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Narrativa

A mal tiempo

'Fue un cuento-chiste de los años 60. Se situaba en la exclusiva tienda El Encanto, que poco después ardió por un sabotaje contra el régimen.'

Miami
Croquetas cubanas.
Croquetas cubanas. Copacabana Cuban Cuisine

 

                                                                                                  A la memoria de Eladio Secades
     
 Fue un cuento-chiste de los años 60. Se situaba en la exclusiva tienda El Encanto, que poco después ardió por un sabotaje contra el régimen. Ahora que el país salta entre alumbrones y miserable búsqueda de dólares, un amigo lo recuerda así: una de las pocas empleadas negras, al ver que una señora muy encopetada compraba la última vajilla de Limoges en existencia, no pudo aguantarse y le dijo que ya le vería comiendo ñames en ella. El cuento culmina con la respuesta de la burguesa a la maldición de la proletaria. Algo así como: "Mire, señorita, cuando yo esté comiendo ñames en esta fuente, usted estará comiendo mierda en el suelo".

Y así fue, por lo menos una parte del cuento. Lo único que no fue ñame sino croquetas Cielito lindo, popular nombre creado por las inefables y baratas matahambres —valían diez centavos cada una—, que tanto abundaban en cafeterías y restaurantes habaneros hace muchas décadas. Y no solo fue para la combativa empleada…

Se las bautizó Cielito Lindo porque se pegaban al cielo de la boca, a causa de que se hacían a base de huesos prestados por el matadero del barrio de Luyanó, al sureste de La Habana, por la Virgen del Camino. Un ingenioso administrador de la cocina donde en enormes ollas se preparaban las inefables croquetas —desesperado por no encontrar nada para darle sabor a aquello—, consiguió que le prestaran los huesos por la madrugada; pero tenía que devolverlos antes del amanecer, cuando una camioneta —le explicó el administrador— se los llevaba a un timbiriche por El Cotorro, donde la huesera servía de materia prima para fabricar —mi amigo no recuerda bien— si betún de zapatos o pasta de lubricar motores.

Algunos las llamaban croquetas de ave —¿averigua?—, por ignorar de qué coño eran. El misterio, sin embargo, ha engendrado un nuevo misterio, digno de Freud. Aunque quizás pueda resolverse en las cafeterías y fondas de Hialeah, segunda ciudad de Cuba dentro del gran Miami —primera por su fuerte  economía—, donde hay gente que busca reconstruir aquel sabor mítico, abrir nostalgias y servirlas "al plato" porque ni las acompañaban con pan viejo o galletas socatas.

Aunque, no creemos que sea fácil igualar aquel sabor y textura tan peculiares. Las Cielito Lindo eran propiedad del cielo de la boca, que las hacían más duraderas, ensalivables, casi un chicle…  Al amasarse la harina en el caldo de médulas —su único ingrediente con un poco de sal—, lograban aferrarse a la bóveda del paladar con verdadera saña. Tanta que a veces tenías que romper las más elementales normas de urbanidad, meterte el índice hasta la garganta para despegarla y poder tragar.

Casi un homenaje al célebre soneto "Amor constante más allá de la muerte", de Francisco de Quevedo, aunque en el siglo XVII no se acentuaba el ingrediente croqueteril. Los tercetos dicen:
     
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
     
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
     
Y aquí se empata el cuento con una tarde, al bajar de la guagua —una ruta 2 proveniente de El Vedado—. El amigo no iba recitando el soneto, pensaba que en pleno Periodo Especial había en casa arroz, frijoles y tal vez algún plátano fruta para la comida. Por eso miró hacia la destartalada cafetería de la Calzada de Diez de Octubre, entre Estrada Palma y Luis Estévez, donde solían venderlas hasta las cuatro o cinco de la tarde. Y allí fue a gastar los dos pesos que tenía: compró 20. Recuerda que se las envolvieron en un papel blanquecino porque casi nunca tenían cartuchos. Cuando llegó a la casa, en efecto, nada más, nada menos: congrí y el milagro de una ensalada de tomate.

Llega entonces El Encanto, la exacta respuesta de la compradora a la feroz militante. Tenían una ya incompleta vajilla de Limoges, que conservaba las fuentes y suficientes platos. Él sugirió sacarla de la vitrina, lavarla, poner la mesa como si se fuera a comer pato a la naranja con espárragos verdes en el parisino La Tour D'Argent…

Cuando ya estaban comiendo, tocaron a la puerta. Era Nereida, una vecina siempre entrometida y con algún cargo en el CDR, que venía a pedir prestado el termómetro. Los ojos se le fueron hacia la fuente de croquetas, ya aderezadas con unas cebollas fritas y lascas de ají verde asado.

—¿Quieres probarlas?

Y con una rapidez de corredora de distancias cortas agarró el tenedor donde le habían enganchado una. Hasta se quedó como esperando el reenganche. Pero nada. Se miraron. Miraron para la saleta que daba a la puerta de la calle.

—No olvides devolver el termómetro. Te acompaño.

Las croquetas Cielito Lindo se alegraron de las risas, de las buenas caras frente al mal tiempo. Contentas, desafiantes.

 


José Prats Sariol nació en La Habana, en 1946. Ha publicado los libros de cuentos Erótica, Cuentos, Por sí o por no y Delusions, y las novelas Mariel, Las penas de la joven Lila y Guanabo gay (Aduana Vieja, Valencia, 2022).

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