La única adultez es esta de ahora.
El pasado está hecho de dibujos de niños.
Una casa, una puerta, dos ventanas,
un jardín cercado con dos árboles,
humo subiendo desde la chimenea
que pasa junto a un sol con sonrisa y con ojos.
Carros de policía. Un camión de bomberos.
Gente acostada en medio de la calle
y gente que flota en el aire.
Nubes galletas sacadas del horno.
Líneas de tren, semáforos
con las tres luces encendidas.
El melón riéndose a carcajadas
de ser centro del mundo.
El pescador y el pez,
uno al otro destinados por un hilo.
Aviones, pajaritos. Satélites
a punto de chocar o de acoplarse
como moscas en los vidrios del verano.
Un mar en donde aletas y velas
se confunden con las olas.
Superhéroes en despegue.
Un tigre o una cebra
u otro animal de rayas.
Una niña y su perro y bicicleta
de ruedas cuadradas.
La única consistencia ocurre ahora,
tiene la cortesía de esperar un instante
por ver si la reconocemos.
En lo dejado atrás, esta clase vacía.
Dibujos fijados en las paredes,
crayolas dispersas,
pinceles en vasos de agua coloreada.
Trabajos a medio hacer,
arrepentimientos. Lo inconcluso,
lo que espera sentencia para nada.
Palimpsestos, superposición de huellas,
líneas trazadas con tal de dividir
lo blanco de lo blanco.
Todo tan infantil después de haber pasado.
Tan sabido, inocente,
si acaso es inocente pensar
en la inocencia de la infancia.
Soles y lunas,
rayos peldaños de escalera,
flechas, lluvia, arcoíris.
Nada de perspectiva,
ningún respeto por la escala.
Despojado de detalles todo,
suelto, olvidado de funciones.
Líneas que no limitan
ni van a ningún lado.
Colores escapados de los tubos
a paso de lagarto sigiloso,
mercurio derramado
sobre una superficie.
¿Cuándo dejamos de dibujar
para explicarnos?
¿Por qué fue que empezamos
a trazarnos en letras?
Estamos en un presente donde hace
demasiado tiempo
y lo significante es desechado
por lo insignificante.
¡Significar, ser tomado en cuenta,
ser de una vez,
llegar a ser!
Imponerse dentro de esta clase vacía,
este cubo de paredes dibujadas
que gira en torbellino
y arrasa a quien se introdujo en él
por equivocación o por destino.
Antonio José Ponte nació en Matanzas, en 1964. Ha publicado poesía, ensayo, cuentos y novela. Este poema pertenece al libro inédito Quien en una emboscada nocturna.