Las elecciones regionales y municipales celebradas este domingo 22 de marzo en Bolivia han dibujado un mapa político radicalmente distinto al de las dos décadas anteriores. El país andino pasó la página y un Evo Morales empecinado en no retirarse quedó confinado políticamente a su feudo originario, Cochabamba, donde además se ha refugiado para huir de la Justicia.
Lejos de consolidar hegemonías nacionales, los comicios subnacionales como se les conoce a estas elecciones en Bolivia, han confirmado la profunda fragmentación del país. Los liderazgos locales con perfiles técnicos y pragmáticos se impusieron sobre las estructuras partidarias tradicionales, dejando al expresidente Evo Morales confinado a su feudo histórico de Cochabamba y al actual mandatario Rodrigo Paz con victorias parciales que, aunque significativas, no le permiten mostrar músculo nacional pese a diversas alianzas.
El resultado era esperado por analistas, pero no por ello menos revelador. Tras la victoria presidencial de Paz en 2025, que puso fin al ciclo del Movimiento al Socialismo (MAS) después de casi 20 años en el poder, estas elecciones constituían una prueba de fuego tanto para el nuevo gobierno que encabeza una transición al libre mercado, como para el evismo, que aspiraba a resurgir como principal referente de la izquierda. Ninguno de los dos logró su objetivo pleno.
Bolivia votó este domingo para elegir nueve gobernadores, 335 alcaldes y más de 5.400 cargos locales. Y la fotografía posterior es un país políticamente fragmentado, en una suerte de reconstrucción tras las dos décadas de poder hegemónico de Morales con su MAS.
Morales, el líder indígena y cocalero que gobernó Bolivia entre 2006 y 2019 y que aún mantiene fuerte influencia en el trópico de Cochabamba, vio frustradas sus expectativas de recuperar terreno nacional. El MAS no participó formalmente como partido, en vista de la guerra intestina que vivió encabezada por su fundador y el expresidente Luis Arce, antiguo delfín político de Morales. Los referentes de este partido compitieron, pero bajo nuevas siglas y tomando distancia del evismo.
El único triunfo claro para el exgobernante llegó precisamente en Cochabamba, su bastión histórico. Allí, Leonardo Loza, exsenador y mano derecha de Morales, se impuso con alrededor del 38-40% de los votos, superando el umbral necesario para ganar en primera vuelta en algunos conteos preliminares.
Loza, que representa la continuidad del modelo sindical-cocalero del Chapare, celebró la victoria afirmando que "con el voto del campo pasaremos el 50%" y prometió gobernar "con total transparencia y compromiso, así como trabajó nuestro hermano Evo por Bolivia".
Fuera de Cochabamba, el evismo quedó relegado a pequeñas alcaldías rurales en el Chapare y a posiciones secundarias en otros departamentos. Morales, quien no competía por un cargo, pero hizo campaña a fondo, había pedido explícitamente un respaldo masivo para demostrar su vigencia como referente de la izquierda, pero vio cómo su influencia sencillamente se ha desdibujado en una nueva Bolivia.
Evo Morales enfrenta varias cuentas pendientes con la Justicia boliviana que marcan su situación actual. La causa más avanzada y mediática es la imputación por trata agravada de personas, relacionada con la presunta relación sentimental con una menor de edad durante su mandato en 2015.
La Fiscalía de Tarija cerró la investigación en febrero de 2026, presentó más de 200 pruebas y remitió el caso al Tribunal Primero de Sentencia para el inicio del juicio oral, a la espera de notificaciones y citaciones. Morales, declarado en rebeldía desde enero de 2025 por ausentarse de citaciones, mantiene una orden de aprehensión vigente —reafirmada en mayo de 2025 tras intentos de anulación— y enfrenta posibles penas de diez a 15 años de prisión si es condenado.
En tanto, para el presidente Rodrigo Paz estas elecciones representaban su primer gran examen, a menos de un semestre en el poder. Con varias alianzas bajo diferentes siglas, con actores locales, logró posicionarse como actor relevante al obtener triunfos o liderazgos en tres gobernaciones clave: La Paz, Tarija y Beni.
En la estratégica Santa Cruz, su candidato terminó tercero, superado por el emergente Juan Pablo Velasco.
A juicio de observadores, el gran protagonista de la jornada no fue ni Morales ni Paz, sino una generación de nuevos líderes locales con perfiles técnicos, experiencia en gestión y agendas pragmáticas alejadas de la polarización ideológica. En Santa Cruz —el departamento más poblado y más fuerte en lo económico— Juan Pablo Velasco, de la alianza Libre, sorprendió al liderar con 28,5% frente a Ritter y al gobernador saliente Luis Fernando Camacho.
Este fenómeno responde a una demanda ciudadana de soluciones prácticas frente a problemas cotidianos, con una crisis económica acentuada durante el mandato de Arce y heredada por Paz que se manifiesta con una escasez de dólares e inflación.
El balance para los analistas es la fotografía de un país atomizado. Más allá de los números, estas elecciones marcan el fin de una época. Bolivia ya no es el país de mayorías absolutas que permitió a Evo Morales gobernar con amplio respaldo, ni el escenario de polarización extrema del último lustro con Luis Arce. El surgimiento de alianzas emergentes y la persistencia de exmasistas bajo nuevas siglas indican que el poder regional se redefine a través de redes personales y acuerdos locales.
Para Rodrigo Paz, el desafío inmediato será convertir esa diversidad en pactos de gobernabilidad, apalancado en tres de las nueve gobernaciones que han obtenido sus aliados. El mapa político boliviano ya no tiene un color dominante, sino un mosaico de liderazgos locales que, por primera vez en décadas, obliga a todos los actores a negociar.