El Vedado es una de esas zonas de La Habana entrañable para muchas personas, lo hayan o no habitado en algún momento de la vida. Es una de las barriadas mejor planificadas de la capital, con una ubicación estratégica, variedad de servicios, calidad del fondo habitacional y buena relación de espacios verdes junto al mar que favorecen su cualificación paisajística y condiciones de higiene.
Más allá de lo visible, tangible, lo complementan emociones, sensaciones y experiencias socialmente compartidas, que enriquecen sobremanera su percepción como espacio de vida y permiten detectar lo que ha cambiado y lo que permanece a nivel físico, funcional y sensitivo. Una interpretación completa de El Vedado se enriquece con la incorporación de elementos que a veces quedan diluidos en la memoria y el tiempo, pero que le suman valores como espacio cultural y patrimonial.
En las primeras décadas de su fundación, en la segunda mitad del siglo XIX, comentaba el poeta habanero Julián del Casal: "'Hay lugares tan bellos en la Tierra que uno quisiera poderlos estrechar contra su corazón'. Esta frase de Flaubert revoloteaba en nuestra memoria al regresar de un paseo que dimos ayer al poético caserío del Vedado, para distraer el fastidio, andar al aire libre y huir de las monótonas diversiones de la ciudad. […] Todo el que vive en La Habana lo ha visitado alguna vez. Tiene el brillo de una moneda nueva".
Esta era su apreciación sobre la más moderna expansión habanera, marcada por la preponderancia de verde frente a la ciudad histórica que lo había totalmente evitado. Un barrio que en lo adelante mantuvo la vegetación, no como complemento, sino como una variable de equilibrio con lo construido, lo que sin duda fue uno de sus grandes atractivos. Sobre ello apuntó Alejo Carpentier al referirse al desplazamiento de la sociedad hacia extramuros todavía en el siglo XX: "ya no era 'elegante' residir en las proximidades del puerto. […] Alejarse del centro de la urbe es afán generalizado. Y cuanto más lejos, mejor. Ya ha desaparecido del lenguaje criollo aquel absurdo adagio, tan repetido en años de mi niñez: 'El campo…, para los pájaros'".
Quebrada la tradición popular, sobre esta primera imagen vedadense describió con más detalle Ramón Meza, en 1903: "Fondo rojo, muy rojo, como si en su suelo se hubiera vertido toda la pintura que fabrican los mataderos de la Argentina. Rojo de sangre de toro que forma charcos y lagunatos en los días de lluvia y pone a transeúntes, carros y ganado como si regresaran de feroz batalla campal. […] La extraña vegetación de la playa, los cactus, el poleo, la verbena, las campánulas y la hipomea silvestres hacen estallar sus flores de vivo color blanco, amarillo y rosa que tira a solferino entre las grietas oscuras del agujereado y esponjoso peñasco, compartiendo los dominios de la dura roca con la fauna especial de caracoles e iguanas, de mariposas y de pájaros, cada vez más raros en la parte en que avanza el trazo firme de una grande y moderna ciudad que se esboza a ambos lados de la recta línea del tranvía".
Enlista el escritor especies que hoy parecen ajenas al imaginario de El Vedado, pero que varias generaciones percibieron en estrecho vínculo con la localidad. Esto refuerza una percepción común del barrio como espacio abierto, donde la naturaleza ha formado parte activa del hábitat. Una naturaleza incluida en el espacio público y en el privado, teniendo en cuenta las áreas dedicadas a jardín, patio, parterre y parque.
Aun cuando avanzara en su urbanización, la abundante jardinería pública, entonces debidamente cuidada, contribuía a estrechar la sensación de placer y confort del viandante, que mantuvo el ánimo descrito por Julián del Casal. La historiadora del arte Adelaida de Juan recordaba que en su infancia —hacia las décadas de 1930-40— El Vedado era "muy arbolado" y que "si Alejo Carpentier escribió que se podía recorrer toda La Habana por los portales, bueno, se podía recorrer todo este Vedado mío por debajo de la sombra de los árboles".
