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Política

El emprendimiento reconfigura la relación entre ciudadanía y poder en Cuba

'Quienes trabajan por cuenta propia manifiestan menor confianza en las instituciones oficiales', afirma un reciente estudio de Cubadata.  

Madrid
Ilustración sobre emprendimiento en Cuba.
Ilustración sobre emprendimiento en Cuba. DIARIO DE CUBA

En Cuba, donde la política se juega tanto en la calle como en los silencios cotidianos, el surgimiento del emprendimiento privado se ha convertido en un termómetro inesperado de la relación entre ciudadanía y Estado. No es solo economía, ni solo subsistencia. Es un lenguaje alternativo de autonomía en un país donde disentir puede costar demasiado.

Así lo demuestra el estudio Más allá del miedo: ¿Qué está cambiando cuando nada parece cambiar? (Cubadata, 2025), que analizó durante cinco meses a un panel de 1.658 ciudadanos dentro de la Isla para comprender cómo piensan, sienten y actúan los cubanos en medio de la crisis actual.

El informe revela que el trabajo independiente es hoy una de las principales expresiones de disidencia silenciosa en Cuba, una forma cotidiana de tomar distancia del Estado sin necesidad de proclamas políticas. "Para muchos, ganarse la vida fuera de las estructuras estatales se ha vuelto una manera concreta de resistir", señala el documento, que describe una ciudadanía atrapada entre el miedo a la represión y el deseo persistente de autonomía.

La economía como territorio político

Desde hace años, el régimen ha presentado el sector privado como un "complemento" del sistema socialista, pero los datos sugieren que, en la práctica, el emprendimiento opera como un espacio de autonomía moral y material. Al analizar los perfiles ciudadanos, el estudio identifica que quienes trabajan por cuenta propia manifiestan menor confianza en las instituciones oficiales, mayor acceso a información independiente y un sentido más fuerte de autoeficacia: la convicción de que pueden influir, al menos en su vida inmediata.

Esto no significa que los emprendedores sean militantes opositores —muchos no lo son—, sino que sus prácticas cotidianas desafían la lógica de dependencia estructural del Estado, uno de los pilares del control político. En palabras del informe, "emprender constituye una experiencia de soberanía cotidiana".

La respuesta estatal frente a esa autonomía ha sido ambivalente: ciclos de permisos seguidos de controles, impuestos súbitos, inspecciones, amenazas veladas y un marco legal siempre incierto. Aun así, el sector continúa creciendo porque, como indica el estudio, "la ciudadanía cubana ha encontrado en la economía un terreno donde aún es posible construir márgenes de libertad".

De la obediencia estratégica a la disidencia latente

Uno de los aportes centrales del informe de Cubadata es su noción de "infraestructuras afectivas", dos fuerzas emocionales en tensión que organizan la subjetividad política cubana.

Por un lado, la "infraestructura del control", sostenida por el miedo, la dependencia económica y la vigilancia social. El estudio señala que la mayoría de los encuestados cree que el Gobierno utiliza la represión como mecanismo para mantenerse en el poder. Esto genera cautela, autocensura y un retraimiento que explica por qué el malestar no se traduce fácilmente en protestas visibles.

Por otro lado, aparece una "infraestructura de resistencia", articulada por la empatía moral hacia causas como los presos políticos, la indignación ante la precariedad cotidiana y la solidaridad íntima. Esta red emocional no lleva necesariamente a marchas en la calle, pero sí a una disidencia latente: una crítica moral silenciosa que erosiona la legitimidad del régimen desde abajo.

El emprendimiento se inscribe en esa segunda infraestructura. Es una práctica que se realiza "sin gritar", pero cuya acumulación reconfigura la relación con el poder: menos dependencia material significa menos miedo y más capacidad de tomar decisiones sin pedir permiso.

Las tensiones del cambio

El miedo sigue siendo un inhibidor poderoso, amplificado por otro factor estructural: la dependencia económica del Estado. Quienes dependen del salario estatal o de beneficios directos presentan menos disposición a la protesta y se alinean más con la infraestructura de control. En contraste, quienes logran cierto grado de independencia económica —muchos a través del emprendimiento— se sienten menos vulnerables y más capaces de expresar inconformidad, aunque sea en espacios íntimos.

El estudio sintetiza esa tensión: "La ciudadanía cubana vive una transición subjetiva no lineal". Es un país que desea cambios, pero que no encuentra las condiciones de seguridad, confianza y acompañamiento necesarias para articularlos colectivamente.

Desde lo jurídico

"El emprendimiento se ha convertido en un vehículo jurídico-social para materializar derechos fundamentales —libertad económica, libre desarrollo de la personalidad, derecho al trabajo— que el propio Estado limita mediante políticas restrictivas", sostiene la abogada cubana Maylin Fernández.

Por su parte, el jurista Edel González apuntó que "el Estado cubano opera con marcos normativos inciertos, cambiantes y discrecionales para regular el trabajo independiente".

"Esto constituye una vulneración directa del principio de seguridad jurídica, reconocido por el Derecho internacional y esencial para cualquier actividad económica lícita. La aplicación arbitraria de permisos, inspecciones y sanciones —descrita en el análisis— refrenda que el Estado utiliza el derecho no como un instrumento de regulación neutral, sino como un mecanismo de 'disciplinamiento' político destinado a contener la autonomía económica emergente", agrega.

Asimismo, González subraya que "el crecimiento del emprendimiento privado es una prueba empírica de que el ordenamiento jurídico cubano fracasa en garantizar previsibilidad normativa, lo cual erosiona la legitimidad estatal y fortalece la disidencia silenciosa".

El emprendimiento como futuro posible

Pese a las limitaciones, el crecimiento del sector independiente ha generado un efecto que trasciende lo económico: ha introducido en la sociedad cubana la idea concreta de que el bienestar puede construirse al margen del Estado. En un país acostumbrado a que todo dependa de permisos oficiales, esa idea tiene un peso político y cultural profundo.

El estudio sugiere que, si esta tendencia continúa, las infraestructuras de resistencia pueden fortalecerse y abrir nuevas posibilidades de articulación cívica. No necesariamente hacia un estallido, sino hacia formas de cambio gradual sostenidas por redes de confianza, narrativas de dignidad y prácticas económicas autónomas.

En un contexto donde las prácticas visibles son castigadas y la política formal está bloqueada, la resistencia cubana avanza por los bordes: una conversación íntima, un meme compartido, una desafección silenciosa, un negocio privado que crece pese a todos los intentos de control.

Ahí, en esos gestos cotidianos, se está reescribiendo la relación entre ciudadanía y poder. Y el emprendimiento, lejos de ser solo un mecanismo de supervivencia, se ha convertido en una de las grietas más significativas del autoritarismo cubano.

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