Revelan los inicios de Presagios una angustia premeditada. Es una fase que‚ aunque emerge con ficción‚ no es menos efectiva y verosímil que cuanto pudiera haber experimentado algún día su autor Raudel Sosa Pérez (La Habana, 1977). Pero no es la poesía necesariamente —y aquí menos— un testimonio exacto en tanto biografía‚ ni siquiera es falsa por el maridaje entre memoria y recreación sentimental de la vida de alguien‚ sino una postura estética‚ en que lenguaje y vocación personales se pueden dar la mano. Se logra o se intenta hacerlo con una estructura no solo reconocible en un poema como "Las musas oscuras". La disposición es asimismo emotiva e incumbe al libro todo‚ que es como decir también a la posible curva de interés del yo poético.
En "Penélope" se lee:
El tejer incansable no me alivia,
brazas hay en su nombre
ardiéndome en las entrañas;
era la luz que anhelaba
en la afilada lanza del sueño,
pero el retorno tardío de su cuerpo
mancilló el dulzor en mi regazo.
La voz principal está en un generoso vaivén que a ratos entra en la primera persona del singular para interesarse en el evocado ausente.
En La literatura y los dioses‚ Roberto Calasso recuerda algunos de los criterios de Giacomo Leopardi en relación con la presencia de figuras concernientes a otras épocas‚ privadas de un saber (no del idioma cual vestigio original por ejemplo‚ sino más bien de literatura y religión heredadas) que impide una efectiva asimilación de esas imágenes para los tiempos actuales. No se podría persuadir en rigor a los lectores‚ pensaba el erudito romántico. La cita puntual es: "los escritores italianos o modernos que usan las fábulas antiguas a la manera de los antiguos, exceden todas las cualidades de la justa imitación".
Pero en este cuaderno los personajes literarios bien mitológicos (Penélope‚ Orfeo, Casandra, sirenas…) están insertos en el ancho lienzo de un transitar relativo a la imagen de la noche y términos afines en la oportuna "constelación" asociativa que‚ en un instante‚ el autor denomina "los signos de la noche", pero que son también "premoniciones" y antes, "el desplazamiento del tiempo", caso de cuando (se) expone un personaje tan fascinante como Tiresias:
Libero los cuervos,
cazadores de profecías y quimeras,
ofrezco un tazón de pálida luna
al gato negro del mal agüero;
cubro mi cabeza con un manto de estrellas
y salgo a cabalgar la madrugada.
Didascálicas que, sobre todo en la primera parte del cuaderno ("Los pequeños dioses"), socorren el suspense y amenazan esfumarse sin las autoridades todavía decisivas —por recordables— de los orígenes. Suspense ahora más agónico por la potencial pérdida de la épica recontada que reúne hombres porque antes ha unido a héroes. Léase en "Lamento de Homero":
Dioses, rasgué el velo de las sombras
con una espada de versos,
y alimenté al ángel en mi pecho
a fuerza de penas y de ausencias;
vertí sal en las heridas
y forcé la tristeza a navegar
con velas de cristal sobre un pez de olvido.
Dioses, se ha secado la fuente de mis palabras:
¿dónde habré de beber, inagotable musa?
Homero necesita volver aprender a ser Homero.
Sosa Pérez, quien pudo trabar imágenes menores como "río oscuro" con "manta que cubre"… rechaza aquí algunas de las cimentaciones léxicas donde forjaría por ejemplo el tópico "una jungla de sueños se desata". El yo protagonista no necesita ahora confirmar un ciclo iniciático de transfiguración evolutiva. Más bien se trata de sincronizar una junta de sombras aún influyentes en distinciones humanas. ¿No nos dicen los dioses de la mitología griega —y de otras— más de nosotros mismos que de lo divino? No es caprichoso que en "Oráculo de Orfeo" se aconseje:
Cuando cantes a la sombra evoca la luz en la voz;
la sombra anhela el breve instante en que el alba
tocó por vez primera su profundo velo
y si te permite hallar lo que buscas
recuerda no mirar atrás, ella desea más que nada
retener todo albo recuerdo.
Hacia la segunda parte del volumen ("Amor helénico") se revalida que‚ amén de estar sobre un bosquejo renacido de (y por) la noche‚ el autor atiende ansias eróticas liadas en su momento con la muerte. En "Mito" insinúa:
La noche florece y me extravío
en el plumaje del ave cruel que me ignora.
Grazna la sombra y el brillo olvidado de la tarde
me hiere el ala y la lejanía.
Arrastro el silencio, lo convierto en ave clara dormida.
¡Vuelvo en un momento!
Voy a desclavarme la espada de su risa;
y si no retorno, pregúntale a la noche,
dónde habita la delicia.
Mientras en "Canción de Patroclo" es donde consigue, con superiores resultados, un ímpetu amatorio durante la figura de la noche:
Rétame a duelo esta noche y vénceme la fiebre,
Eácida, sin cota y con espada.
Encalla la desnudez y la tormenta
en el sueño húmedo
que tatuó la noche a mis espaldas;
ábreme el cuerpo y bésame
todas las incertidumbres,
Pelida, sin escudo y con lanza.
Abrázame el aliento,
elévame a otro nivel de la madrugada.
Acomódame en el pecho
el latido de los labios en su deseo justo;
desata el trueno y la borrasca,
sé valiente, lucha con denuedo en la cima,
y libera al corcel oscuro de mi alma.
El sujeto lírico exterioriza no ya una autocomplacencia por el abandono total de la tristeza‚ sino la facultad de decidir lo suficiente cuanto y como quiere algo. Es menos melancólico que al principio: "He sido paciente y mi deseo es simple;/ la sangre fluye e impulsa los navíos,/ sorbo un poco de té junto a la ventana,/ graznan solitarias gaviotas a mi oído". Prefiere incluso cuestionar a lamentarse. De ahí que en "Anticlea" no se tema predecir:
Hay un dolor como de flecha
hincada en el pecho, una locura que lacera
los latidos más bajos.
Hay una multitud de voces
en un lamento continuo, una fuga de aves
hacia un crepúsculo premonitorio.
Hay un adiós y un viento frío
a la orilla del mar.
Hay un dolor insospechado
en esta hora de amaneceres.
Todo mosaico —a diferencia de la imagen y la circunstancia a prueba del laberinto— entraña cierta voluntad de especificar una reconstrucción del mundo. He aquí ahora la de Raudel Sosa Pérez. Reconstrucción por un saber mirar. Mirada que comienza misteriosa y errante‚ con una supuesta disociación por rechazo e indiferencia. No se malinterprete y minimice la ansiedad y resolución del cambiante protagonista poético. Llega la ocasión en que él‚ sin dejarse intimidar por la ambivalencia de la noche‚ está por encima de lo fragmentario (o mejor: se vale de esta condición)‚ mientras lo que termina presagiando‚ nos comprende.
Raudel Sosa Pérez, Presagios (Cristálida Ediciones, 2025).