtieron.
También cuenta una anécdota que resume todo: en un evento de rap que estaban organizando en casa de alguien, llegó una guagua del Ministerio de Cultura. Montaron un equipo de audio justo enfrente y pusieron música revolucionaria, de Mesa Redonda y marcha combatiente. Los raperos tuvieron que hacer su evento con esa banda sonora de fondo.
Yasel salió de Cuba en 2019. Atravesó fronteras hasta Chile. Ahí vivió tres años indocumentado. Una amiga lo embulló para que cruzara a Perú y él no lo pensó dos veces.
Alejandro Cuello, El Poeta Líriko, exmiembro del dúo Proyecto Chardo, tuvo una ruta distinta pero igualmente dura. Llegó a Estados Unidos en 2014 como parte de un programa de estudios. Antes de salir trabajaba con grupos que se manifestaban culturalmente contra el Gobierno. Censuras, amenazas. Temas como "Negocio Redondo", "Extraterrestres" y "Zolaping" le causaron problemas.
"En Cuba el rap político era una necesidad vital, casi un acto de supervivencia moral", dice. "No era un género: era mi manera de respirar y decir lo que muchos callaban por miedo".
Sin miedo
La primera vez que Carli subió a un escenario en Estados Unidos fue una semana después de llegar. Según cuenta, sintió algo que nunca había experimentado en Cuba: cero miedo. "Súper, superbién, sin presión ninguna". Lo que pasa con esa libertad es que cambia el discurso inevitablemente. Ya no es "lo que pasa aquí", sino "lo que pasa allá". "En Cuba uno hablaba desde la rabia, desde la impotencia, desde el dolor", explica Carli. "Aquí estoy aprendiendo a experimentar la nostalgia, el extrañar mi pedacito, y aferrarme a la esperanza de poder ver mi tierra libre algún día".
A Yasel le pasa lo mismo desde Lima. "La Cuba de la que yo me fui no es la de ahora". Cuando él se fue existía el CUC. Han pasado siete años. "No la conozco", admite. Pero esa distancia no lo ha silenciado. Su nuevo proyecto con el MC Matos K-libre está repercutiendo en el underground, precisamente por su contenido crítico. "Obviamente, he seguido más ferozmente atacando a esta gente", dice, refiriéndose al Gobierno cubano. "Aquí puedo decir lo que yo quiera, puedo gritar lo que yo quiera, nadie viene a tocarme la puerta. Lo único que puede hacer la dictadura aquí es que cuando vaya a renovar el pasaporte me digan que no. Es lo único que podrían hacerme".
"Desde que emigré, esa relación [con el rap político] cambió de forma, no de esencia", dice Alejandro, que sigue apoyando a quienes luchan desde dentro, haciendo instrumentales o lo que pueda. En noviembre pasado lanzó su segundo disco en solitario, Enfocao en mi carrera. "Aunque estoy lejos", dice, "es vital continuar denunciando los horrores que la dictadura hace".
Ahora bien, ¿hasta qué punto la diáspora puede seguir hablando con legitimidad de una realidad que ya no vive? Carli no cree que la diáspora esté redefiniendo el mensaje político del rap. "Siguen siendo los mismos de hace diez o 20 años". Lo que sí están haciendo es manteniéndolo vivo. "Las ideas frescas las tenemos nosotros", argumenta. "Las experiencias frescas las tenemos acabaditas de salir del horno. Yo no llevo ni siquiera un año aquí, entonces sé cómo está Cuba. No es que me lo imagino: hace poco estuve allá, hace poco vivía allá". No obstante, él sabe que esa frescura tiene fecha de vencimiento. Cada día en el exilio se aleja más de la realidad cubana. Por eso está trabajando en algo que considera una redefinición: hablar desde el sentimentalismo, como un joven cubano, no como "un adulto mayor o una persona que hace muchos años que no vive en Cuba, que hace muchos años que esa no es su realidad".
