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Nicaragua

Nicaragua profundiza lazos con Moscú en abierto desafío a EEUU

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ratifica acuerdos con Rusia en ámbitos militar, técnico, cartográfico y de seguridad biológica.

Brasilia
Laureano Ortega Murillo, delfín del régimen de Nicaragua.
Laureano Ortega Murillo, delfín del régimen de Nicaragua. AP

Los lazos de cooperación entre Managua y Moscú, que en algunos casos son más simbólicos que reales, tienen larga data, pero su renovación y ampliación en el contexto geopolítico actual pasan a formar una suerte de desafío para la Casa Blanca, en momentos en que Washington busca limitar las influencias foráneas en la región.

Este 2026 ha dejado en claro que EEUU consolida su influencia en el hemisferio tras la captura y extracción de Nicolás Maduro en Venezuela el 3 de enero y el endurecimiento de la presión sobre Cuba. Pese al giro geopolítico notable, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua acelera la profundización de sus lazos con Rusia en ámbitos militar, técnico, cartográfico y de seguridad biológica.

Lejos de distanciarse, Managua convierte la alianza con Moscú en un pilar estratégico de supervivencia autoritaria, desafiando abiertamente la política de la Administración Trump, que, con Marco Rubio como figura clave a cargo del Departamento de Estado, busca limitar la presencia de Rusia, China e Irán en América Latina bajo una renovada lógica de "Corolario Trump-Monroe".

La ratificación más reciente es el acuerdo de cooperación militar firmado en Moscú el 22 de septiembre de 2025 por los ministros de Defensa de ambos países y validado este mes de mayo por el Consejo de la Federación de Rusia.

El pacto, vigente por cinco años con prórroga automática indefinida, establece un marco amplio que incluye intercambio de información militar sensible, coordinación para contrarrestar "amenazas globales y regionales", entrenamiento conjunto de tropas, cooperación en guerra radioelectrónica, protección radiológica, química y biológica, y la creación de un grupo de trabajo permanente con plan anual. Además, otorga "protección jurisdiccional especial" a ciudadanos rusos en misiones en territorio nicaragüense.

Paralelamente, en las últimas semanas el régimen nicaragüense ha otorgado plenos poderes a Laureano Ortega Murillo, hijo de la pareja presidencial y sancionado tanto por EEUU como por la Unión Europea, para firmar tres nuevos memorandos de entendimiento: uno sobre catastro y cartografía entre el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales y el Servicio Federal de Registro Estatal de Rusia, otro sobre propiedades que involucra a la Procuraduría General de Justicia nicaragüense, y un tercero sobre estandarización y metrología.

Se suma un acuerdo adicional de "seguridad biológica" cuyos detalles exactos permanecen opacos. Estos convenios técnicos complementan la cooperación militar y permiten a Moscú ganar presencia en sectores estratégicos como el control territorial y la normalización de estándares, mientras Managua obtiene apoyo logístico y tecnológico que puertas adentro presenta como respaldo a su modelo autocrático que pretende tener condición dinástica, apostando a que el hijo cercano a Moscú asuma el poder en un momento aún por definir.

El fortalecimiento de los lazos no es nuevo, pero adquiere mayor relevancia en el actual contexto regional. Desde el triunfo de la llamada Revolución Sandinista, en 1979, Rusia (entonces Unión Soviética) fue proveedor clave de armamento y asesoría. Ortega mantuvo esa relación y la retomó una vez que volvió al poder en 2007.

En los últimos años, Nicaragua se ha alineado con el Kremlin en temas sensibles: reconoció la anexión rusa de Crimea en 2014, las independencias de Abjasia y Osetia del Sur, y, más recientemente, las regiones ucranianas de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia. Además, alberga en el Cerro Mokorón, en las afueras de Managua, una instalación descrita por analistas como centro de espionaje ruso en Centroamérica.

Para el régimen orteguista, estos acuerdos representan un salvavidas en varios frentes. En lo militar y de inteligencia, el entrenamiento conjunto y el intercambio de información fortalecen el aparato represivo interno, ya consolidado tras la represión de 2018 y el posterior desmantelamiento de instituciones independientes (universidades, ONG, Iglesia Católica).

En lo económico y técnico, los memorandos ofrecen alternativas a las sanciones occidentales que han afectado el sector aurífero y otras áreas. Políticamente, la narrativa oficial permite a Ortega y Murillo mantener su retórica antiimperialista ante su base interna, presentándose como resistentes frente a lo que describen como injerencia estadounidense.

Del lado ruso, los beneficios son más simbólicos y de bajo costo. En un momento en que Moscú está concentrado en Ucrania, Nicaragua ofrece un punto de apoyo estratégico en el "patio trasero" de Washington sin requerir grandes inversiones. Como señala el análisis de Americas Quarterly, estas alianzas autoritarias florecen precisamente donde las democracias internas han sido debilitadas, permitiendo a Rusia crear asimetrías que complican la agenda de seguridad hemisférica de EEUU.

Esa agenda, a la que analistas definen como el "Corolario Trump-Monroe", se basa en la reafirmación de la hegemonía estadounidense en el hemisferio occidental para impedir que potencias extracontinentales establezcan bases de operación.

En este tablero, Nicaragua se erige como la excepción que desafía la tendencia. Mientras Venezuela transita hacia una apertura con mayor presencia estadounidense y Cuba enfrenta una presión renovada, la pareja que controla el poder autocráticamente en Managua profundiza sus lazos con Moscú.

La estrategia no está exenta de críticas internas y regionales. Félix Maradiaga, líder opositor nicaragüense, ex preso político desterrado y uno de los analistas más críticos del régimen de Ortega y Murillo, ha calificado duramente los convenios. "Nicaragua se convierte en una base militar rusa", advirtió tras la ratificación del acuerdo. Y agregó: "Es la formalización de un proyecto político inadmisible: la conversión de Nicaragua en un estado satélite de Vladímir Putin, en una plataforma operativa al servicio de los intereses geoestratégicos del Kremlin dentro del hemisferio americano".

Maradiaga denuncia que el pacto rompe el equilibrio de fuerzas en Centroamérica, vulnera el Tratado Marco de Seguridad Democrática de 1995 y pone en riesgo la estabilidad de países vecinos como Honduras, El Salvador, Costa Rica y Panamá.
Finalmente, la opacidad de algunos acuerdos —especialmente el de seguridad biológica y los detalles del intercambio de inteligencia— genera inquietud adicional en círculos diplomáticos y de seguridad regional.

Y además de convertir a Nicaragua en un acólito de Moscú, sectores de la oposición y analistas independientes ven con preocupación a un Laureano Ortega Murillo, cada vez más visible en la diplomacia, representando al Estado nicaragüense ante Rusia: el delfín al que se prepara para la continuidad dinástica del poder familiar.

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