La crisis cubana suele medirse en precios, apagones, escasez de alimentos o falta de medicamentos. La cuarta encuesta de DIARIO DE CUBA, elaborada por Cubadata, permite observar otra dimensión: el tiempo que se va en sobrevivir.
Cuando conseguir comida, agua, electricidad, transporte o medicinas exige buscar, esperar, sustituir, recorrer y volver a empezar, la carencia no se limita al producto que falta. Se convierte en una ocupación diaria que compite con el trabajo, los cuidados, el descanso y cualquier proyecto personal. Así lo revela el estudio Situación actual, proyecto de vida y agencia, en el que participaron 1.551 personas entre el 22 de julio y el 10 de agosto de 2026.
El 45,2% de quienes respondieron afirmó dedicar diez o más horas al día, en una semana típica, a resolver necesidades básicas. La pregunta recogió bandas de tiempo autodeclaradas y permitió que esa actividad coexistiera con otras. Por tanto, el resultado no quiere decir que "resolver" haya reemplazado al empleo. Detrás, aparece algo más inquietante: la subsistencia se suma a la jornada laboral, a la atención de familiares y a las obligaciones domésticas.
"Resolver necesidades básicas" fue, de hecho, la actividad que realizaron con más frecuencia los consultados durante la semana previa a la encuesta: la marcó el 42,3% de los participantes, por encima de quienes señalaron un trabajo remunerado estable (32,6%), o uno informal u ocasional (22,7%). La cifra no establece qué actividad de la búsqueda de recursos ocupó más horas en cada caso, pero muestra que conseguirlos se ha convertido en una tarea transversal de la vida cotidiana, que consume energías, apaga planes y esperanzas.
Esa segunda jornada no remunerada tiene una base material reconocible. El 68,2% de los hogares de los participantes redujo o saltó comidas alguna vez en los 30 días anteriores a la encuesta. Para el 19,8%, la situación ocurrió muchas veces o todos los días; el 6,3% indicó que sucedió a diario. En otras palabras, en casi uno de cada cinco hogares consultados el problema no fue una interrupción esporádica, sino una experiencia repetida durante el mes, que pone números al hambre.
La electricidad agrega inestabilidad a las familias. El 89,2% de los consultados reportó apagones todos los días en su zona de residencia en el último mes. Las interrupciones del servicio energético obligan a reordenar las comidas, el descanso, el trabajo doméstico, la conectividad y los traslados. En una economía doméstica ya presionada a buscar alternativas, cada apagón multiplica los esfuerzos necesarios para conservar o reemplazar lo que se pierde.
[ACCEDE AQUÍ A LOS RESULTADOS COMPLETOS DE LA ENCUESTA 1, LA ENCUESTA 2, LA ENCUESTA 3 y la ENCUESTA 4 DE DIARIO DE CUBA, REALIZADAS POR CUBADATA]
La situación de los medicamentos revela la misma lógica. De los consultados que dijeron necesitarlos ellos o algún miembro de su hogar durante los 30 días previos, el 58,2% reportó mucha dificultad o imposibilidad para obtenerlos. Son 795 hogares de 1.366. La cifra no describe únicamente un desabastecimiento: expresa el tiempo, la incertidumbre y las redes de búsqueda que exige atender una enfermedad o una necesidad de salud cuando el acceso regular dejó de estar garantizado por el sistema de Salud Pública.
También el espacio doméstico aparece como elemento de presión. El 46,4% de quienes respondieron sobre vivienda dijo compartirla con familiares por necesidad. Otro 18% señaló que quiere independizarse, pero no puede hacerlo. En conjunto, el 64,5% quedó incluido en una situación residencial restringida, mientras solo el 14,2% afirmó vivir donde quiere.
La vivienda deja así de ser simplemente el lugar desde el cual se enfrenta la crisis. Para una parte mayoritaria de quienes respondieron, es también una restricción: limita la posibilidad de decidir cómo y con quién vivir, y esa dependencia se añade a una vida organizada alrededor de la resolución de urgencias.
El desgaste que acompaña ese cuadro aparece de forma rotunda en la encuesta. El 66% de los participantes situó entre ocho y diez, en una escala de cero a diez, el agotamiento físico y mental durante las dos semanas previas a la encuesta, y lo atribuyó a tener que resolver problemas cotidianos. Más de la mitad, el 53,7%, eligió directamente el valor máximo de diez. La media fue de 7,9.
El resultado fue especialmente destacable entre quienes tienen entre 30 y 59 años: un 70,6% de las personas de 30 a 44 años y un 74,6% de las que tienen entre 45 y 59 marcaron agotamiento alto. Son precisamente edades en las que suelen concentrarse responsabilidades laborales, domésticas y de cuidado. La encuesta no permite reducir esas diferencias a la edad, pero muestra que la sobrecarga es particularmente visible en los tramos centrales del panel.
La cuarta encuesta de DIARIO DE CUBA no convierte apagones, comidas reducidas, medicamentos, necesidad de vivienda y agotamiento en un índice único, porque cada pregunta tiene su propio periodo y unidad de referencia, señala el informe elaborado por Arístides A Vara Horna. Pero la lectura conjunta de las respuestas permite identificar una realidad: la crisis no solo reduce el acceso a bienes; consume las horas y la energía con las que las personas podrían sostener vínculos, descansar, estudiar, trabajar mejor o imaginar el futuro.
Como destaca Vara Horna, para una parte significativa de quienes respondieron, sobrevivir no es una circunstancia excepcional ni una tarea situada al margen de la vida: es la fuerza que organiza la jornada. Y cuando una sociedad dedica una porción tan grande de su tiempo a asegurar lo elemental, el proyecto de vida corre el riesgo de reducirse al proyecto de llegar al día siguiente, sin esperanzas, ni planes de futuro.