Incluso la generación siguiente fue testigo de esta riqueza natural. Su hija, Laidi Fernández de Juan, describió: "Recuerdo las aceras de El Vedado, sembradas con adelfas rosadas, en cuyas ramas habitaban caballitos del diablo y cotorritas. A estas últimas solo debíamos mirar, evitando que se nos metieran por las orejas, porque, según las madres, eso tenía consecuencias terribles. Era común ver mariposas, y hasta hubo quien las coleccionara en cajitas de madera con tapas de cristal. Me gustaba ver el movimiento reptante de los gusanos por el tronco de las adelfas, así como aspirar de noche el aroma del galán y del jazmín de cinco hojas. No era necesario ir al campo para disfrutar de la naturaleza. En plena ciudad distinguíamos el olor a lluvia, perseguíamos cocuyos y zunzunes, contemplábamos las ceibas, saboreábamos la dulzura del cundiamor, aunque sabíamos que era comida de pájaros. Las brujitas pululaban en los canteros después de las lluvias, y existían varios tipos de vicaria, entre las cuales la morada era la mejor para fomentos contra la conjuntivitis. No se compraban mangos ni aguacates ni limones: siempre algún amigo tenía una mata en su casa de cualquiera de estos frutos, y era normal que, en mayo, en agosto o en septiembre […] nos regaláramos dichas delicias".
Todo ello fue conformando un sistema de olores, colores y sabores asociados al lugar, que de conjunto moldean nuestra relación con el medio, dan vida y esencia a la cotidianidad, y fomentan una cosmovisión o sentido de habitabilidad del espacio. De ahí el valor de las memorias como recurso histórico para recrear las distintas capas que han identificado el paisaje cultural y lo que de ellas se transpola hasta hoy.
Junto a lo natural y lo construido, está la estructura social que define los usos y las experiencias compartidas que asientan el sustrato cultural, las afecciones y las marcas identitarias. Entre esas marcas, contaba el arquitecto Mario Coyula sobre la proyección de la vida familiar hacia el espacio público bondadoso y amable, y el impacto de las salas de cine, una de las tantas funciones artísticas que definieron el reparto como nodo cultural: "A una cuadra de casa, en 14 y 15, estaba el cine 'Renacimiento', apodado 'Remordimiento' por la tenaz colonia de chinches que habitaban sus lunetas. […] Una tarde fue allí a ver La Momia. Al regresar a casa ya anochecía y el trayecto de poco más de 100 metros me pareció interminable, con un ripioso Boris Karloff a punto de salir detrás de cada árbol. Ese típico cine de barrio fue después remozado con el nombre de 'Ámbar', hasta que también sucumbió en el cierre de salas que diezmó el enorme número de cines que llegó a tener la capital."
Agrega Coyula: "Familias enteras se sentaban allí [en los portales] por las tardes, siempre después de bañarse y mudar la ropa; conversando entre sí y saludando a los vecinos que pasaban por la acera. Sentarse al portal era un mensaje subliminal que comunicaba la disposición a socializar. En cada cuadra había docenas de pares de ojos supervisando plácidamente la calle, una vigilancia que apenas necesitaba complementarse con el guardajurado o el policía de posta. Los cimientos de ambas instituciones, cine y portal, fueron minados por la caja diabólica que encierra a sus usuarios en el interior de la casa, los absorbe pasivamente y degrada el cerebro con más saña que el Alzheimer".
La semana próxima seguiremos ahondando en otras memorias referentes a espacios identificativos de El Vedado que, más allá del diseño arquitectónico o urbano, han trascendido por su intenso uso y vínculo social, nutriendo la vida e identidad del barrio.
Gracias Yaneli, Yo nací en La Víbora y viví muchos años en Miramar, pero los mejores años de mi vida habanera los pasé en El Vedado. Fueron tres o cuatro, no lo recuerdo bien. Todo quedaba relativamente cerca: los cines, los teatros, los parques... Incluso llevaba a mis hijos a Jalisco Park. Guardo de esa etapa recuerdos muy lindos.
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