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Urbanismo

La Plaza de Armas, la eterna renovada

Centro gubernamental, administrativo y religioso en los primeros años de La Habana, la Plaza de Armas cuenta con siglos de transformaciones.

Madrid
Plaza de Armas de La Habana. A la izquierda, el Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad.
Plaza de Armas de La Habana. A la izquierda, el Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad. Arquitectura Cuba

Cuando los españoles plantaron ciudades por toda América, buscaron que todas ellas germinaran a partir de un núcleo o plaza, un espacio público polifuncional que durante muchísimo tiempo fue el centro de la vida urbana. La Habana, en su asiento definitivo junto a la bahía, entre 1522 y 1524, también tuvo la suya. Al nacer como ciudad-puerto, la plaza fundacional se extendió a partir del embarcadero en el que atracaban directamente las naves. Era entonces un amplio espacio despejado junto al mar, guardado por la ceiba honoraria y rodeado por los primeros edificios públicos y las viviendas de los vecinos. En el siglo XVI lo contuvo todo: la casa del gobernador, la cárcel, la iglesia, la carnicería, el hospital y el cabildo.

Cuando ganó importancia el puerto, se decidió fortificar la villa y atender a su mejor planificación y edificación, la plaza mantuvo su posición protagónica en binomio con la fortaleza. Un plan diseñado en 1558, concebía La Habana como una ciudad triangular amurallada, en cuyo vértice más próximo a la costa estaba el Castillo de la Real Fuerza y junto a él la Plaza de Armas. El resto del triángulo se cubría con manzanas. La Plaza de Armas ganó entonces una nueva función: la de servir en sus quehaceres diarios a la guarnición militar del Castillo de la Real Fuerza, y reunir a los habitantes y bienes de la ciudad en caso de emergencia.

Finalmente, la Plaza de Armas se delineó como un rectángulo perpendicular al mar, donde quedó inserto el edificio de la Parroquial Mayor (1574). Cerraba su fondo la Iglesia de San Juan de Letrán o Santo Domingo (1585), es decir, la plaza llegaba hasta la calle Mercaderes.

A pesar de que la ciudad incorporó luego nuevas plazas, generando un centro urbano dinámico y policéntrico, la Plaza de Armas conservó su jerarquía como núcleo de los principales poderes, el religioso y el político. Esto hizo que, en el siglo XVIII, cuando La Habana se reconocía como gran capital americana, el gobernador Felipe de Fonsdeviela, marqués de la Torre, decidiera remozar esta plaza con la construcción de los sendos palacios de la Casa de Correos o del Segundo Cabo (1776) y de la Casa de Gobierno o de los Capitanes Generales (1791). Junto al primero estuvo el primer jardín botánico de La Habana. Los otros laterales de la plaza asumieron las viviendas de familias nobles de la ciudad. A esta época corresponde la casa de Juan de Acosta, en Obispo y Baratillo, que en 1830 compró y remozó el conde de Santovenia.

Inauguró el siglo XIX la Plaza de Armas como un gran atrio cerrado y separado del mar, aunque aún observándolo desde la torre del Segundo Cabo. Era una plaza menos rectangular pero más monumental, flanqueada por la fortaleza más antigua y por los edificios más modernos —de los primeros en incorporar los techos planos y barandales de hierro—. Perdió la vieja iglesia parroquial y sustituyó su ceiba por una columna barroca.

En 1812 se enlosó, en 1826 se ajardinó y en 1828 se le construyó El Templete, un soberbio monumento a la ciudad en su lugar de nacimiento. Ya con esto, la Plaza de Armas entró en la modernidad plena, siendo este su tercer periodo de esplendor durante la Colonia.

La gran reforma que llevó al diseño ajardinado que actualmente conocemos con cuatro fuentes y una escultura en el centro (originalmente de Fernando VII), se hizo bajo el gobierno de Miguel de Tacón (1834-1838); quien paralelamente ejecutó obras relevantes para la ciudad como el Campo Militar (luego rediseñado como Parque de la Fraternidad), el Paseo de Tacón (Carlos III), la Quinta de los Molinos, y el Teatro de Tacón (hoy sala García Lorca), entre otros.

Al contener el principal edificio de gobierno, la Plaza de Armas protagonizó la transición hacia la instauración de la República qué significó la ocupación norteamericana. Quedan las imágenes cargadas de simbolismo del Ejército español formado en la Plaza de Armas para la entrega del Gobierno de la Isla a EEUU, en 1899; y las de 1902, cuando después de cuatro años ondeando sobre el Palacio de los Capitanes Generales la bandera norteamericana se arrió y se izó la cubana. Este edificio se convirtió en Palacio Presidencial y el del Segundo Cabo acogió el Senado y otras dependencias del Estado. El Castillo de la Real Fuerza fue entonces la primera sede de la Biblioteca Nacional, entre 1901 y 1958.

Luego de que el centro cívico de la capital se desplazara hacia el reparto Las Murallas, con la construcción del nuevo Palacio Presidencial (1920) y del Capitolio Nacional (1929), y en la década de 1950 hacia El Vedado; el Palacio de los Capitanes Generales funcionó como Alcaldía de La Habana hasta 1967.

Por su trascendencia, en la década de 1930 los inmuebles colindantes a la plaza fueron objeto de las primeras obras de restauración, que por aquellos años significaron una nueva mirada y responsabilidad con el patrimonio urbano. Entonces se les quitó el revoque a El Templete y a los dos palacios, dejando a vista sus muros de piedra. También se construyeron los edificios modernos del tramo de Obispo, uno de ellos como Embajada de EEUU, que allí permaneció hasta la edificación, en 1953, de la actual sede de Malecón.

Durante el siglo XX, otras muchas instituciones han tenido su sitio en esta plaza: el Tribunal Supremo, la Academia de la Historia de Cuba, la Academia Cubana de la Lengua, el Consejo Nacional de Cultura, el Instituto Cubano del Libro, el Museo Nacional de Cerámica, etc. En 1968, el Palacio de los Capitanes Generales se convirtió en Museo de la Ciudad, función que mantiene hasta hoy. A su vez, desde la década de 1980, la plaza y sus inmuebles han sido objeto de varias restauraciones que buscaron conservar la integridad del diseño decimonónico y revitalizar su entorno con instituciones y actividades que atraigan una rica dinámica cultural.

De este modo, en pleno siglo XXI, la primera de nuestras plazas se renueva y acoge tres museos fundamentales para entender la historia suya y la habanera. Primero, el Museo de la Ciudad, que con una museografía clásica ofrece una amplia colección sobre la antigua Casa de Gobierno, y otros inmuebles desaparecidos como el Cementerio Espada y la Parroquial Mayor. El Centro para la Interpretación de las Relaciones Culturales Cuba-Europa que, con un concepto museográfico contemporáneo y despliegue tecnológico, muestra el encuentro entre culturas y su impacto en el desarrollo de la ciudad. Y el Museo de Sitio Castillo de la Real Fuerza, dedicado a la navegación, al patrimonio subacuático habanero y a la propia historia del inmueble.

En torno a la plaza se encuentran también el Museo Nacional de Historia Natural, una biblioteca pública, El Templete y la Oficina de Información Turística. Su calle de madera es espacio recurrente de la Banda Nacional de Conciertos y de presentaciones de libros, y la ceiba es acariciada en cada aniversario de La Habana.  

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