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Urbanismo

Interpretar El Vedado desde la memoria colectiva (II)

'De El Vedado, conservamos memorias que permiten revisar su evolución urbana y reconstruir las distintas dinámicas que le han acompañado como espacio de vida'.

Madrid
El Vedado, en primer plano, Coppelia.
El Vedado, en primer plano, Coppelia. Wikipedia

Decía el geógrafo italiano Eugenio Turri que "El paisaje existe en tanto en cuanto hay quien lo mira, quien sabe darle un significado, sacarlo del indiferente mundo de la naturaleza y elevarlo al de la cultura". Su reflexión apunta hacia la importancia del sujeto observador y el vínculo que establece con el espacio observado, dígase vivido, aprehendido. De El Vedado, conservamos memorias que permiten revisar su evolución urbana y reconstruir las distintas dinámicas que le han acompañado como espacio de vida, asentando zonas comunes, apreciaciones y afecciones que consolidan el espíritu del lugar.

En el artículo anterior comentábamos la persistencia del universo vegetal en el barrio, lo que sin duda fue uno de los principales aciertos y atractivos de su diseño urbano. Otro aspecto interesante fue la forma en que durante su consolidación lidió con las irregularidades topográficas, quedando al paso puntos de referencia definidos por enormes furnias y avenidas inclinadas que desembocan o parten del mar.

Sobre lo primero, comentaba Adelaida de Juan: "Otra cosa interesante de este Vedado, era la gran cantidad de furnias que había, furnias enormes, realmente tremendas; yo recuerdo una donde, por cierto, ocurrieron varios accidentes serios, me acuerdo que el hijo de Bisbé, Manuel Bisbé, fue un accidentado cuando cayó el carro ahí, en 23 y J, donde ahora hay un banco. Había otra, bueno, hay otra que está construida pero que en realidad es una enorme depresión en el terreno, que está en F entre 21 y 19 que es el Edificio Arcos. Ustedes se fijan que el Edificio Arcos tiene varios pisos, hacia abajo, pero en el costado que viene a dar hacia G, mirando hacia G, todavía está la roca virgen. Nosotros, de niños, bajábamos por el Edificio Arcos, por la escalera y entonces subíamos al nivel de la calle otra vez trepándonos por la roca".

Una imagen similar, pero sin niños, ofrece hoy la gran torre hotelera de K. Es la última inserción que ha borrado irregularidades naturales sobre las que se asentó El Vedado, pero que, al igual que en el Edificio Arcos, quedan integradas al inmueble en su sección soterrada.

Una idea más general de la cantidad de furnias que tuvo la zona la ofrece Renée Méndez Capote de los primerísimos años del siglo XX: "Las únicas calles dignas de ese nombre, sin verse interrumpidas por las furnias, eran Línea y 17 y parte de Calzada. Todas las demás eran trillos abiertos entre la maleza, derriscaderos y diente de perro". Posteriormente, El Vedado sería conocido por la prestancia de sus calles, tanto las secundarias, todas embellecidas con amplias aceras y parterres arbolados, como las avenidas principales.

Este barrio no tuvo Malecón hasta que, entre 1930 y 1950, se construyó el tramo que va desde Infanta hasta Paseo, que en 1958 culminó junto a La Chorrera. Desde entonces, la vía ha sido también un espacio de intensa interacción social, integrada a la dinámica vecinal. Pero a diferencia de otros con los que comparte este paseo marítimo, El Vedado tuvo otras avenidas arboladas y ejes que han quedado como nodos de intercambio social y cultural, como son Paseo, G, 23 y La Rampa.

Todos ellos tuvieron sus etapas y funciones diversas. Sobre la hermosa Avenida Paseo decía Adelaida de Juan: "el Paseo de mi niñez no tiene nada que ver con el Paseo de ahora. No estaba pavimentado, y entonces ahí se armaban unas ferias, unos mercados, que hoy llamaríamos agroindustriales o agros. Yo me acuerdo que por costumbre todos los martes mi mamá salía a las siete de la mañana, caminando por 21 hasta Paseo, y era para comprar, sobre todo, pescado fresco; en toda esa parte sin pavimentar, se montaban tarimas donde se vendía, pescado fresco".

Paseo, al igual que G, terminaba a la altura de la calle 29. En la década de 1950, con la construcción de la Plaza Cívica (hoy de la Revolución), ambos se extendieron para enlazar con Boyeros. Además de las ferias que han acogido en distintos momentos (también G tuvo ferias de artesanía en la década de 1990), han sido, sobre todo, sitios de encuentro, de paseo tranquilo, de romance. 