Yasel es más escéptico sobre el papel de la diáspora. "Hay una generación ahora que no le interesa eso". Se refiere a los que llama "pan con bistec", personas que buscan resolver sus problemas económicos sin entrar en política. "Hay más 'pan con bistec' en Estados Unidos que gente frontal en las redes sociales", dice Yasel. Añade que muchos colegas se le han alejado por su asociación con Matos K-libre, un letrista mordaz con los artistas cubanos que no levantan la voz por los suyos. "Se me ha alejado gente que me conoce hace un bolón de años. Artistas duros que me la daban desde Cuba. Y yo cargo con eso, no hay problema. Si ese es el precio, no me interesa".
El arroz y los frijoles
Carli está construyendo su carrera, haciendo música "más comercial en cuanto a mensaje" sin obviar lo político. "No estoy dispuesto a llegar a vivir de la música olvidándome de por qué empecé a hacerla. Pero tampoco estoy dispuesto a pasar el día entero haciendo rap político y no vivir de la música", afirma.
Alejandro trabaja en cocina. "No vivo de la música ni del discurso político", admite. "En mis tiempos libres le dedico tiempo a mis creaciones musicales, que puedes encontrar en las plataformas digitales". Su audiencia es pequeña, pero leal.
Yasel tiene un trabajo estable en Lima que le alcanza para pagar sus cuentas. Hace música en paralelo, a veces saca todo (el beat, la letra, la mezcla, el video) el mismo día. "Nosotros, los cubanos, es imposible que vivamos de Spotify porque nuestro público nicho no tiene acceso a Spotify", explica. Sin embargo, la mitad del contenido que sube a sus redes es de protesta. "Como estamos nosotros, libres, haciendo contenido que es fuego contra el sistema, es poco probable vivir de esto siendo independiente".
Lo que sí ha mejorado es la calidad técnica. "Acá en Estados Unidos he podido agregarle una significante mejora a la calidad del sonido", explica Alejandro, que suele producir su propia música. Yasel tiene bancos de sonido nuevos. "He actualizado muchas cosas, he mantenido lo importante y también he podido trabajar con artistas de otros países".
Carli, mientras tanto, está explorando el drill, el soul, el funk. "Me he tratado de alejar un poco del bumbap cerrado", dice, en referencia al género en su forma más pura. Además, ha compartido escenario con raperos que antes solo admiraba, como el propio Al2 El Aldeano. "En realidad la vida no es política solamente. Yo hago música para complacerme a mí, no para complacer a nadie. ¿Qué pasa? Que la manera mía de estar contento con lo que yo hago es ayudando a la gente".
"Yo no hago rap para complacer a la audiencia, yo hago rap para decir lo que tengo que decir. Si te gusta o no, eso es problema tuyo", explica Yasel. "El arte es para generar algo en los demás, no es solo para escuchar lo que tú quieres".
¿Qué esperan del futuro del rap político cubano?
Carli: "Que no se olviden de la causa. Nuestra islita todavía no es libre. Justamente para nosotros poder ser mundiales como queremos ser, necesitamos que se caiga la dictadura".
Alejandro: "Que gane esta batalla. Y que cuando la gane no deje de denunciar lo que está mal. El rap político no dejará de existir mientras exista la política".
Yasel: "El objetivo es la libertad de Cuba. Yo pongo mi granito de arena desde Perú, aunque esto no es Miami, donde hay influencia cubana. Aquí he visto tres cubanos como mucho".
Entienden su rol no como protagonistas sino como amplificadores. Saben que el cambio no será por una canción. Pero también saben que sin esas canciones la historia la contarían otros. Y el rap siempre ha sido la versión no oficial, necesaria, que se cuenta desde abajo y que no pide permiso para existir. "Al menos yo espero que las personas reflexionen y se empoderen escuchando el mensaje que uno da", dice Carli.
Seguir rapeando sobre Cuba desde el exilio, con menos peligro y con otro público, sin vivir de la música, pero sin renunciar a ella, también es resistencia. El rap político cubano en la diáspora no redefine nada en realidad, pero se niega a morir. Frente a un sistema que ha intentado matarlo durante décadas, esa negativa es revolucionaria.