Hace dos meses circuló en redes sociales y en la prensa independiente el escandaloso robo de 92 vigas de cedro del Palacio Aldama, ícono de la arquitectura neoclásica habanera del siglo XIX. El pillaje puso aún más en riesgo la integridad de un edificio declarado Monumento Nacional desde 1946, y que hace décadas permanece en lamentable estado de deterioro. Hoy, el Palacio Aldama está cerrado, sin señas de labores de contención que estabilicen su estructura y acometan su tan esperada restauración. Tampoco se sabe si se han puesto a resguardo los preciados fondos documentales del Instituto de Historia de Cuba, que desde 1974 tiene allí su sede; y mucho menos sobre el destino de las vigas y los implicados en el robo.
Es la desidia gubernamental que se muestra una vez más en grado superlativo. Otro lamentable ejemplo que engrosa el historial inagotable de irresponsabilidad política, que no parece vaya rendir cuentas jamás. Al mismo tiempo, es otra etapa en la vida de un inmueble que ha tenido la peculiaridad de servir siempre de espejo a la historia nacional.
Hoy el Palacio Aldama vive en carne propia la degradación del fondo construido cubano, que atañe incluso a sus exponentes más valiosos. Y es víctima de un saqueo que, justificado en la necesidad, no perdona ni el patrimonio colectivo. Protagoniza también la depauperación e incapacidad de instituciones gubernamentales concebidas como bandera del progreso científico y cultural de la nación. Todo ello ante la mirada impasible de un régimen interesado solo en preservar su propia fortuna.
Mirando la historia en reversa, durante las primeras décadas de la Revolución, el Palacio Aldama fue testigo de la nacionalización de propiedades privadas, y del uso de edificios relevantes de la arquitectura cubana como sedes de instituciones creadas por el nuevo Gobierno. Durante la República, vivió la absorción de antiguas industrias españolas por el capital norteamericano, y el florecimiento de instalaciones comerciales y bancarias. En el siglo XIX, fue uno de los palacios urbanos que con éxito reconvirtieron el espacio doméstico en industrial, marcando una influencia directa de esta arquitectura en el diseño de las fábricas de tabaco.
Antes de eso, inmortalizó uno de los sucesos más claros de enfrentamiento entre las fuerzas españolas y los criollos defensores de la causa independentista. Llegando a su origen, fue uno de los exponentes iniciales que determinó el remozamiento de la capital hacia extramuros. De ahí que, además de reconocer el relevante valor artístico que tiene como joya indiscutible del neoclásico decimonónico, deba valorarse como un edificio íntimamente ligado a la vida de la capital.
Las dos fachadas principales del Palacio Aldama están en la esquina de las calles Reina y Amistad, una céntrica localización a la que Domingo M. Aldama Aréchaga supo ver potencial cuando compró el lote, en 1838. Entonces lo más relevante era la cercanía del Paseo del Prado, del Teatro Tacón, de la estación de ferrocarriles, del Campo de Marte (hoy Parque de la Fraternidad) y de caminos extramurales como Monte y San Luis Gonzaga (Reina).
Fue precisamente a partir de las gestiones que hizo la familia Aldama para conseguir la licencia de construcción de su vivienda en esta zona —entonces vedada por ser parte del glacis de la muralla—, que se emitió una Real Orden en 1839, con nuevas regulaciones para la urbanización de la franja extramural. Esta permitió el inicio de las obras del palacio en 1840 y el inmediato despegue inmobiliario en la antigua zona militar. De ahí que el Palacio Aldama se convirtiera en referente para la expansión urbana extramural y, por su magnífico diseño, en modelo para la arquitectura neoclásica que estilísticamente definió el siglo XIX cubano.
El arquitecto Joaquín Weiss resume la suntuosidad que envolvió la estructura general y los detalles: "La construcción es toda de sillería, incluso los muros y tabiques interiores; las rejas y barandas de hierro fundido con flores de calamina. La escalera principal, construida de mármol de Carrara en bloques enterizos, forma una atrevida bóveda plana cuya fórmula de sostenimiento es una incógnita. La decoración interior es verdaderamente palaciega: techos artesonados con pinturas pompeyanas; frisos con motivos delicadamente modelados; pisos de mármol de una gran variedad de diseños y colores; lámparas de cristal (arañas) de extraordinaria elaboración; etc., al paso que el edificio contenía un magnífico mobiliario, cuadros, esculturas y otras obras de arte de los más célebres maestros europeos".
Se sabe además que las habitaciones estaban tapizadas con papel pintado, y que las pinturas murales de los techos fueron obra del pintor italiano Joaquín Albe Losi. Como era habitual, los muros exteriores fueron enlucidos. El revoque de cal se le retiró en el siglo XX, al igual que a otros edificios coloniales de las plazas de Armas y de la Catedral restaurados por José María Bens Arrate. En este caso, la reforma corresponde a 1946, cuando este arquitecto asumió su restauración integral.
Esta residencia tenía servicio del Acueducto de Fernando VII, y fue de las primeras en incorporar el cuarto de baño como estancia. Para ello se compraron en Inglaterra dos inodoros, instalados cuando la familia inauguró la casa, en 1844.
El Palacio Aldama resumía el lujo y la modernidad que en su época exhibía la sacarocracia cubana. Es fruto de la prosperidad obtenida con el desarrollo de esa industria y de la trata esclava. Al mismo tiempo, sus propietarios encarnan la conversión hacia una mentalidad abolicionista y reformista, particularmente en las figuras de Miguel Aldama y Domingo del Monte. Este último vivió de cerca el diseño y construcción de la casa, pero nunca la habitó.
Por la proyección de ambos, poco tiempo después de estallar la guerra de independencia, cuerpos de voluntarios españoles saquearon el palacio con el pretexto de que guardaba armas para los insurrectos. Sobre este suceso y otros que desde el Palacio Aldama abren una ventana hacia la historia del país seguiremos hablando el domingo próximo.
Las 92 vigas de cedro robadas deben estar en algunas de las decenas de casas usurpadas por Moco Pegao, a las que ya les añadió Jacuzzi y paneles solares.
Las 92 vigas se las mete Pamela una a una. Se ve que Bartolo se retiró.