Guillermo Cabrera Infante, utilizó de manera ingeniosa la descripción de su ascenso por Paseo desde Malecón para relatar el progreso de una cita amorosa:  "La cogí del brazo para atravesar la avenida, que era en sí una hazaña, sin semáforo, esperando que se detuviera el fluir denso, intenso tránsito. Por fin pudimos cruzar y comenzamos a caminar Paseo arriba, la cuesta aliviada por las sucesivas terrazas que la interrumpen. Este paseo, como calle, como la avenida gemela de los Presidentes, es bastante oscura, pero todavía la luna (…) alumbraba, haciendo visible el camino —aunque me habría gustado que hubiera menos luz vívida. Con todo, una vez pasada la calle Línea (…) me atreví a pasar una mano por la cintura de Dulce —y ella no opuso la menor resistencia, ni siquiera verbal (…). Un poco más arriba de la calle 17 me incliné (…) y la besé. Se dejó besar. (…). Pero no quedaba mucho tiempo —¿o era espacio? Antes de llegar a la calle 23 le di vueltas y la besé fuerte. Ella me devolvió el beso, con pintura pegajosa de extra. Ahora tengo que explicar que un poco más arriba de la calle 23, Paseo se hace más oscura y la avenida, en vez de terminar como un monumento (…) simplemente se acaba (…). Quería apurarla pero no espantarla, y así, inadvertido avisado que era, hice una cita cerca de la casa de citas (…)".

Su "gemela", la calle G, terminaba en el pomposo monumento a José Miguel Gómez. Jugando con la historia de Cabrera Infante, este hito urbano ha funcionado como planta carnívora, una condición que le ha acompañado desde siempre según relata esta memoria de Laidi Fernández de Juan: "Cuentan sus vecinos más antiguos (…) que en sus niñeces les estaba prohibido jugar en el monumento más fastuoso de cuantos intentan rendir tributo a antiguos presidentes: el dedicado a José Miguel Gómez; verdadero alarde arquitectónico, utilizado desde tiempos inmemoriales para cuestiones fisiológicas, actos de violencia y urgencias sexuales de toda índole".  

A los "misterios de G", dedicó esta autora una entrañable crónica, en la que recogió los inicios de los 2000, cuando la vía se convirtió en escaparate nocturno de las tribus urbanas que marcaron a la juventud cubana (reparteros, mikis, emos, rockeros, metaleros, punkis, hippies, friquis, etc.). Anteriormente, esa función la había ocupado La Rampa, definida en las décadas de 1950 y 1960 como el "nuevo centro cosmopolita de La Habana", con una intensa vida nocturna y varias instituciones culturales. Sobre ella comentó Mario Coyula: "Su aire decididamente juvenil y desenfadado, visto por algunos ayatollahs tropicales como decadente, fue incluso enriquecido con actividades a una escala urbana antes desconocida que convirtieron a L y 23 en una versión tropical, descomercializada y humanizada de Times Square. (…) 'Rampear' devino verbo para matar el tiempo en una búsqueda azarosa de emociones no siempre conseguidas, o no siempre emocionantes; donde lo cosmopolita arrastraba un vago aroma pueblerino. Paolo Gasparini, quien vivió por un tiempo en el edificio del Seguro Médico, pudo decir alguna vez que La Rampa era más un estado de ánimo que un sitio".

Así, desde la memoria colectiva aparece un universo de códigos compartidos que otorgan significado al paisaje y nos permiten interpretarlo de una manera más completa. Incorporar en este ejercicio todos los elementos y puntos de vista posibles, enriquece sobremanera nuestra relación con el lugar, resignificándolo una y otra vez desde las emociones. 

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6 comentarios

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El chiste para los que nacimos en El Vedado era que en Infanta empezaba el campo, los guajiros.

Vedadense honoraria Dulce Maria Loynaz era mucho mas pesimista. Espero que el Vedado renazca de sus actuales cenizas al igual que el resto de Cuba.
"El Vedado era una esencia, un espiritu, un ser fundido en nuestro ser, que cuando lo perdimos. no fue sin sentir que ya dejabamos de ser un poco nosotros mismos, y aun prescindiendo de estas finuras de la sensibilidad... Como olvidar aquel trasunto de marmoles y jardines, de arboles umbrosos y verjas de hierro calado en filigranas! Y luego aquel olor a albahaca y a romero que era su olor y nunca mas he vuelto a percibir.
Mientras escribo me doy cuenta de que estoy escribiendo en el vacio. Como hacer creer a los que vendrian luego que aquel Vedado era un lujo que podia permitirse una ciudad y con la ciudad un pequeño pais donde no existian exodos en masa, ni asaltos a embajadas, ni gente perseguida ni persiguidores,,,!"

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Qué agregar a la hermosura de ese lugar maravilloso. El Vedado, pese al poder destructivo del régimen, conserva ese encanto propio de los tiempos gloriosos que ya fueron y mirando hacia lo positivo que se viene.

En una de esas furnias rocosas se construyó el hotel Havana Hilton. Mi padre me contaba que esos terrenos se lo ofrecieron a mi abuelo a 10 centavos el metro cuadrado en la década de los años 1920, y no le interesaron por la topografía tan accidentada para construir y lo rocoso para la agricultura. El viejo murió en 1936, lamentándose de no haber tenido la visión para detectar la oportunidad, pues ya se vendían a 10 pesos. Cual no hubiera sido su sorpresa si supiera que cuando se vendió para la construcción del hotel, el precio de venta fue de 100 pesos por metro cuadrado.