Las bodegas, esas instituciones vitales desde hace más de un siglo para la subsistencia en Cuba, son hoy pasto de la soledad y el abandono, o "zona muerta", como las califica el periódico oficial de Sancti Spíritus, Escambray, que se pregunta qué hacer con ellas y apenas logra especular como respuesta.
Según un reporte de ese medio, "con la práctica ausencia de la canasta familiar normada para los cubanos, las bodegas parecen ahora una especie de zona muerta, donde lo único que se oferta, en algunas, es el pan normado cuando se puede hacer, la leche para niños pequeños y dietas médicas y algún que otro producto para las personas vulnerables".
De acuerdo con la nota, "salvo las compotas para niños y alguna donación de arroz ocasional, la falta de productos hace preguntarse el valor de uso de las cerca de 600 bodegas existentes en Sancti Spíritus, abiertas, generalmente, desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde".
Los locales, todos estatales, son chocantes hoy por su soledad, "con los anaqueles desiertos y los bodegueros, celular en mano, tratando de buscar señal, pasando niveles de un juego o mirándose entre ellos hasta que llegue el horario del cierre".
Y ante lo anterior, se impone la pregunta que se hace el periódico: "¿qué sentido tiene conservar las libretas de abastecimiento, esas que llevan meses sin usarse?"
En un día de venta normal, en una bodega de Sancti Spíritus se venden menos de 20 pesos cubanos, y si llega el pan, unos 3.000. A eso se reduce su valor comercial, mientras el comercio minorista y de abastecimiento se desplaza a las MIPYMES y los cuentapropiestas, con productos importados en su mayoría y precios que pocos cubanos pueden pagar.
Para Escambray, la solución para esos comercios, hundidos por la crisis económica y el abandono del Estado de sus obligaciones con la gente que no tiene dólares, sería "pensar en alternativas como las de arrendar una parte a MIPYMES", o "incrementar la autogestión por parte de las administraciones, retomar la creatividad y buscar productividad a fin de satisfacer algunas de las necesidades básicas de las personas", o "implementar el comercio electrónico a través del servicio de caja extra, algo que solo es posible si se venden altos niveles de productos".
Como recordó Roberto Álvarez Quiñones para DIARIO DE CUBA, "durante mucho más de un siglo el bodeguero y la bodega del barrio en Cuba fueron una institución muy peculiar integrada al paisaje y la cultura criollos. (...) En la bodega de la esquina, como se le llamaba comúnmente, las familias cubanas se abastecían de prácticamente toda la canasta básica, excepto carne fresca, pescados y algunos vegetales, que se compraban en carnicerías, pescaderías y las 'placitas'".
En los pasados cinco años, la decadencia de las bodegas de barrio fue creciente. La lista de productos racionados fue mermando, subiendo de precio y, por último, desapareciendo, en medio de las justificaciones y promesas de las autoridades, que mientras tanto convirtieron en comercios en dólares las tiendas en moneda libremente convertible en las que podía comprar solo los cubanos con divisas.
Nada que ver con esos comercios antes de 1959. "La bodega precastrista estaba repleta de mercancías en estantes que llegaban al techo. Además de su función comercial, tenía una función social", señaló Álvarez Quiñones. Allí se vendía "arroz, granos, papas, jamón, quesos, confituras, café, aceite y muchos otros alimentos, dulces finos, turrones, chocolates. También champú, cuchillas de afeitar, jabón, detergente, desodorante, talco, pasta dental, perfumes baratos, betún, cordones de zapato, papel, sobres para cartas, curitas, hilos y agujas, limas y pinturas de uña, brillantina para el cabello y muchos otros productos".
"O sea, el bodeguero abastecía de casi todo a las familias. Tenía cartuchos de hasta 25 libras para envasar, y papel parafinado para envolver manteca, jamón, chorizos, aceitunas, pasas y alcaparras. La mayoría de las bodegas contaba con una barra en la que se podía tomar cerveza, ron, vino o refrescos y comer 'saladitos', mientras se jugaba al cubilete. Tenían mensajeros para llevar las mercancías a domicilio", añade.
Pero en marzo de 1968, Fidel Castro estatizó las 11.878 bodegas de la Isla, como parte de los 57.280 pequeños negocios privados que confiscó o eliminó. Así nació la libreta de la bodega o cartilla de racionamiento.
En 2021, a través de ella se vendían "siete libras de arroz per cápita, medio litro de aceite, media libra de frijol negro y media de frijol colorado (cuando había), tres libras de azúcar blanca, y tres de azúcar sin refinar, una libra de pollo, diez huevos, un paquetico de café de cuatro onzas, y 30 panecitos redondos de 80 gramos cada uno, que solo alcanzan para un tercio o menos de un mes. También un paquetico de sal trimestralmente para toda la familia. Y leche en polvo para niños menores de siete años y compota para menores de tres años. Y punto".
Hoy la mayoría de los cubanos recurre al mercado informal para alimentarse. Un reciente estudio del economista cubano Javier Pérez Capdevila estimó en más de 96.000 pesos mensuales el costo de la canasta básica en Cuba. El cálculo incluye alimentación —que concentra el mayor gasto, con 70.070 pesos—, y equivale a unas 14 veces el salario medio mensual de 6.930 pesos (unos 11 dólares al cambio informal).
Yo llamo a esta situación el "ghetto de La Habana", en relación a aquel triste conglomerado de Varsovia, pero pudiera extenderse a toda Cuba. Lamentablemente, las autoridades tienen millones de dólares en sus cuentas bancarias (GAESA sigue engordando sus bolsillos), pero quieren que la gente muera de hambre, sed, falta de medicamentos, libertad y opinión. Las dictaduras matan y atrasan, y aquí tenemos un ejemplo palpable.