Back to top
Crítica

Palidecer en el crepúsculo

La editorial Betania reedita en Madrid la poesía de José Mario, con prólogo de Isel Rivero y epílogo de Pío E. Serrano.

La Habana
De izq. a der., el pintor Waldo Balart, José Mario y el editor y poeta Felipe Lázaro, en Madrid.
De izq. a der., el pintor Waldo Balart, José Mario y el editor y poeta Felipe Lázaro, en Madrid. Árbol Invertido

Desde la declaración de principios, en No hablemos de la desesperación se implica un primer poema como "Arte poética (Homenaje a Atis )", donde su autor el cubano José Mario (La Habana, 1940-Madrid, 2002), expone su terrible vivencia —que fue la de otros coterráneos rebeldes frente a un inviolable modelo ideológico y cultural— como víctima de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción). Entonces, ¿cómo no concebir su escritura de vida partiendo de su propia vocación?

 

Con seguridad aspiramos a algo más terrible o sublime
Una catástrofe que se parezca a la muerte
Una catástrofe dentro de nosotros que se llama: la poesía.
Luego cabría preguntarse si estamos perdidos
Si lo hemos estado por fatalidad o por una simple elección
El verso de Safo me ha hecho pensar meses
Pero nos engendramos en contra del tiempo. Nos convertimos
                                                                                              en tiempo:
Tiempo que combate en contra del tiempo
Es lo que yo llamaría la catástrofe mayor. El espanto. Las
                                                     noches en vela.

 

Escritos en Cuba de 1965 a 1967, algunos de los poemas exiliados de No hablemos de la desesperación fueron publicados en La Gaceta de Cuba. Luego aparecieron otros en revistas europeas (Mundo Nuevo, Poesía 70, Poesía Española, Norte) y hasta en La Nueva Sangre, Exilio y Vanguardia de Nueva York. Como volumen, el (re)fundador de Ediciones el Puente, José Mario Rodríguez, lo publicaría en suelo español en 1970. Como es sabido hubo una segunda edición en 1983 hasta esta reciente con introducción de Felipe Lázaro, prólogo de Isel Rivero —cofundadora de El Puente— y epílogo de Pío E. Serrano.

¿Poesía de la memoria y las circunstancias? En No hablemos de la desesperación, por supuesto que se aúna la creatividad con lo biográfico como una cuestión de incentivar la supervivencia. Ello lo conmina a tantearse qué vida ha estado llevando y se pregunta a veces para responderse por ejemplo en "Dual":

 

Si aunque fuera en realidad la vida de otro
la que tú buscaste sin saber y al cabo:
de tantos desafueros, cuestiones olvidadas;
te dieras a la tarea idiota de reconstruir la tuya.
¿Cuáles serían las armas? Los imbéciles paradigmas
de una reconstrucción vencida, golpeada y sucia
como si te recogieras en papeles de un parque:
basura tirada al borde de la acera, estiércol, trapos.

 

Cuando la persona, en rigor, se encuentra muchas veces con ella misma en circunstancias límites, puede (con)fundir adrede o como mecanismo de aguante pensamiento e intuición, sentimiento y sensación. Las cuatro funciones psicológicas esenciales —según Jung— se entrecruzan aventuradamente.

Se toma de aquel presente —ahora pasado con respecto al yo poemático y a cualquier lector— para un viaje sospechoso de la memoria. El niño que se ha sido dialoga de alguna manera con el joven futuro, quien no distingue apenas el recuerdo. Es el dominio de la atemporalidad por la ¿imaginación? ¿No se trata más bien de las consecuencias de quien ya alucina? Es por ello que escribe en "Infancia":

 

Porque lo pienso y lo vuelvo y lo renombro;
y nada en mí da con mi hallazgo,
de no reconocerme, de no saber mi infancia:
¿Hubo un pequeño perro muerto?
¿Y mi madre, y el sanatorio, y los algodones,
y la sangre, y el día de Reyes, y mi padre,
y la pistola de calamina que no disparaba?
—Hay risas inconclusas
fragmentos tensos que nunca se deshacen—

 

Cuando no queda a qué aferrarse, la fe deja de ser consuelo y el propio acto de seguir con vida liquida cuanto quedan de reservas más emotivas más físicas. El espacio es consumido por el tiempo, que arrasa con todo y todos. ¿No es "Bar" una disposición fragmentaria de la memoria comprometida por el tiempo? Aunque no es el tiempo aquí el mayor culpable. ¿Dónde dejar las decepciones y desilusiones, los destrozos? Miserias humanas imperantes no solo en "Vistos", "Para C", "Descubrimiento"…sino en casi todo el libro.

 

Está lo que es tan simple como un cepillo de dientes:
Las llamadas del Servicio Militar, el desaliento,
la podredumbre de mis huesos, el deseo insatisfecho,
la conversación de la tarde con Carlos y su amor por Berta
de hace tantos años y las calumnias y las mentiras y el
remordimiento y
si Rodolfo, y
"que si esto es de esta forma o de la otra y si la quiero tanto", y
si de tanto quererla él se ha muerto.

 

La incertidumbre, siempre la desesperación como ese fragmento "Reflejos". Y en otro lugar:

 

Habla un hombre
—No tuve sueños. Anduve. Compré todo lo que pude hasta
hartarme.
Tuve casa. Hijos. Ropa, Mujer. Orgasmos. No tuve sueños.
Ardí de noche. Salí a palidecer en el crespúsculo. Consumí el
mar.
Anduve con el sol como quien juega con el miedo de día a
oscuras
cubierto el rostro con la mentira para poder sobrevivir.
Llamé a todas las puertas y no abrí ninguna mientras gritaba
"vengan".
Ninguno quiso. Grité buscando a Dios en mis gritos.

 

Con su sintaxis a ratos cortada y fragmentaria, llena de pormenores relatados que ¿redimirá una  etapa o pérdida terribles?, No hablemos de la desesperación no interesa solo por exponer a una víctima específica del dolor. Vale por esos estados de ánimo que se expectoran cual desahogos generalizados de muchos cubanos.


José Mario, No hablemos de la desesperación (Betania, Madrid, 2026), prólogo de Isel Rivero y epílogo de Pío E. Serrano.

Necesitamos tu ayuda: apoya a DIARIO DE CUBA

Archivado en
Más información

Sin comentarios

Necesita crear una cuenta de usuario o iniciar sesión para comentar.